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28 jul 2017

Cómo hacen el amor los rusos

No soy ferviente seguidora de la técnica rusa a la hora de tocar el violín. La mayoría de las veces me da la sensación de que carece de estilo, o mejor dicho, que se estanca en el llamado y conocido "estilo ruso" que, para mi gusto es casi perfecto para obras románticas, pasionales y avibratadas pero que pierde delicadeza y elegancia a la hora de tocar barroco, por ejemplo.
Una cosa que hago a menudo, y lo que intento aplicarme casi como filosofía a la hora de tocar, es pensar que al poner los dedos sobre el mastil, presionando las cuerdas o al pasar el arco lo hago de la misma forma en que acariciaría el cuerpo de quien amo.

El estilo barroco, en las sonatas y partitas de Bach para violín solo, por ejemplo, cada nota sería como una caricia improvisada. Improvisada sí, pero certera, y a la vez sutil y suave, como quien sabe justamente dónde pone la mano para lograr el escalofrío.
El clasicismo es más juguetón, busca las vueltas y recovecos del cuerpo al rozar la piel. Unas veces meloso, remolón y otras ladino, irónico, gracioso, como quien busca la risa al gastar una broma, o quien sorprende la carcajada involuntaria al descubrir el escondite de las cosquillas más recónditas.
El romanticismo da paso a la pasión y es, en mi opinión, como ya he dicho, lo que mejor se les da a estos rusos. Ya no es un roce despistado o una carantoña juguetona. Esto es el más puro sobamiento. No se busca la piel sino la carne y se pasa del breve erizamiento al casi orgasmo.
Es el punto febril que a veces buscan los cuerpos. Ya no es probarse sino beberse, de un trago fuerte, como vodka en Siberia, entrando en calor, como si cada dedo que tocara la piel o la cuerda derritiera una región entera en su vibrato, en su estremecimietno repentino y efímero.

Sí que veo, sí, un parecido fuerte entre tocar el violín y hacer el amor: cada uno a su manera, con su pasión y estilo, adoptando a veces los ajenos si la ocasión se presta, inspirándose en otros o aprendiendo paso a paso con la propia experiencia. Deja huella, como quien pisa nieve en los Urales. Y claro, al final queda lo más afín que tienen las dos cosas, el amor.


6 ago 2016

¿Qué puedo hacer yo ante el dolor ajeno?

Hace unas semanas fui a la Semana Negra de Gijón. En el recinto ferial, en un reducido espacio al aire libre, se exponían fotografías que representaban el horror de las familias de refugiados sirios. A modo de comparación, al lado de cada imagen había otra en la que se podían ver  refugiados españoles tras la última guerra civil. Vi las imágenes aislada de mis padres y amigos, sin posibilidad de comentar lo que me pasaba por la cabeza y el corazón en ese momento. Me impactaron muchísimo, incluso se me saltó alguna lágrima. Supongo que es como cuando vas a un museo tú solo, que eres más capaz de ahondar en ti mismo con cada cuadro mejor que si vas con alguien con quien comentarlo. Es otra forma de verlo, no quiere decir que sea mejor ni peor.



A cuenta de lo que me despertaron esas fotografías empecé a hablar con unos y otros de lo que podía suponer exponer aquello y acabé con un libro entre mis manos que, una vez leído y releído, recomiendo con fervor. Es de Susan Sontag, ensayista y directora. Se titula Ante el dolor de los demás y nos hace reflexionar sobre si las fotografías con un alto grado de violencia y sufrimiento han pasado a tener un fin meramente comercial o si es verdad que despiertan conciencias.

Si podemos empezar a hablar de algo es de los museos, esa institución que enclaustra toda suerte de lo que se considera socialmente arte. Es allí, pues, donde han de ir destinadas muchas fotografías de guerra para su posterior exhibición y conservación. Me hace suponer que exponer toda esa materia nos sirve para consolidar una memoria colectiva, que se llama. Bueno, pero, ¿existe realmente la memoria colectiva? “La memoria es individual porque no puede reproducirse y muere con cada persona”, cita, textualmente, Sontag. “Lo que sí que existe es una instrucción colectiva, que te digan que “esto” es importante y que “esta” es la historia de lo ocurrido”.

En los museos se expone lo que se interesa que la gente recuerde, al menos de forma inmediata, que es una capacidad intrínseca de las imágenes. Vivimos en la sociedad del espectáculo, eso es sabido por todos. “Toda situación ha de ser convertida en espectáculo a fin de que sea real, es decir, interesante, para nosotros. Las personas mismas anhelan convertirse en imágenes: celebridades”. En esta sociedad visual, recordar es, cada vez más, no tanto recordar una historia sino ser capaz de evocar una imagen.  Y quizá por eso sigue habiendo museos, la gente quiere ser capaz de visitar, de refrescar sus recuerdos. Sin embargo, ¿qué clase de recuerdos quieren que recordemos?

¿Nos hemos preguntado alguna vez por qué no hay un Museo de la Historia de la Esclavitud en Estados Unidos? “Está el Museo Conmemorativo del Holocausto y el Museo y Monumento al Genocidio Armenio pero todos ellos están dedicados a lo que no sucedió en Estados Unidos. Contar con un museo que haga la colosal crónica del crimen de la esclavitud africana en Estados Unidos sería reconocer que el mal se encuentra aquí, los estadounidenses prefieren pensar que el mal está allá. (…) Es un recuerdo cuya activación y creación son demasiado peligrosas para la estabilidad social”. Al fin y al cabo “la paz es olvidar. Para la reconciliación es necesario que la memoria sea limitada y defectuosa”. Quizá por esa misma razón tampoco encontramos en España un Museo Nacional de la Guerra Civil.

Pero, ¿por qué miramos estas imágenes? ¿Se trata de una cuestión de memoria selectiva únicamente? ¿No es también morbosidad? ¿Cuál es el verdadero objeto de exponerlas? ¿Hacer quizá un negocio del sufrimiento ajeno? ¿Hacernos sentir mal? ¿Buscar culpables? Hay un gusto por ver esas imágenes, ya sea en un museo, en el informativo, o en una película del sadismo más íntegro. Lo buscamos aunque sabemos que es un deseo indigno, como escribiera Platón en su República. Hay imágenes que nos despiertan un interés lascivo, y yo me pregunto si no tendrá algo que ver con la mímesis y la catarsis de la tragedia griega. ¿No será que necesitamos esa identificación con el sufrimiento simultánea a la purificación ritual que se produce al ser testigo de algo que puede pasarnos a nosotros pero que, por el momento, contemplamos como meros espectadores?

