Debemos tener bien claro qué es saltar y qué exaltarse, porque entre lo uno y lo otro hay una diferencia de un paro cardíaco.
Supongamos una hipotética y poco frecuente situación: supongamos que alguien hace algo, y no especifico si es a nosotros directamente, que nos resulte molesto o nos parezca injusto, aquí sí dejo bien claro la referencia al nosotros. Sabemos que no nos gusta lo que la otra persona ha hecho, ya sea a conciencia, lo que sería bastante feo, o sin mala fe, la cuestión es que tenemos claro que no estamos de acuerdo.
Llegados a este punto distinguimos varios tipos de sujeto, usualmente dos: por un lado el, no voy a llamarlo perezoso, sujeto que decide oír, ver y callar; tiene conciencia de la situación y de lo que a él le parece pero prefiere mantenerse al margen, sin intervenir, quizá por miedo, quizá por vagancia, o simplemente por el hecho de no discutir, ya que esto implica un esfuerzo (¿esfuerzo? ¿qué es eso?), en resumen, también por vagancia.
El otro sujeto suele ser el extremo opuesto, el que, además de ser plenamente consciente de la situación y de lo que piensa al respecto, lo grita a los cuatro vientos sin dejar escuchar, ni siquiera a él mismo, otros puntos de vista. Digamos que, presa de la rabia y la frustración, originadas por esa injusta o molesta hipotética situación, se ve invadido por una exaltación incontrolable que, a ojos del resto, le hace parecer un demente, y esto último resulta completamente improductivo.
Yo creo que lo que debemos hacer es saltar, no exaltarnos. Lo único que conseguimos con una exaltación descontrolada es que absolutamente nadie nos preste atención, por mucha razón que tengamos. Es una cuestión de formalidad. La forma de decir las cosas resulta, la mayor parte de las veces, más importante que la cosa en sí. Puede parecer trágico, ya que denotamos con ello que la sociedad está dispuesta a prestar más atención al envoltorio que al paquete propiamente dicho; pero la gente es asustadiza y orgullosa y no acepta cuatro gritos por muy impregnados que estén de la más pura razón; como cuando riñes a un niño, que a veces lo único que consigues es hacerle llorar.
Sin embargo el primer sujeto me parece excesivamente pasivo, por lo que creo conveniente la aparición en escena de un tercer sujeto, un sujeto que se encuentre en el término medio entre los dos anteriormente citados.
Creo que no se trata de huir de la discusión, por el motivo que sea, y tampoco creo que se trate de imponer una única razón sobre el resto. Se trata, en mi modesta opinión, de hacer saber el desacuerdo no con ánimo de convencer, sino con ánimo de informar. Se trata de saltar, saltar siempre, pero sin exaltarse.
1 sept 2013
24 ago 2013
Una historia de amor llena de sal
El amor que profesan las olas a las rocas no es ningún misterio. Esta historia de amor sigue viva desde hace años y no parece dispuesta a desgastarse.
Las olas, presurosas y coquetas, se preparan todas juntas desde mar adentro, se adornan con cenefas blancas de espuma en sus crestas y avanzan hacia la orilla. Algunas van decididas, deprisa, con galantería, sin prestar atención a las jóvenes que, también enamoradas, avanzan con menos seguridad en la misma dirección.
Las rocas las ven venir desde lejos e, impertérritas, contemplan su baile sensual de agua sin dignarse a seguirlas con la mirada según estas van acercándose. Al sentir su roce húmedo permanecen igual de firmes y, con la misma indiferencia, miran al horizonte.
Una tras otra las olas van intentando llegar a sus amadas, llamar su atención con un baile frenético de marejada y, a pesar del desinterés de estos, no cejan en su empeño; lanzan al viento sus cenefas de sal y estas quedan prendidas en los mejillones adheridos a la piedra, convertidos, por estar tan cerca de las rocas, en la envidia de las desesperadas olas.
