No soy ferviente seguidora de la técnica rusa a la hora de tocar el violín. La mayoría de las veces me da la sensación de que carece de estilo, o mejor dicho, que se estanca en el llamado y conocido "estilo ruso" que, para mi gusto es casi perfecto para obras románticas, pasionales y avibratadas pero que pierde delicadeza y elegancia a la hora de tocar barroco, por ejemplo.
Una cosa que hago a menudo, y lo que intento aplicarme casi como filosofía a la hora de tocar, es pensar que al poner los dedos sobre el mastil, presionando las cuerdas o al pasar el arco lo hago de la misma forma en que acariciaría el cuerpo de quien amo.
El estilo barroco, en las sonatas y partitas de Bach para violín solo, por ejemplo, cada nota sería como una caricia improvisada. Improvisada sí, pero certera, y a la vez sutil y suave, como quien sabe justamente dónde pone la mano para lograr el escalofrío.
El clasicismo es más juguetón, busca las vueltas y recovecos del cuerpo al rozar la piel. Unas veces meloso, remolón y otras ladino, irónico, gracioso, como quien busca la risa al gastar una broma, o quien sorprende la carcajada involuntaria al descubrir el escondite de las cosquillas más recónditas.
El romanticismo da paso a la pasión y es, en mi opinión, como ya he dicho, lo que mejor se les da a estos rusos. Ya no es un roce despistado o una carantoña juguetona. Esto es el más puro sobamiento. No se busca la piel sino la carne y se pasa del breve erizamiento al casi orgasmo.
Es el punto febril que a veces buscan los cuerpos. Ya no es probarse sino beberse, de un trago fuerte, como vodka en Siberia, entrando en calor, como si cada dedo que tocara la piel o la cuerda derritiera una región entera en su vibrato, en su estremecimietno repentino y efímero.
Sí que veo, sí, un parecido fuerte entre tocar el violín y hacer el amor: cada uno a su manera, con su pasión y estilo, adoptando a veces los ajenos si la ocasión se presta, inspirándose en otros o aprendiendo paso a paso con la propia experiencia. Deja huella, como quien pisa nieve en los Urales. Y claro, al final queda lo más afín que tienen las dos cosas, el amor.
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28 jul 2017
10 ene 2016
Música y amor: una conquista utópica
Hoy fui a un concierto. El ambiente podría definirse como casi elitista; todas las mujeres llevaban chal y medias, los hombres, traje. No había jóvenes, apenas yo y otros tres amigos, el resto superaba con mucho los 25.
A pesar de todo aquella gente iba a disfrutar de la música, sin juzgar, sin tribunales, sin comparaciones, sin señalar quién era mejor que otro. O quizá fue solo mi impresión.
Cuando el compañero hizo sonar su cello no solo hizo sonar su cello. Las notas empezaron a volar por el cuarto, envolviéndonos a todos en un remolino de impresiones acústicas. Pero no, no solo hizo sonar su cello. Era mucho más, era sentir por los oídos un abrazo, sentir un vínculo que prácticamente era también visual. Verlos a ellos dos como uno solo, ver cómo lo abrazaba, volando por el mástil, acariciando las cuerdas con el arco. Ambos se escuchaban, manteniendo un diálogo interno que brotaba en cada vibración de la madera. Un diálogo que solo nos mostraba una mínima parte, compartiendo los sonidos, pero escondiéndonos algo mucho más profundo. Esa leve percepción de erotismo que nos mostraban, eso era la música; o al menos una pequeña parte de ella. En ese abrazo se entendía el disfrute, pero también el esfuerzo y la dedicación de uno y otro por llegar a conquistarse.
¿Qué es eso que nos invade por dentro, lo que nos hace cosquillas en el estómago y nos llega al corazón? ¿Qué es lo que dejamos ver como un cachito de copa pero que en el fondo tiene tan fuertes las raíces? Eso es la música. Y el amor.
Un concierto pocas veces es perfecto, por no convertirlo en un nunca, porque la perfección es algo subjetivo, algo utópico, inalcanzable, pero que, como decía Galeano, nos hace caminar. A veces pienso que cuando hacemos música es como hacer el amor. Pero en el estricto sentido de hacer el amor. Es decir, hacer el amor sonido. Hacer de algo abstracto algo casi tangible o, aunque sea, una parte perceptible por los sentidos. Vamos aprendiendo a hacer música como vamos aprendiendo a amar. Con esfuerzo, con algunas lágrimas, con muchas horas de dedicación, pero sobre todo, con ganas. Con ganas de sentir y de volar, de probar la libertad en el más puro significado de la misma. Eso es la música y también es el amor.