“Persiste la impresión de que la apetencia por semejantes imágenes es vulgar o baja, que tiene un objetivo comercial. A veces así es, aunque menos a menudo de lo que cabe imaginar, pues el fotógrafo/a en las calles en medio de un bombardeo corre tantos riesgos de morir como los ciudadanos a los que va siguiendo”.
Es verdad, también se busca plasmar el sufrimiento de esas víctimas. Ellas mismas son a veces las primeras interesadas en que quede vigente pero, eso sí, que sea tenido por único. Explica la autora el caso de un fotógrafo que expuso en la misma sala fotografías de atrocidades ocurridas en Sarajevo junto con otras realizadas antes en Somalia. Los habitantes de Sarajevo se ofendieron muchísimo apelando que aquello era comparar dos infiernos que nada tenían que ver.  
A fin de cuentas había un matiz racista en su indignación. La guerra siempre es la guerra. “No podemos imaginar lo espantosa, lo aterradora que es y cómo se convierte en naturalidad. Es lo que cada soldado, cada periodista, cada cooperante y observador independiente que ha pasado tiempo bajo el fuego, y ha tenido la suerte de eludir la muerte que ha fulminado a otros a su lado, siente con terquedad, y tiene razón”.

“La gente puede retraerse no solo porque un dieta regular de imágenes violentas la ha vuelto indiferente sino porque tiene miedo. (…) Porque no parece que una guerra, cualquier guerra, vaya a poder evitarse la gente responde menos a los horrores. La compasión es una emoción inestable, necesita traducirse en acciones o se marchita. La pregunta es ¿qué hacer con las emociones que han despertado? ¿Con el saber que se nos ha comunicado? Si sentimos que no hay nada que “nosotros” podamos hacer (pero, ¿quién es ese “nosotros”?) y nada que “ellos” puedan hacer tampoco (pero, ¿quién es ese “ellos”?) entonces comenzamos a sentirnos aburridos, cínicos y apáticos, y la pasividad es la que embota los sentimientos.

                                        Dead Troops Talk (Jeff Wall, 1992)


El problema no es que la gente recuerde por medio de fotografías, sino que solo recuerde las fotografías. El recordatorio por este medio eclipsa otras formas de entendimiento y de memoria y ya hemos visto que la sociedad en que vivimos da extrema importancia a la imagen. “Las fotografías pavorosas no pierden inevitablemente su poder para conmocionar. Pero no son de mucha ayuda si la tarea es la comprensión. Las narraciones pueden hacernos comprender”. Se debería, quizá, sentir la obligación de lo que implica mirarlas en la capacidad efectiva de asimilar lo que nos muestran. Y entonces nos preguntamos ¿qué emociones serían deseables? Optar por la simpatía, por ejemplo, sería demasiado simple. “Siempre que sentimos simpatía sentimos que no somos cómplices de las causas del sufrimiento”, esto es ajeno a nosotros, podemos apagar la tele cuando queramos. Así, “nuestra simpatía proclama nuestra ineficacia.” Quizá la solución sería “apartar esa simpatía por los acosados por la guerra y la política asesina a cambio de una reflexión sobre cómo nuestros privilegios están ubicados en el mismo mapa que su sufrimiento y pueden estar vinculados de manera que, acaso preferimos no imaginar, del mismo modo como la riqueza de algunos quizás implique la indigencia de otros es una tarea para la cual las imágenes dolorosas y conmovedoras solo ofrecen el primer estímulo”.

Al fin y al cabo reflexionar, pensar, crear conciencia. ¿Qué podemos hacer? No lo sé, no tengo claro al cien por cien qué puedo hacer yo. De momento las imágenes me empujaron a hablar del tema con gente de mi círculo, a despertarme un interés, a leer un libro, a escribir sobre ello… Quizá a ir formándome un criterio propio, mío, y no impuesto, que quizá, sea la primera forma de luchar.

7 oct 2015

El complicado asunto de ser dedicatorio


Regalar un libro no es ninguna broma. No se puede tomar a la ligera, ni como si se tratara de un obsequio igual a cualquier otro. Regalar un libro no es solo regalar una historia, regalar un libro es regalar una amplia gama de posibilidades. Posibilidades de pensar, de soñar, de desencadenar la toma de ciertas decisiones que quizá lleguen a ser de importancia...
Por eso es tan serio regalar un libro. Es como regalar un camino, un mapa, una puerta abierta hacia no se sabe dónde.

En mi caso hubo muchas puertas desde mi más tierna infancia. Mi tía tenía la costumbre de regalarme un libro casi cada vez que me veía. No le hacían falta razones de peso, como cumpleaños o fechas navideñas, cada vez que nos hacía una visita o mi madre iba a tomar un café a su casa y me llevaba con ella había un libro esperándome. Eran libros para niños, de esos que tienen muchos dibujos y pocas palabras, la mayoría no llegarían a 20 páginas, sin embargo a mí me hacía especial ilusión y así fui creando mi primera biblioteca y también mis primeras rutas.

Ahora bien, hay algo mucho más serio que regalar un libro y que es de casi vital importancia, algo que con su ausencia lograría casi la desnudez del mismo: la dedicatoria.

Si analizamos con exactitud lo que implica dedicar un libro comprobaremos fácilmente la relevancia del acto.
Para empezar, con la dedicatoria puedes ofrecer una ligera opinión personal del mapa que entregas, o del destino del mismo, lo cual influye en la perspectiva lectora del sujeto al que regalas.
Al dedicar un libro has de pensar algo conciso y breve, pero que a la vez esté lleno de significado sin descubrir toda la verdad que esconde el contenido del regalo. Para lograr esto es casi necesaria toda una estrategia.

A veces me recuerda un poco a cuando escribes un poema: algo breve, conciso y lleno de significado. En un poema no dices todo claro, porque dejas que el lector deduzca la propia esencia del mismo y se convierta en algo subjetivo. Eso es lo bello, dar solo media parte para dejar que la otra mitad sea siempre distinta.
Una dedicatoria no llega siquiera a media parte, pero ha de tener poder para arrancar al lector a emboscarse en el libro, a bebérselo y a desearlo. Y ahí está lo complicado del asunto.
Dar solo un trocito de ti dedicando algo que va a pasar a ser quizá una gran parte del otro.
No cabe duda, no es ninguna broma.



6 dic 2014

El gran amor

Teniendo en cuenta que no tenía en mi cuerpo ninguna sustancia extraña ni droga de ningún tipo me atrevo a contar y a hacer pública la extraña experiencia que me aconteció hace algunos días durante el acalorado estudio en la cabina, anterior a un examen de violín. Para los que lo entiendan, pero también para los que no.