Una ola joven se acerca temerosa a un hermoso y alto peñasco al que podía ver desde alta mar a la luz de la luna y del que se enamoró casi sin darse cuenta. Solitario, separado del resto de rocas, con su enigmática actitud, exenta del resto, provoca en la tierna ola un sin fin de sensaciones que la animan a acercarse un poco más y rozar su piel sumergida, cubierta por las algas. Prueba, como sus compañeras, a lanzar, con la mayor gracia posible, su cenefa salada, pero apenas le roza el cuello a aquella impertérrita mole. No quiere rendirse y durante horas intenta llamar la atención de su amado, le acaricia, intentando llegar a su boca, pero no tiene suficiente fuerza para alcanzar su beso.
Sin embargo, a pesar de esa aparente imperturbabilidad, el amor de las olas es mucho más fuerte que cualquier apatía y ciertas partes de las rocas acaban desprendiéndose de su origen, como todo amor que siempre se lleva algo de nosotros, dejándonos pequeños vacíos que solo pueden llenarse de memoria.
Y es que llega un momento en el que las rocas se dan cuenta del amor de las olas, son capaces de sentir su beso, su caricia, porque de un momento a otro puede subir la marea.
Las olas, presurosas y coquetas, se preparan todas juntas desde mar adentro, se adornan con cenefas blancas de espuma en sus crestas y avanzan hacia la orilla. Algunas van decididas, deprisa, con galantería, sin prestar atención a las jóvenes que, también enamoradas, avanzan con menos seguridad en la misma dirección.
Las rocas las ven venir desde lejos e, impertérritas, contemplan su baile sensual de agua sin dignarse a seguirlas con la mirada según estas van acercándose. Al sentir su roce húmedo permanecen igual de firmes y, con la misma indiferencia, miran al horizonte.
Una tras otra las olas van intentando llegar a sus amadas, llamar su atención con un baile frenético de marejada y, a pesar del desinterés de estos, no cejan en su empeño; lanzan al viento sus cenefas de sal y estas quedan prendidas en los mejillones adheridos a la piedra, convertidos, por estar tan cerca de las rocas, en la envidia de las desesperadas olas.
Una ola joven se acerca temerosa a un hermoso y alto peñasco al que podía ver desde alta mar a la luz de la luna y del que se enamoró casi sin darse cuenta. Solitario, separado del resto de rocas, con su enigmática actitud, exenta del resto, provoca en la tierna ola un sin fin de sensaciones que la animan a acercarse un poco más y rozar su piel sumergida, cubierta por las algas. Prueba, como sus compañeras, a lanzar, con la mayor gracia posible, su cenefa salada, pero apenas le roza el cuello a aquella impertérrita mole. No quiere rendirse y durante horas intenta llamar la atención de su amado, le acaricia, intentando llegar a su boca, pero no tiene suficiente fuerza para alcanzar su beso.
Sin embargo, a pesar de esa aparente imperturbabilidad, el amor de las olas es mucho más fuerte que cualquier apatía y ciertas partes de las rocas acaban desprendiéndose de su origen, como todo amor que siempre se lleva algo de nosotros, dejándonos pequeños vacíos que solo pueden llenarse de memoria.
Y es que llega un momento en el que las rocas se dan cuenta del amor de las olas, son capaces de sentir su beso, su caricia, porque de un momento a otro puede subir la marea.
22 ago 2013
¿Dónde se han escondido los poetas?
¿Dónde están los que tiemblan al escuchar una rima?
¿Dónde están aquellos que saborean las palabras como si fueran almendras garrapiñadas, poquito a poco, mientras se hacen agua en la boca?
¿Dónde están aquellos a los que un verso sí les cambia el poema?
Los poetas se esconden, ¿por qué se esconden los poetas?
Se esconden porque el mundo ya no tiembla, porque ya no se estremece si no es de frío, y el mundo debería temblar de amor. De amor, de tristeza, de alegría, de miedo, de algo. Necesitamos sentir y tenemos miedo de hacerlo. Los poetas tiemblan porque sienten y a la par se sienten solos y se esconden. Algunos se esconden y leen versos, otros escriben algún relato, otros piensan mirando al mar mientras cierran los ojos en la habitación de su piso.
Qué difícil es descubrir a un poeta, allí, sentado en un banco, con un aura diferente, poco distinguible a los ojos de un mundo que no tiembla. Lo curioso es que si alguna vez quieren mostrarse lo hacen a la luz del día, plenamente, o en su defecto de noche, a plena luna. Nunca lo hacen a la luz de una pantalla porque son demasiado costumbristas, en todo caso con algo de papel
¿Dónde estarán los poetas?