A quienes pregunten por qué estudiamos música, por muchas cosas, pero también para aprender a amar.
A pesar de todo aquella gente iba a disfrutar de la música, sin juzgar, sin tribunales, sin comparaciones, sin señalar quién era mejor que otro. O quizá fue solo mi impresión.
Cuando el compañero hizo sonar su cello no solo hizo sonar su cello. Las notas empezaron a volar por el cuarto, envolviéndonos a todos en un remolino de impresiones acústicas. Pero no, no solo hizo sonar su cello. Era mucho más, era sentir por los oídos un abrazo, sentir un vínculo que prácticamente era también visual. Verlos a ellos dos como uno solo, ver cómo lo abrazaba, volando por el mástil, acariciando las cuerdas con el arco. Ambos se escuchaban, manteniendo un diálogo interno que brotaba en cada vibración de la madera. Un diálogo que solo nos mostraba una mínima parte, compartiendo los sonidos, pero escondiéndonos algo mucho más profundo. Esa leve percepción de erotismo que nos mostraban, eso era la música; o al menos una pequeña parte de ella. En ese abrazo se entendía el disfrute, pero también el esfuerzo y la dedicación de uno y otro por llegar a conquistarse.
¿Qué es eso que nos invade por dentro, lo que nos hace cosquillas en el estómago y nos llega al corazón? ¿Qué es lo que dejamos ver como un cachito de copa pero que en el fondo tiene tan fuertes las raíces? Eso es la música. Y el amor.
Un concierto pocas veces es perfecto, por no convertirlo en un nunca, porque la perfección es algo subjetivo, algo utópico, inalcanzable, pero que, como decía Galeano, nos hace caminar. A veces pienso que cuando hacemos música es como hacer el amor. Pero en el estricto sentido de hacer el amor. Es decir, hacer el amor sonido. Hacer de algo abstracto algo casi tangible o, aunque sea, una parte perceptible por los sentidos. Vamos aprendiendo a hacer música como vamos aprendiendo a amar. Con esfuerzo, con algunas lágrimas, con muchas horas de dedicación, pero sobre todo, con ganas. Con ganas de sentir y de volar, de probar la libertad en el más puro significado de la misma. Eso es la música y también es el amor.
A quienes pregunten por qué estudiamos música, por muchas cosas, pero también para aprender a amar.
6 dic 2014
El gran amor
Teniendo en cuenta que no tenía en mi cuerpo ninguna sustancia extraña ni droga de ningún tipo me atrevo a contar y a hacer pública la extraña experiencia que me aconteció hace algunos días durante el acalorado estudio en la cabina, anterior a un examen de violín. Para los que lo entiendan, pero también para los que no.
No tenía sensación de nervios sino de excitación, nervios bueno, vamos a llamarlos. Hay una gran diferencia, mi estómago se retorcía un poco, mariposillas y esas extrañas metáforas que se dicen, pero no estaba agobiada sino contenta, con ganas de salir a demostrar lo que había trabajado. Las ganas es lo que marcan la diferencia.
Empecé con los pasajes más difíciles para calentar los dedos y luego toqué de arriba a abajo la obra para rodarla. Y de repente llegué a un punto en el que parecía que me había teletransportado a otra dimensión, como en aquel episodio matrix de los Simpsons.
Empecé a sentir como el propio sonido del violín se iba adhiriendo a mi cuello, a mi clavícula, a mi hombro, como pequeños brazos de armónicos que rebotaban en mi cuerpo contagiándolo de sonido. No era una sensación desagradable ni pegajosa sino de lo más placentera.
Seguí tocando y las vibraciones del violín empezaron a vibrar de la misma forma, a la misma velocidad, que las mías propias. Ya no me parecía un instrumento de madera sino un auténtico ser vivo; y ni siquiera un ser vivo que yo sostenía con mi abrazo sino que éramos un ser vivo, como un apéndice imprescindible de mí, un solo cuerpo que vibraba a tempo.
La misma sensación que cuando haces el amor con alguien, los cuerpos vibran de la misma manera, con la misma excitación, al compás, fundiéndose en uno solo, en un todo.
Fueron treinta segundos de clímax absoluto, de instante eterno e inolvidable, pero bastaron para darme cuenta de que merece la pena. De que todos los llantos, las frustraciones, las horas, el esfuerzo, de que todo, absolutamente todo, merece la pena por ese instante.