No tenía sensación de nervios sino de excitación, nervios bueno, vamos a llamarlos. Hay una gran diferencia, mi estómago se retorcía un poco, mariposillas y esas extrañas metáforas que se dicen, pero no estaba agobiada sino contenta, con ganas de salir a demostrar lo que había trabajado. Las ganas es lo que marcan la diferencia.
Empecé con los pasajes más difíciles para calentar los dedos y luego toqué de arriba a abajo la obra para rodarla. Y de repente llegué a un punto en el que parecía que me había teletransportado a otra dimensión, como en aquel episodio matrix de los Simpsons.
Empecé a sentir como el propio sonido del violín se iba adhiriendo a mi cuello, a mi clavícula, a mi hombro, como pequeños brazos de armónicos que rebotaban en mi cuerpo contagiándolo de sonido. No era una sensación desagradable ni pegajosa sino de lo más placentera.
Seguí tocando y las vibraciones del violín empezaron a vibrar de la misma forma, a la misma velocidad, que las mías propias. Ya no me parecía un instrumento de madera sino un auténtico ser vivo; y ni siquiera un ser vivo que yo sostenía con mi abrazo sino que éramos un ser vivo, como un apéndice imprescindible de mí, un solo cuerpo que vibraba a tempo.
La misma sensación que cuando haces el amor con alguien, los cuerpos vibran de la misma manera, con la misma excitación, al compás, fundiéndose en uno solo, en un todo.

Fueron treinta segundos de clímax absoluto, de instante eterno e inolvidable, pero bastaron para darme cuenta de que merece la pena. De que todos los llantos, las frustraciones, las horas, el esfuerzo, de que todo, absolutamente todo, merece la pena por ese instante.

La música es como un gran amor. Desde fuera puede dar la sensación de que no vale la pena, de que te trata mal, no te deja tiempo para ti y no te trae más que disgustos, o al menos que estos pesan mucho más, pero desde dentro, se siente un instante, repetido quizá solo cuatro o cinco veces en la vida, en el que sabes que, esos treinta segundos lo compensan absolutamente todo.




9 oct 2014

El entrañable señor de la cuesta

Algo bueno de no tener carné de conducir es poder contemplar el amanecer desde el autobús, el roce del aire fresco en la cara, que te despeja el sueño, pero no los sueños, mientras bajas la cuesta, o que el entrañable hombrecillo que todas las mañanas pasea a su perro viejito te salude con su voz matutina, ronca, pero siempre alegre a pesar de las tempranas horas.



Da igual qué le digas, le digas lo que le digas él siempre te va a contestar "Hasta luego, maja".
"Hola, buenos días" "Hasta luego, maja", "¿Qué tal? buenas tardes" "Hasta luego maja", "Adiós, adiós, que pierdo el bus..." "Hasta luego, maja". Analicemos el mensaje: "hasta luego", que no "adiós", lo que ya implica una despedida abierta y no una definitiva, sabe que volverás a pasar por allí y es consciente de ello. "Maja", que no "bonita" ni "guapa", no, el adjetivo está bien elegido para no comprometer a ninguno de los sujetos.
Bueno, al final seguro que no lo ha pensado tanto y en el fondo es un mensaje simple, sin mayor relevancia. Sin embargo lo importante es que saluda siempre y siempre se para cuando pasas y no saluda queriendo no perder el tiempo en ello.

En estos tiempos grises, cuando parece que el terror y el miedo en general, acuciado casi por el cercano halloween, ganan terreno, cuando solo se habla de cosas tristes y las noticias amargan, cuando solo comentamos cuán mal está el mundo, conviene fijarse en estas cosas:
En el bibliotecario que trapichea un poco, como si fuera algo ilegalísimo, y sin que no lo sepáis más que él y tú te renueve un buen libro que no has tenido aun tiempo de leer y se despida con un afable "¡Que lo disfrutes, preciosa!", o el camarero de la cafetería de la esquina que te dice cuando llegas: "Va a ser lo de siempre, ¿verdad? café y pincho de empanada", o el conserje que se hace el malo pero que bromea hasta darte una cabina a pesar de no tener el imprescindible permiso.
Conviene fijarse en las personas que hacen que se curven un poquito las comisuras entre tanta moda del ceño fruncido; la mamá que compra trufas y las esconde en la nevera, la amiga que te trae un bizcocho y mermelada casera a casa aunque solo se quede media hora o el amigo que prefiere dejarte su cómoda cama y dormir él en un sofá cochambroso.

Por favor, hay que ser amables, porque cuando la protagonista de este tiempo es la aterradora "niña de la curva" nos conviene fijarnos, aunque solo sea por salud, en el entrañable señor de la cuesta.

2 jun 2014

La sonrisa de la memoria

A veces cuando caminas por la calle piensas en algo que te lleva a otro pensamiento que a su vez se engarza a otro. Al final el primero no tiene nada que ver con el último pero si no hubiera sido por éste, el otro nunca habría aparecido. Qué curiosa la mente, la memoria, que une a la velocidad del pensamiento un recuerdo con otro, instantes vividos, e incluso, en ocasiones, los deforma a su antojo.



El otro día conté cincuenta personas, cincuenta, con el móvil de la mano desde la cafetería de la plaza hasta la universidad. Pasé en frente de una bombonería donde antes había otra en cuya puerta de cristal había escrito: prohibida la entrada a todo aquel que no sea dulce trufa. Me acordé del vergonzoso momento de sacarle una foto a una puerta de cristal mientras, desde dentro, la dependienta te mira con la boca torcida. No pude evitarlo y solté una carcajada. Justo en ese momento una chica levantó la vista de su teléfono y me dedicó una mirada extrañada e incluso un poco ofendida, quizá pensaba que me reía de ella. A mí casi ni me dio rabia, sino más bien lástima. Seguramente ella también sonreirá a su pantalla táctil cuando le escriban algo bonito o le manden una foto graciosa, pero no es lo mismo sonreirle a un teléfono que sonreír al aire; no luce tanto, supongo. Bueno, independientemente de eso, lo que me hizo gracia a mí fue su mirada sorprendida al verme a mí sonreír sin motivo aparente. Seguro que si ella viera esa frase le sacaría una foto para mandársela a alguien. Mmm, y yo, ¿la saqué en su momento para enviársela a alguien? capturar un momento de felicidad, de alegría en un dispositivo y poder transmitir ese momento a quien quieras. La verdad que cada vez que lo pienso me vuelve a sorprender. Luego lo pienso mejor y me parece banalizar esos momentos. ¿A quién quieres demostrar que estás feliz? ¡Contigo mismo te basta y te sobra!, pero no, hay ahí un empeño que me inquieta. Bueno, las demostraciones son importantes, sobre todo las de afecto, como te falten las demostraciones de afecto estás perdido, y mira que le cuesta a la gente. Le cuesta... "¡Cómo cuesta la cuesta!" decía mi madre cuando subíamos en bici la cuesta de casa. Buf, pero hace mucho de eso. ¡Qué ganas de montar en bici! oler el aire, escuchar un nuevo mundo de Dvorak mientras idealizas un poco el de verdad... mañana iré en bici. Bueno aunque igual hace viento... ¡pero me quejaré yo de viento! para viento el que había en Coruña aquel día que las olas rompieron la barandilla. ¡Qué buen fin de semana pasé! Buah, y la ola que empapó a Manu...
Solté otra carcajada y un señor muy bien vestido, seguramente recién salido de una reunión, levanta la vista de su "teléfono inteligente". 
Mientras sumo mentalmente cincuenta y una personas a la lista sonrío pensando en la poca relación que tienen los bombones con las olas de Coruña. Bueno, igual no tan poca.