En el metro, contemplando las vidas de la gente que se plasman en los rostros aparentemente tediosos, inventando su historia en la cabeza; callados, en una parada de autobús, sintiendo como el viento remueve el pelo desde la raíz a la punta y dejándolo volar; sentados a tu lado, en un pupitre de clase, subrayando en el libro de texto una frase curiosa; paseando por la calle, quizá con algo de prisa por llegar a la biblioteca una mañana que le apetece leer a Benedetti, escuchando una canción de Yann Tiersen mientras las yemas de los dedos tamborilean en los vaqueros queriendo tocar las notas que suenan.
Los poetas se esconden con nosotros, que también nos acabamos escondiendo porque tenemos miedo de sentir. Y es que no es poeta aquel que sabe de memoria una estrofa, ni tampoco quien escribe cuatro versos. Un poeta puede no llegar a escribir nunca nada, pero lo que siempre hará un poeta es sentir.
16 ago 2013
La bipolaridad de la arena de playa
-Bueno,- le dijo la arena al mar- pero en ti nadie puede dejar huella.
A lo que el mar contestó:
-Y las que dejan en ti yo las deshago.
Las chanclas resbalan sobre las pequeñas dunillas y la arena te raspa en la planta al meterse entre tu pie y el plástico de extraña gomaespuma. Acabas por quitártelas y empiezas a notar el calor de los granos, que es cada vez más insoportable; terminas caminando de lado y la arena se jacta de poder trepar hasta el empeine y jugar entre los dedos.
Cuando parece que no vas a poder aguantar más ese calor tan horroroso llegas a la orilla, donde los granos se ven obligados a acallar su prepotencia al contacto con las olas, y se muestran agradablemente frescos y compactos. Cuando una ola alcanza tus pies y regresa a su mar como esperando que la persigas, percibes que la fuerza de la misma ha creado un pequeño hoyuelo alrededor de ellos, del cual tienes que salir por resultarte poco estable. La historia se repite varias veces hasta que una ola más caprichosa decide trepar hasta los tobillos haciéndote retroceder unos pasos para volver a avanzar al rato, ya sin miedo a que otra te alcance las rodillas. Alguna mordaz piedrecilla se te clava en el talón y te hace dar un paso al lado contrario, buscando de nuevo la suavidad de la que ahora te parece una superficie tan suave e ideal. La arena te recibe dejándote hundir el empeine y resbalando por él cuando das otro paso más.
Poco a poco vas metiendo todo el cuerpo, con ayuda de algunas olas libertinas que se empeñan en alcanzar cada vez partes más altas. La arena vuelve a tornarse caprichosa y se entremezcla con el pelo descendiendo hasta los ojos. Ahora ya no le haces caso, las olas se han convertido en lo importante y los algunos granos celosos se ocultan entre los pliegues del bañador. No volverán a aparecer hasta que te des una ducha en casa.
Al salir, la arena seca, envidiosa de aquel agua salada, se agarra ávida a toda piel mojada que ose tocarla. Al cabo de un rato de caminar sobre ella se siente más segura y empieza a despegarse.
De vuelta al coche llega la parte más difícil: los pies están limpios de la misma pero siempre queda el dichoso riachuelo que cruzar y un trecho más de arena seca. Para no enfadarla, procuras prácticamente levitar sobre el agua con las chanclas, apoyando levemente la suela, pero irremediablemente unas gotas de agua, esta vez salada solo en potencia, se cuelan entre los dedos; la arena, que espera al otro lado, ardiente de celos, se aferra con mucha más gana a cualquier parte húmeda de la piel. Por más que te esfuerzas por no rozar los granos, caminando despacio y suavemente, los más atrevidos, terminan llegando hasta tus pies y tienes que acabar cediendo: te quitas las chanclas y caminas de nuevo por aquella superficie abrasadora. Ya más tranquila, la arena decide despegarse, sin embargo algunos de sus más condescendientes vasallos permanecen adheridos para asegurarse de dejar constancia. Los demás se quedan, esperando a los siguientes pies que se atrevan a cruzar mojados.
7 ago 2013
El enigma de los felinos
Los perros mueven la cola de contento, ¿por qué mueven la cola los gatos?
Nunca jamás en mi vida he visto un gato contento. He visto a gatos pachorros, cuando a veces les acaricias la tripa y empiezan a emitir ese ruido gutural llamado comunmente ronroneo; he visto gatos acechantes, preparados para saltar sobre una mosca, algún pajarillo o, lo que es más común, para ir a recibir su cuenco de pienso; he visto gatos soberbios, mirando con superioridad caer las gotas por el cristal una tarde de lluvia como pensando: Así es, lluvia estúpida, tú intentando entrar en casa, sin ninguna posibilidad de conseguirlo, y yo dentro de ella, bien calentito.
Nunca he visto un gato plenamente feliz, parece no estar incluido dentro de su comportamiento. Es una lástima.
Sin embargo sí he visto muchas veces gatos melancólicos, de hecho creo que la mayoría de las veces que nos cruzamos con un gato se trata de un gato melancólico. Pero no hemos de confundir jamás un gato melancólico de un gato triste. Según Víctor Hugo, la melancolía es la felicidad de estar triste, pues eso es exactamente lo que les pasa a los gatos. Parecen estar orgullosos de su tristeza interior, parecen querer mostrarse como seres pensantes y cabizbajos todo el tiempo pero, ¿en qué piensan los gatos cuando se quedan mirando a la nada de esa manera? A lo mejor sí son felices, pero a su manera, pensando, o no pensando, pero mostrándose pensantes. A lo mejor para un gato lo único importante es aparentar, porque es realmente sospechosa la lentitud con la que pestañean, a ver, ¿por qué lo hacen tan despacio? Incomprensible. La única respuesta que se me ocurre es que pretendan resultar interesantes, con todo bajo control. Sin embargo es difícil ocultar la melancolía cuando esta te embriaga, incluso para un gato. Es claramente distinguible un ser que pulula lleno de ella, sin que necesariamente tenga que ser de familia felina. Nadie es capaz de ocultarla porque es demasiado atrayente para el resto del mundo, o quizá para aquellas personas un poco más observadoras. Y es que podría afirmar casi con total certeza que la atracción por alguien melancólico es casi la misma que la atracción por alguien alegre y contento, puede que incluso más. La felicidad es un enigma para el ser humano, sobre todo para el de la actual sociedad, y la curiosidad es una de las fuerzas motrices más fuertes para el hombre.
Nunca sabes en qué está pensando un gato, y por esa misma razón no hay ni una sola persona en el mundo que pueda afirmar con convicción que no le gustan los gatos.
Nunca jamás en mi vida he visto un gato contento. He visto a gatos pachorros, cuando a veces les acaricias la tripa y empiezan a emitir ese ruido gutural llamado comunmente ronroneo; he visto gatos acechantes, preparados para saltar sobre una mosca, algún pajarillo o, lo que es más común, para ir a recibir su cuenco de pienso; he visto gatos soberbios, mirando con superioridad caer las gotas por el cristal una tarde de lluvia como pensando: Así es, lluvia estúpida, tú intentando entrar en casa, sin ninguna posibilidad de conseguirlo, y yo dentro de ella, bien calentito.
Nunca he visto un gato plenamente feliz, parece no estar incluido dentro de su comportamiento. Es una lástima.
Sin embargo sí he visto muchas veces gatos melancólicos, de hecho creo que la mayoría de las veces que nos cruzamos con un gato se trata de un gato melancólico. Pero no hemos de confundir jamás un gato melancólico de un gato triste. Según Víctor Hugo, la melancolía es la felicidad de estar triste, pues eso es exactamente lo que les pasa a los gatos. Parecen estar orgullosos de su tristeza interior, parecen querer mostrarse como seres pensantes y cabizbajos todo el tiempo pero, ¿en qué piensan los gatos cuando se quedan mirando a la nada de esa manera? A lo mejor sí son felices, pero a su manera, pensando, o no pensando, pero mostrándose pensantes. A lo mejor para un gato lo único importante es aparentar, porque es realmente sospechosa la lentitud con la que pestañean, a ver, ¿por qué lo hacen tan despacio? Incomprensible. La única respuesta que se me ocurre es que pretendan resultar interesantes, con todo bajo control. Sin embargo es difícil ocultar la melancolía cuando esta te embriaga, incluso para un gato. Es claramente distinguible un ser que pulula lleno de ella, sin que necesariamente tenga que ser de familia felina. Nadie es capaz de ocultarla porque es demasiado atrayente para el resto del mundo, o quizá para aquellas personas un poco más observadoras. Y es que podría afirmar casi con total certeza que la atracción por alguien melancólico es casi la misma que la atracción por alguien alegre y contento, puede que incluso más. La felicidad es un enigma para el ser humano, sobre todo para el de la actual sociedad, y la curiosidad es una de las fuerzas motrices más fuertes para el hombre.