13 may 2014

Dialogar sin palabras

Ya había oído maravillas del cuarteto, pero nunca imaginé que fuera para tanto.
Salieron al escenario con la naturalidad de quien se despierta cada mañana, y ya daba gusto verles tan confiados. Su tranquilidad aseguraba la calidad del concierto.
El cuarteto Disonancia de Mozart no hizo más que abrir boca; dialogaban sin palabras. Les bastaba la música que les había dejado el joven clásico y cuatro arcos barrocos para trasmitir todo lo que querían decir.
Llegaron las Metamorphosis nocturnas de Ligeti, y no fueron menos. Ante los ojos aparecía una mariposa recientita dando sus primeros aleteos tras la laboriosa tarea de bordarse en su crisálida. Y todo sobre unos intervalos de segundas mayores ascendentes que la iban esbozando en el aire del teatro. Mientras tocaban, cada uno de los componentes del cuarteto parecía estar expectante con quien tenía al lado. Se sorprendían en cada acorde que sonaba, como si aquello que, seguro, tantas veces habían ensayado lo tocaran por primera vez. Y ahí es donde estaba la magia. Tuve la suerte de colocarme lo suficientemente cerca como para oír el golpe de los dedos de la violín primero en la madera al pisar la cuerda, y me hacía sentir las notas más cerca de mí.
Con el cuarteto en do menor de Brahms, la última obra, no nos dejaron menos sorprendidos. Había amor entre nota y nota. Los instrumentos se saboreaban, unas veces dulcemente y otras con la pasión que solo aflora a través de la música. Respiraban a tempo y su latido iba exactamente al mismo ritmo, si no no me explico cómo se puede tocar así.
No hablaron hasta el momento de presentar el pequeño bis que traían preparado, una pequeña romanza de Enrique Granados, pero no les hizo falta porque nos dijeron todo lo que nos querían decir, y a nosotros nos dejaron sin palabras


19 mar 2014

Verde te quiero

 Todos los colores nos dicen algo. El rojo es  la pasión, el amor desenfrenado y sin miedo; el azul la calma, la tranquilidad, el sosiego del mar y el mecer de un cielo despejado; el blanco la pureza, lo intocable, lo incomprensible de la nieve que brota tierna y pisa suavemente la tierra que nunca antes ha visto; el verde la esperanza, la esperanza…
Si leemos a Lorca en clase y además vivo en una calle, casi en medio del campo, que lleva su nombre, es inevitable preguntarse por la importancia del verde, ya no en el texto, sino en la vida misma.
¿Por qué amaba tanto el verde Lorca? El verde de esa piel suave, que es el anhelo de caricia convertido en mirada, un verde atrayente. El verde de un pelo alborotado, con ansias de libertad, un verde libre. El verde de unas pupilas profundas como un bosque, frondosas de vida y de ganas de vivirla, un verde vivo. El verde de una risa alegre, que se atreve a ser oída, un verde valiente, un verde sin miedo al mundo.
Parece que así era Lorca, o así quería ser, al menos. Y me da la sensación de que plasmando en sus versos su verde amor quiso dejar constancia de ello. Quizá pretendiera dar una lección a esa sociedad y a ese sistema del que se veía, fatalmente, rodeado, y que no permitía siquiera plantearse la idea de saborear ese verdor, ahogando el mundo en colores cenicientos. Tampoco ha cambiado tanto de antes ahora, los tonos grises siguen siendo dominantes incluso en primavera.
Sería bonito proponérselo, proponerse sentir esa piel aceitunada, oler ese pelo emboscado y adentrarse en esa mirada de vida, pero sobre todo, qué bonito sería escuchar esa fresca risa de Lorca, atrevida, sencilla pero clara, que dice exactamente lo que quiere decir. Esa risa que ama la esperanza del verde.
Si somos capaces de todo esto, entonces quizá lleguemos al galope escondido que hay dentro de nosotros y salgamos a correr la vida.
No cabe duda, hay que vestirse de verde.



18 mar 2014

Los robles peregrinos

“La vida no se detiene. ¿De qué sirve correr las cortinas y empeñarse en gritar que es de noche?”
A veces tendemos a incubar un recuerdo agradable al calor de nuestro corazón y no queremos dejar de hacerlo por miedo a que se enfríe y muera, pero la mayoría de las veces esos recuerdos están tan bien arraigados que ni los vientos más fuertes son capaces de arrebatárnoslos. 
Ese miedo al abandono de un recuerdo es el mismo que nos hace llorar por la cosecha perdida en vez de sembrar una nueva, sin darnos cuenta de que, efectivamente, vale más. Y es el culpable, igualmente, de que nos olvidemos del temblor alegre que estalla en la cintura y te hace aflojar las rodillas y bailar el corazón, eso que, comúnmente, llamamos risa.
Lo que vengo a querer decir desde hace un rato es que el arraigo obsesivo al pasado, por hermoso que fuera, y sumándole toda la idealización que le brindamos nosotros mismos, nos priva de la belleza del momento que tenemos delante, y pone de manifiesto el peligro con el que se caracterizan todas las oportunidades: que pasan de largo.
No podemos caminar nuestra senda a ciegas o mirando hacia atrás, porque en un momento o en otro tropezaremos y nos abriremos la cabeza. Debemos ir con la filosofía de Telva, cogiendo las palabras difíciles sin miedo, como las brasas en los dedos, entrar como Adela allá donde vayamos, como un golpe de viento que abre todas las ventanas, y aceptar que siempre podemos encontrarnos con una peregrina de piel blanca en el camino que tenga el poder de cambiar nuestro destino.