Nunca sabes en qué está pensando un gato, y por esa misma razón no hay ni una sola persona en el mundo que pueda afirmar con convicción que no le gustan los gatos.
3 jul 2013
Somos hormigas
...
-¿Planteas entonces un mundo en el que todos sean filósofos, que todos tengan derecho a todo tipo de conocimiento?
-Claro.
-Ya, bueno, pero, siendo un poco extremista, creo que así no se podría avanzar.
-Y eso ¿por qué?
-Bueno, está claro que tiene que haber alguien que haga ese trabajo que nadie quiere hacer.
-¿Quieres decir que tiene que haber... curritos?
-Sí. Si todo el mundo se licenciara ¿quién querría recoger la basura o barrer la calle en lugar de estar cómodamente sentado en un blando sillón de un despacho en el piso 297 de una torre de Nueva York cobrando 1000 dólares al día?
Claro, cuando te plantean esto tú te quedas con cara de boba mientras el otro pasa a otro tema seguro de que la pequeña discusión se ha zanjado a su favor; pero en realidad tú no estás conforme.
Parecemos hormigas; cada una con una función predeterminada, prácticamente, antes de nacer. Ahora, dependiendo de los ingresos que tenga tu familia, puedes estudiar o no, costearte una buena universidad o no, e incluso colocarte en la torre más alta de Nueva York o quedarte 297 pisos más abajo limpiando la acera. Somos hormigas que buscan un sustento para la comunidad, riquezas para un sistema gobernado por la gran reina, sin pensar en nada más que en nutrir y defender su hormiguero. Nosotros estudiamos para colocarnos lo más alto que se pueda y poder ganar el mayor sueldo posible. Antes si le preguntabas a un niño qué quería tener de mayor te decía que un barco, un avión... pero ahora reducen sus sueños a un buen coche y un chalet con piscina; antes cuando un niño quería ser futbolista lo deseaba por el placer de jugar al balón, no por el dinero que se gana. Todo el mundo quiere estar sentado cómodamente en el despacho del piso 297, pero ya no por estar sentado cómodamente, sino porque saben que tienen en sus bolsillos 1000 dólares diarios.
Sin embargo si pensamos en el tema podemos llegar a deducir que todo depende. Si alguien que limpiara la calle cobrara esos 1000 dólares aquel que se limita a desgastar el cuero de su sillón tuviera el sueldo que actualmente tiene un barrendero a lo mejor las cosas cambiaban. ¿Quién querría ser qué? A lo mejor deberían estar pagados los trabajos que cuestan mayor esfuerzo, ¿no?
En mi opinión en el mundo no tiene que haber de todo sino que todos tienen que hacer de todo. Todo el mundo tiene que tener el mismo derecho a estudiar que el de construirse una casa o por lo menos tiene que saber hacerlo, sin complejos. Vivimos en un mundo de hidalgos en el que el trabajo y el esfuerzo está infravalorado. ¿Para qué vas a esforzarte en estudiar si puedes copiar y sacar más nota que el resto? ¿Por qué vas a escalar la montaña si puedes pisar a unos cuantos y llegar antes a la cima?
A lo mejor, o a lo mejor no, al llegar arriba te encuentras con que eres una hormiga con ropa cara subida en una piedra y seguramente, ya que no te han enseñado otra cosa, lo tuitearás.
18 mar 2013
Miedo a la soledad
Antes de empezar sugiero que se eche un pequeño vistazo a este vídeo.
Hace unos años, tenías en tu poder una navaja suiza Victorinox de catorce usos y sentías que ya no necesitabas nada más. Ahora, tienes un Smartphone y tampoco parece hacerte falta nada más.
Sin embargo un teléfono es como un cuchillo. Es una herramienta útil, pero si la utilizas inadecuadamente puedes hacerte daño.
Ya he hablado muchas veces de teléfonos desde diferentes puntos de vista pero esta vez voy a hacerlo desde el punto de vista de una persona solitaria.
Yo tengo la sensación de que desde que uso whatsapp, por ejemplo, soy más propensa a sentirme sola. Qué raro, dirán, pues si tienes whatsapp estás en continuo contacto con tus amigos.
Punto número uno: no estoy en continuo contacto, estoy en contacto relativo.
Punto número dos: en su gran mayoría no son mis amigos, sino más bien conocidos o incluso simples contactos. Desgraciada o afortunadamente no tengo tantos amigos.
El contacto que podamos tener con nuestros whatsapperos es muy limitado. Bueno, sí, está bien mandar algún mensajillo, una bobada de vez en cuando o incluso cosas serias, pero no convertirlo en una necesidad. En el bus, nada más salir de clase, al llegar a casa, en el coche... nos metemos en una especie de círculo agradable que te mece haciéndote creer que no estás solo, que esas personas que te mandan todo tipo de mensajes-bobada están ahí, pero no es así. Te mareas y no lo ves, pero el ser humano, aunque busca la compañía por naturaleza, nace solo y muere solo. Sin embargo para cuando nos damos cuenta de esto, el círculo está tan vacío como nuestras mentes. "Antes los solitarios leíamos versos, así por lo menos pensábamos en algo" oí una vez. Ahora no pensamos, solo hablamos.
Y la necesidad nos la provocan. "Oh, ¡qué bonitas y buenísimas fotos saca mi teléfono!, ¡puedo hasta tirarle agua por encima!" te felicito, pero la cámara más buena que tenemos es el ojo humano y a veces, preocupados de inmortalizar los momentos virtualmente, nos olvidamos de hacerlo con el alma que es lo verdaderamente importante.
Hace unos años, tenías en tu poder una navaja suiza Victorinox de catorce usos y sentías que ya no necesitabas nada más. Ahora, tienes un Smartphone y tampoco parece hacerte falta nada más.
Sin embargo un teléfono es como un cuchillo. Es una herramienta útil, pero si la utilizas inadecuadamente puedes hacerte daño.
Ya he hablado muchas veces de teléfonos desde diferentes puntos de vista pero esta vez voy a hacerlo desde el punto de vista de una persona solitaria.
Yo tengo la sensación de que desde que uso whatsapp, por ejemplo, soy más propensa a sentirme sola. Qué raro, dirán, pues si tienes whatsapp estás en continuo contacto con tus amigos.
Punto número uno: no estoy en continuo contacto, estoy en contacto relativo.
Punto número dos: en su gran mayoría no son mis amigos, sino más bien conocidos o incluso simples contactos. Desgraciada o afortunadamente no tengo tantos amigos.
El contacto que podamos tener con nuestros whatsapperos es muy limitado. Bueno, sí, está bien mandar algún mensajillo, una bobada de vez en cuando o incluso cosas serias, pero no convertirlo en una necesidad. En el bus, nada más salir de clase, al llegar a casa, en el coche... nos metemos en una especie de círculo agradable que te mece haciéndote creer que no estás solo, que esas personas que te mandan todo tipo de mensajes-bobada están ahí, pero no es así. Te mareas y no lo ves, pero el ser humano, aunque busca la compañía por naturaleza, nace solo y muere solo. Sin embargo para cuando nos damos cuenta de esto, el círculo está tan vacío como nuestras mentes. "Antes los solitarios leíamos versos, así por lo menos pensábamos en algo" oí una vez. Ahora no pensamos, solo hablamos.
Y la necesidad nos la provocan. "Oh, ¡qué bonitas y buenísimas fotos saca mi teléfono!, ¡puedo hasta tirarle agua por encima!" te felicito, pero la cámara más buena que tenemos es el ojo humano y a veces, preocupados de inmortalizar los momentos virtualmente, nos olvidamos de hacerlo con el alma que es lo verdaderamente importante.
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