Pero sobre todo debemos tener presente que las palabras y los recuerdos no se borran con un golpe de aire como pueden hacerlo las flores de cerezo, esos permanecerán ahí, dentro de nosotros, aunque sigamos caminando. Pero debemos caminar, y también debemos crecer como un roble, a quien, efectivamente, cuesta trabajo hincarle un hacha; pero todos los años da flores.


24 feb 2014

Mis Stendhales

"El síndrome de Stendhal (también denominado Síndrome de Florencia o "estrés del viajero") es una enfermermedad psicosomática que causa un elevado ritmo cardiaco, confusión, temblor, palpitaciones, depresión e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a obras de arte, especialmente cuando éstas son particularmente bellas o están en gran número en un mismo lugar.
Más allá de su incidencia clínica como enfermedad psicosomática, el síndrome de Stendhal se ha convertido en un referente de la reacción romántica ante la acumulación de belleza y la exuberancia del goce artístico".

 Al sentir el frío de las baldosas en tus pies descalzos mientras, al bostezar, sientes como el aliento de la aurora te besa la boca, y contemplas las primeras luces del día veladas por una luna afiladísima, que corta el cielo y el siempre fiel compañero del alba, el planeta Venus.

Al pasear por el paseo marítimo y ver como olas enormes se esfuerzan por mojarte trepando por el muro, cuando su espuma blanca lame con avidez cada piedra impregnada de salitre y tú, valiente de ti, te asomas a la barandilla y te salpica la sal marina y el más puro olor a libertad.

Al alcanzar, sudorosa y llena de barro hasta las rodillas la cima del monte que llevas subiendo todo el día y contemplar desde allí toda la cordillera en un perfecto ángulo de 180º, darte cuenta de la redondez del mundo en el que vives, rozar las nubes.

Al bajar una cuesta con la bici mientras la lluvia te da en la cara con toda la fuerza que puede y ver como las ondas del río reflejan las nubes de tormenta lo más fielmente posible, desafiándote a rendirte, acorralándote entre el cielo y el agua, y tener la certeza de que no vas a hacerlo.

 Al respirar el olor a humus mientras crujen las hojas más secas bajo tus pies y contemplas un río que, escondido en la niebla de la tarde, deja a las nubes más tardías mirarse en un reflejo que amenaza con fundirse en el frío y congelarse definitivamente.

Al levantar la vista y descubrir un cielo de invierno despejado, donde solo caben el frío y las estrellas, que parecen querer llamar la atención más que nunca, encontrar una constelación que logre hablarte y sobre todo, a la que consigas entender.

Hace poco mi madre me habló de una novela que estaba leyendo sobre dos policías con una personalidad muy peculiar. Uno de ellos tenía por costumbre ir a la vera del río Sena cuando el tiempo predecía tormenta. Llegaba allí y abría los brazos mirando al cielo, esperando a que llegase. Cuando al fin estallaba, permanecía allí, bajo rayos y truenos, y dejando que la lluvia le empapara entero, y todo porque en ese momento se sentía superior, superior al resto del mundo. "Si todas las personas se sintieran así de superiores con tan poco -decía- seguramente no les haría falta cometer delitos ni matar a nadie".

Mis Stendhales no son depresiones ni alucinaciones, en todo caso sí quizá temblores y algo de confusión. Una sensación de superioridad frente al resto del mundo, sin ánimo de pisoteamiento ni competitividad, sino de elevación repentina y de llanto alegre. El momento exacto en el que el sol pinta las nubes de naranja, les da un baño dorado y las tiende en el cielo crepuscular durante unos minutos contados, tras los cuales, recoge ese soplo de color y las nubes retoman de nuevo su solitario gris ceniciento. Esos minutos en los que las
pupilas se inundan de algo extraordinario, eso, es a lo que llamo yo Stendhal.






16 nov 2013

Cuestión de cielos

Cuando empiezan a desdibujarse los suspiros en el aire es cuando más bonitos están los cielos.

Tengo la costumbre, o manía de, al abrir los ojos, nada más despertarme, echar un vistazo a mi pared izquierda, donde se refleja la primera luz. Poco a poco he aprendido a distinguir si merece la pena levantarse corriendo, ir a la habitación de al lado, la que le da la cara al río, abrir la persiana y asomarme al balcón para ver el amanecer, pero en realidad todos los amaneceres merecen la pena, porque todos te dicen algo.
Los cielos de por la mañana son una especie de anticipo del día que se acerca. Tengo la suerte de no ser tan absolutamente supersticiosa como para creer que un cielo nublado vaticina un mal día, de hecho hay grises que me enamoran ya desde la cama, pero es verdad que los cielos rojos, mezclados con un naranja rebelde y un tímido rosa se llevan el éxito.

Me resulta curioso que a veces, cuando levanto la mirada, los colores, las formas de las nubes, y toda la armonía y el conjunto increíble que crean, me adivinan sentimientos, emociones, recuerdos; y de repente me veo comparando cielos con personas. Al igual que al mirar a alguien pueden asaltarte pensamientos, imágenes pasadas, o incluso futuras, y otra serie de sensaciones, cerebrales, físicas y emocionales, con los cielos pasa algo similar. No tienen que ser personas conocidas, de hecho un cielo nunca se conoce del todo, siempre es diferente, pero cuando te presentan a alguien o lo conoces o simplemente vas por la calle fijándote en la gente, cada cual te hace pensar en algo diferente. A veces creo que es lo que deben sentir los fotógrafos; fotografiar a personas desconocidas casi ni está permitido, pero a un cielo se le puede hacer una foto sin disimulo. Quizá se trata de dejar constancia en una película fotográfica de los sentimientos, las emociones, los recuerdos, que brotaron a flor de piel cuando lo miraste; y el cielo no va a mirarte mal ni a hacer una mueca descortés, simplemente seguirá su vida y cambiará sus colores y, cuando le toque, dejará que se escapen unas cuantas estrellas, que, con un poco de suerte, alumbrarán otros sentimientos, otras emociones, otros recuerdos.



7 nov 2013

Hacer el amor en un acorde

"Lo que tienes que hacer es acariciar las teclas, llegar a todas ellas y emplear la misma presión en cada una."

No es ningún secreto. Si acaricias las teclas de un piano en vez de percutirlas como si fuera una mesa de escuela en una hora aburrida de matemáticas, el instrumento adquiere la extraña propiedad de sentir. Es como si llorara o riera, según lo que pretendan las notas, los acordes, las melodías. Pero lo increíble es que, de repente, dejan de ser solo notas escritas en un papel; pasan a ser sentimientos, recuerdos, emociones desbocadas o serenas que brotan sin miedo a ser descubiertas.
Hay veces que, al tocar, logras esa armonía tan perfecta con el instrumento, te fundes con él de una manera tan explícita y perfecta que realmente parecéis uno. La madera se convierte en la piel de alguien a quien amas, a quien le coges la cara entre las manos y le acaricias cada rasgo para conocerlo, para memorizarlo. Un abrazo tan único y recíproco que es difícilmente equiparable.
En ocasiones, esta extraña unión se produce al tocar en clase, y es como si alguien, en este caso quien la imparte, abriera una rendija en esa burbuja solo de dos y se metiera dentro como mero espectador. Similar a cuando eres observador del beso de una pareja, pero de esos besos que parecen más bien de uno solo, y te sientes algo incómodo por mirar, porque es algo extremadamente íntimo, aunque a la vez te invade una especie de euforia, provocada quizá por unos gramos de esperanza, al comprobar, y ser testigo, de un amor así. Creo que debe sentir algo parecido el profesor que esté presente en esas ocasiones.
No es solo un roce corporal. Es un roce corporal, y todo lo que este implica, y además un roce en algo mucho más profundo, algo que te toca un pedacito muy sensible de tu interior, y es entonces cuando manan ese sinfín de sentimientos que se dejan mecer por las notas de una obra, o una invención cualquiera, cuya función es, sencillamente, vocalizar, pronunciar esas emociones para que sean inteligibles para uno mismo, para el que toca, para el otro miembro de la pareja; son las palabras de amor.
Efectivamente, como en cualquier buen amor, ambos reciben. Uno acaricia, abraza, besa, hace sentir, y el otro es capaz de contarlo, e incluso de gritarlo a los cuatro vientos para que lo escuche quien alcance a hacerlo, de manera que también acaricia, abraza, besa y hace sentir algo que solo hace sentir la música.

Igual que hay veces que se hace el amor con música, la música se hace con amor.



2 sept 2013

El eco de los sueños

Subir la escalera con un colacao calentito, en diciembre, o en enero, después de un día de estudio intenso, pero cuando sabes que ya te toca descansar. Hundirte en el puf, que te parece lo más blando de este mundo después de toda la tarde sentada en una silla-piedra, y empezar a bebértelo a sorbitos mientras miras sin pensar en nada un interesantísimo punto en el suelo.
¿Sin pensar en nada? No, igual sí que estás pensando en algo; estás pensando en lo cansada que estás y lo bien que va a saberte la cama, en el sueño profundo en el que te vas a mecer en unos instantes. Por un lado te da pena, porque cuando te acuestas tan cansada tu cuerpo solo se preocupa de dormir, y no de soñar, o igual sí sueñas, pero tan, tan profundo que al día siguiente no te acuerdas. Por eso debe ser que cuando estamos malos soñamos más, supongo que soñaremos igual, pero al estar en ese duermevela febril acabamos estudiando lo que soñamos en cada tiritona.

Complejo el mundo del sueño, pero lo que más me llama la atención son los sonidos. Los de las pesadillas son horrorosos, porque a veces, el crujir de la ramita en el sueño, esa noche oscura y solitaria que ha creado tu subconsciente, después de ver una película o de tener un mal día, se hace casi real, haciéndote abrir los ojos, y dándote cuenta de que en realidad es que han arrastrado una silla en el piso de abajo. Pero, ¿qué fue antes, la silla o la ramita? A lo mejor el subconsciente nos retarda los sonidos, primero oímos la silla y él lo enlaza con el crujido de nuestra pesadilla o quizá sea solo otra casualidad, como tantas de la vida.
Sin embargo me gusta pensar que lo que soñamos es el eco de lo que está siendo vivido, el eco de nuestra realidad. No solo en los sonidos de los sueños, si no en los olores, los sabores, los tactos, las sensaciones que soñamos y que algo tienen que ver con lo que anteriormente hemos vivido. Parece un intento de nuestra mente para agarrar las cosas importantes, o que creemos así, y que no las olvidemos. A veces, cuando despertamos y saboreamos unos segundos entre el sueño y la vigilia, vemos tan intrascendente lo que hemos soñado esa noche que lo apartamos inmediatamente de nuestra mente y lo olvidamos para siempre, pero quizá es que no nos damos cuenta, por no prestar la atención que merecen, de que los sueños nos hacen revivir momentos ya vividos, desde un punto de vista diferente, el de nuestro propio subconsciente, como cuando escuchas tu propia voz resonar en las montañas, nunca suena de la misma manera aunque lo parezca.



24 ago 2013

Una historia de amor llena de sal

El amor que profesan las olas a las rocas no es ningún misterio. Esta historia de amor sigue viva desde hace años y no parece dispuesta a desgastarse.
Las olas, presurosas y coquetas, se preparan todas juntas desde mar adentro, se adornan con cenefas blancas de espuma en sus crestas y avanzan hacia la orilla. Algunas van decididas, deprisa, con galantería, sin prestar atención a las jóvenes que, también enamoradas, avanzan con menos seguridad en la misma dirección.
Las rocas las ven venir desde lejos e, impertérritas, contemplan su baile sensual de agua sin dignarse a seguirlas con la mirada según estas van acercándose. Al sentir su roce húmedo permanecen igual de firmes y, con la misma indiferencia, miran al horizonte.
Una tras otra las olas van intentando llegar a sus amadas, llamar su atención con un baile frenético de marejada y, a pesar del desinterés de estos, no cejan en su empeño; lanzan al viento sus cenefas de sal y estas quedan prendidas en los mejillones adheridos a la piedra, convertidos, por estar tan cerca de las rocas, en la envidia de las desesperadas olas.
Una ola joven se acerca temerosa a un hermoso y alto peñasco al que podía ver desde alta mar a la luz de la luna y del que se enamoró casi sin darse cuenta. Solitario, separado del resto de rocas, con su enigmática actitud, exenta del resto, provoca en la tierna ola un sin fin de sensaciones que la animan a acercarse un poco más y rozar su piel sumergida, cubierta por las algas. Prueba, como sus compañeras, a lanzar, con la mayor gracia posible, su cenefa salada, pero apenas le roza el cuello a aquella impertérrita mole. No quiere rendirse y durante horas intenta llamar la atención de su amado, le acaricia, intentando llegar a su boca, pero no tiene suficiente fuerza para alcanzar su beso.
Sin embargo, a pesar de esa aparente imperturbabilidad, el amor de las olas es mucho más fuerte que cualquier apatía y ciertas partes de las rocas acaban desprendiéndose de su origen, como todo amor que siempre se lleva algo de nosotros, dejándonos pequeños vacíos que solo pueden llenarse de memoria.
Y es que llega un momento en el que las rocas se dan cuenta del amor de las olas, son capaces de sentir su beso, su caricia, porque de un momento a otro puede subir la marea.


22 ago 2013

¿Dónde se han escondido los poetas?

¿Dónde están los que tiemblan al escuchar una rima?
¿Dónde están aquellos que saborean las palabras como si fueran almendras garrapiñadas, poquito a poco, mientras se hacen agua en la boca?
¿Dónde están aquellos a los que un verso sí les cambia el poema?
Los poetas se esconden, ¿por qué se esconden los poetas?
Se esconden porque el mundo ya no tiembla, porque ya no se estremece si no es de frío, y el mundo debería temblar de amor. De amor, de tristeza, de alegría, de miedo, de algo. Necesitamos sentir y tenemos miedo de hacerlo. Los poetas tiemblan porque sienten y a la par se sienten solos y se esconden. Algunos se esconden y leen versos, otros escriben algún relato, otros piensan mirando al mar mientras cierran los ojos en la habitación de su piso.
Qué difícil es descubrir a un poeta, allí, sentado en un banco, con un aura diferente, poco distinguible a los ojos de un mundo que no tiembla. Lo curioso es que si alguna vez quieren mostrarse lo hacen a la luz del día, plenamente, o en su defecto de noche, a plena luna. Nunca lo hacen a la luz de una pantalla porque son demasiado costumbristas, en todo caso con algo de papel
¿Dónde estarán los poetas?
En el metro, contemplando las vidas de la gente que se plasman en los rostros aparentemente tediosos, inventando su historia en la cabeza; callados, en una parada de autobús, sintiendo como el viento remueve el pelo desde la raíz a la punta y dejándolo volar; sentados a tu lado, en un pupitre de clase, subrayando en el libro de texto una frase curiosa; paseando por la calle, quizá con algo de prisa por llegar a la biblioteca una mañana que le apetece leer a Benedetti, escuchando una canción de Yann Tiersen mientras las yemas de los dedos tamborilean en los vaqueros queriendo tocar las notas que suenan.


Los poetas se esconden con nosotros, que también nos acabamos escondiendo porque tenemos miedo de sentir. Y es que no es poeta aquel que sabe de memoria una estrofa, ni tampoco quien escribe cuatro versos. Un poeta puede no llegar a escribir nunca nada, pero lo que siempre hará un poeta es sentir.


16 ago 2013

La bipolaridad de la arena de playa

-Bueno,- le dijo la arena al mar- pero en ti nadie puede dejar huella. 
A lo que el mar contestó:
-Y las que dejan en ti yo las deshago.

El olor a playa es muy característico, se compone esencialmente de algas y crema solar, aunque según mi madre, también huele a barquillos.
Las chanclas resbalan sobre las pequeñas dunillas y la arena te raspa en la planta al meterse entre tu pie y el plástico de extraña gomaespuma. Acabas por quitártelas y empiezas a notar el calor de los granos, que es cada vez más insoportable; terminas caminando de lado y la arena se jacta de poder trepar hasta el empeine y jugar entre los dedos.
Cuando parece que no vas a poder aguantar más ese calor tan horroroso llegas a la orilla, donde los granos se ven obligados a acallar su prepotencia al contacto con las olas, y se muestran agradablemente frescos y compactos. Cuando una ola alcanza tus pies y regresa a su mar como esperando que la persigas, percibes que la fuerza de la misma ha creado un pequeño hoyuelo alrededor de ellos, del cual tienes que salir por resultarte poco estable. La historia se repite varias veces hasta que una ola más caprichosa decide trepar hasta los tobillos haciéndote retroceder unos pasos para volver a avanzar al rato, ya sin miedo a que otra te alcance las rodillas. Alguna mordaz piedrecilla se te clava en el talón y te hace dar un paso al lado contrario, buscando de nuevo la suavidad de la que ahora te parece una superficie tan suave e ideal. La arena te recibe dejándote hundir el empeine y resbalando por él cuando das otro paso más. 
Poco a poco vas metiendo todo el cuerpo, con ayuda de algunas olas libertinas que se empeñan en alcanzar cada vez partes más altas. La arena vuelve a tornarse caprichosa y se entremezcla con el pelo descendiendo hasta los ojos. Ahora ya no le haces caso, las olas se han convertido en lo importante y los algunos granos celosos se ocultan entre los pliegues del bañador. No volverán a aparecer hasta que te des una ducha en casa.
Al salir, la arena seca, envidiosa de aquel agua salada, se agarra ávida a toda piel mojada que ose tocarla. Al cabo de un rato de caminar sobre ella se siente más segura y empieza a despegarse. 
De vuelta al coche llega la parte más difícil: los pies están limpios de la misma pero siempre queda el dichoso riachuelo que cruzar y un trecho más de arena seca. Para no enfadarla, procuras prácticamente levitar sobre el agua con las chanclas, apoyando levemente la suela, pero irremediablemente unas gotas de agua, esta vez salada solo en potencia, se cuelan entre los dedos; la arena, que espera al otro lado, ardiente de celos, se aferra con mucha más gana a cualquier parte húmeda de la piel. Por más que te esfuerzas por no rozar los granos, caminando despacio y suavemente, los más atrevidos, terminan llegando hasta tus pies y tienes que acabar cediendo: te quitas las chanclas y caminas de nuevo por aquella superficie abrasadora. Ya más tranquila, la arena decide despegarse, sin embargo algunos de sus más condescendientes vasallos permanecen adheridos para asegurarse de dejar constancia. Los demás se quedan, esperando a los siguientes pies que se atrevan a cruzar mojados.



7 ago 2013

El enigma de los felinos

Los perros mueven la cola de contento, ¿por qué mueven la cola los gatos?
Nunca jamás en mi vida he visto un gato contento. He visto a gatos pachorros, cuando a veces les acaricias la tripa y empiezan a emitir ese ruido gutural llamado comunmente ronroneo; he visto gatos acechantes, preparados para saltar sobre una mosca, algún pajarillo o, lo que es más común, para ir a recibir su cuenco de pienso; he visto gatos soberbios, mirando con superioridad caer las gotas por el cristal una tarde de lluvia como pensando: Así es, lluvia estúpida, tú intentando entrar en casa, sin ninguna posibilidad de conseguirlo, y yo dentro de ella, bien calentito.
Nunca he visto un gato plenamente feliz, parece no estar incluido dentro de su comportamiento. Es una lástima.
Sin embargo sí he visto muchas veces gatos melancólicos, de hecho creo que la mayoría de las veces que nos cruzamos con un gato se trata de un gato melancólico. Pero no hemos de confundir jamás un gato melancólico de un gato triste. Según Víctor Hugo, la melancolía es la felicidad de estar triste, pues eso es exactamente lo que les pasa a los gatos. Parecen estar orgullosos de su tristeza interior, parecen querer mostrarse como seres pensantes y cabizbajos todo el tiempo pero, ¿en qué piensan los gatos cuando se quedan mirando a la nada de esa manera? A lo mejor sí son felices, pero a su manera, pensando, o no pensando, pero mostrándose pensantes. A lo mejor para un gato lo único importante es aparentar, porque es realmente sospechosa la lentitud con la que pestañean, a ver, ¿por qué lo hacen tan despacio? Incomprensible. La única respuesta que se me ocurre es que pretendan resultar interesantes, con todo bajo control. Sin embargo es difícil ocultar la melancolía cuando esta te embriaga, incluso para un gato. Es claramente distinguible un ser que pulula lleno de ella, sin que necesariamente tenga que ser de familia felina. Nadie es capaz de ocultarla porque es demasiado atrayente para el resto del mundo, o quizá para aquellas personas un poco más observadoras. Y es que podría afirmar casi con total certeza que la atracción por alguien melancólico es casi la misma que la atracción por alguien alegre y contento, puede que incluso más. La felicidad es un enigma para el ser humano, sobre todo para el de la actual sociedad, y la curiosidad es una de las fuerzas motrices más fuertes para el hombre.
Nunca sabes en qué está pensando un gato, y por esa misma razón no hay ni una sola persona en el mundo que pueda afirmar con convicción que no le gustan los gatos.



11 feb 2013

Así te necesito

Así te necesito


Como la luz precisa de la noche

para encontrar su vida,

o el acorde reclama su silencio,

para encender su risa.

Como el amor la soledad pretende

para entender su enigma

o la vida depende de la muerte

para ser concebida,

así te necesito, y en tu ausencia

yo no soy todavía.


                      Ali


16 dic 2012

Pero no pudieron borrar su propio olor

Los olores son seres poderosos. Son máquinas del tiempo.
Los olores son besos, son comidas, son gestos, son miradas, son conciertos, fiestas, llantos...
Los olores son recuerdos.

Lo recuerdas cuando entras en un bar y huele a aquella vez que te desmadraste bailando, o aquella otra en la que te pisaron el pie o aquella en la que pediste una copa y acabaste con tres de más.
Lo recuerdas cuando sales a la calle y huele a ese verano de globos de agua, de risas empapadas, de noches  de buscar estrellas.
Lo recuerdas cuando llegas de viaje y huele a hogar. A ese hogar que solo es tuyo, un olor que solo se distingue cuando llevas tiempo sin pasar por casa porque si no ya estás acostumbrado a él.

Los olores forman una parte importante de nuestra memoria. Son capaces de hacernos sentir cosas que no podemos explicar.
Breve historia:
"Laura pasaba siempre por la misma acera al volver de la facultad, y todos los días, al pasar por un determinado punto, sentía un malestar general, una incomprensible sensación que mezclaba el miedo y el nerviosismo. Harta de que le pasara lo mismo todos los días, decidió ir por la acera de enfrente y pudo darse cuenta que al otro lado estaba un antiguo colegio de monjas que, hasta la fecha, aún seguía acogiendo alumnos . Era aquello. Al pasar al lado, el edificio desprendía un aroma a lápices afilados y goma de borrar que le traían a la memoria los azotes que se ganaba siempre que llegaba tarde a clase cuando era pequeña. Se explicaba así la ansiedad que sentía al oler el mismo olor que la recibía al entrar corriendo en el colegio cinco minutos después de lo que debía."

Los lápices afilados y las gomas de borrar, a eso huelen los colegios. A eso huelen los eternos deberes mientras los otros niños jugaban fuera, las lágrimas de no entender las restas llevadas y el primer "Progresa Adecuadamente" de tu vida.
En efecto, las gomas de borrar te salvaron, borrando los recientes garabatos de la mesa verde, de una buena bronca de la profesora, pudieron borrar los fallos de la infancia, las faltas de ortografía, los unos que había que sustituir por doses y la maldita raya que se salía siempre al colorear los dibujos de plástica.
Pudieron borrar muchas cosas, sí, pero no pudieron borrar su propio olor.


3 nov 2012

Castañas

Recién estrenado noviembre vemos el cielo encapotado de nubes grises y las hojas ansiosas por volar estremeciéndose de nerviosismo en sus ramas. Una lluvia latente se empeña en regalarnos cada poco unas gotas y ya empezamos a ver nuestros suspiros en el aire. Hace frío.
Por la calle empieza a palparse la prisa en los pasos de la gente. "¡Cuidado!, que llueve", señora, es agua no ácido sulfúrico. No hace falta ni llevar paraguas por la calle porque con lo repleta que está de ellos se forma un pasillo cubierto que logra que no te mojes. Las chicas no saben qué ponerse: "Unas medias y una cazadora, que hace sol". Sí, hace sol y nueve grados.
Corro a coger el bus. Ya me lo sé, me echo una carrera impresionante y luego tengo que esperar diez minutos. Dejo una estela de aliento blanco por la cuesta. Es el otoño que llega. Que llega con su olor a tierra mojada y a castañas. ¿Castañas?

Un chico joven y un hombre mayor acaban de encender el fuego y toda la zona empieza a oler a castañas asadas. Con las manos heladas, lo que más te apetece es coger un papel de periódico más negruzco de lo habitual que contenga esos bultitos calientes que solo te llevas a la boca en los otoños más fríos. Quemarte los dedos mientras los pelas y mordisquear su blando cuerpecito se convierten en los pequeños placeres de la vida.
Al volver de clase, recorro un paseo de castaños repletos de pequeños erizos que amenazan con aterrizar en tu cabeza desentrañando su semilla. Veo sus hojas rojas y amarillas y se me antoja hacer un cuadro. Cojo una castaña. Está suave y brillante, nuevecita, recién salida del árbol. Me encanta. Cogería todas ero me quedo con la que se me ha caído en la cabeza. Sigo caminando y las hojas de los castaños que dejo atrás me despiden con una sinfonía de corrientes.

Las castañas se escuchan, se tocan, se ven, se saborean, se huelen, te hacen sentir algo especial solo propio de ellas.
Desde luego las castañas merecemos la pena.