La música es como un gran amor. Desde fuera puede dar la sensación de que no vale la pena, de que te trata mal, no te deja tiempo para ti y no te trae más que disgustos, o al menos que estos pesan mucho más, pero desde dentro, se siente un instante, repetido quizá solo cuatro o cinco veces en la vida, en el que sabes que, esos treinta segundos lo compensan absolutamente todo.
No tenía sensación de nervios sino de excitación, nervios bueno, vamos a llamarlos. Hay una gran diferencia, mi estómago se retorcía un poco, mariposillas y esas extrañas metáforas que se dicen, pero no estaba agobiada sino contenta, con ganas de salir a demostrar lo que había trabajado. Las ganas es lo que marcan la diferencia.
Empecé con los pasajes más difíciles para calentar los dedos y luego toqué de arriba a abajo la obra para rodarla. Y de repente llegué a un punto en el que parecía que me había teletransportado a otra dimensión, como en aquel episodio matrix de los Simpsons.
Empecé a sentir como el propio sonido del violín se iba adhiriendo a mi cuello, a mi clavícula, a mi hombro, como pequeños brazos de armónicos que rebotaban en mi cuerpo contagiándolo de sonido. No era una sensación desagradable ni pegajosa sino de lo más placentera.
Seguí tocando y las vibraciones del violín empezaron a vibrar de la misma forma, a la misma velocidad, que las mías propias. Ya no me parecía un instrumento de madera sino un auténtico ser vivo; y ni siquiera un ser vivo que yo sostenía con mi abrazo sino que éramos un ser vivo, como un apéndice imprescindible de mí, un solo cuerpo que vibraba a tempo.
La misma sensación que cuando haces el amor con alguien, los cuerpos vibran de la misma manera, con la misma excitación, al compás, fundiéndose en uno solo, en un todo.
Fueron treinta segundos de clímax absoluto, de instante eterno e inolvidable, pero bastaron para darme cuenta de que merece la pena. De que todos los llantos, las frustraciones, las horas, el esfuerzo, de que todo, absolutamente todo, merece la pena por ese instante.
La música es como un gran amor. Desde fuera puede dar la sensación de que no vale la pena, de que te trata mal, no te deja tiempo para ti y no te trae más que disgustos, o al menos que estos pesan mucho más, pero desde dentro, se siente un instante, repetido quizá solo cuatro o cinco veces en la vida, en el que sabes que, esos treinta segundos lo compensan absolutamente todo.
4 sept 2014
Ser un genio
Hace unos días tuve el gusto de escuchar una clase de violín de Sergey Fatkulin en la que un amigo tocaba el rondó capriccioso de Saint Saëns. Entre otro buenos comentarios que hizo, el profesor nos hizo una pregunta: qué es ser virtuoso. Ambos contestamos parecido: velocidad de dedos, buena técnica, soltura, perfeccionamiento... Fatkulin se sorprendió notablemente con nuestras respuestas ya que para él, que se había pasado unos cuantos años perfeccionando su español, entendía que una persona virtuosa es aquella que posee una virtud, es decir, alguien que tiene algo especial que le caracteriza y hace único, y no se equivocaba. Un virtuoso es aquel que domina una técnica o arte extraordinariamente, y doy especial énfasis a la palabra "extraordinariamente".
Ser un genio, a eso se reduce. Y parece que todos queremos ser genios, poseer una virtud, porque eso es lo que va a hacernos únicos y nos va a diferenciar del resto. Por otro lado la meta de todo hombre, su objetivo último, y esto es sabido desde el inicio de los tiempos y las primeras filosofías, es la felicidad; así, se entiende que si deseamos ser un genio es porque creemos que de esta forma seremos más felices.
He visto tocar a niños de 13 años, de 11, obras que gente de 25, con máster, aún está perfeccionando. Son auténticos genios, sean felices o no, transmiten, son únicos, marcan la diferencia. Son el claro ejemplo de genio que buscábamos.
La pregunta que me hago, sin embargo no es la mil veces citada de si un genio puede ser feliz, sino si un genio es feliz por el mero hecho de ser genio. Creo que nos equivocamos al pensar que es la genialidad la que otorga la felicidad. La genialidad está, es innata, que se desarrolle o no ya es otra cosa. Parece que los genios viven en esa costumbre de ser genios y que quien no lo es pretende alcanzar su meta de ser feliz convirtiéndose, y mientras tanto vive en una infelicidad impuesta por su categoría de mediocre, sin embargo, ¿seríamos de verdad felices siendo genios? y los genios, ¿son felices? pero sobre todo, ¿son felices por ser genios?
Dejando de liar la madeja precipito mi conclusión: ni los genios tienen la obligación de ser felices, ni los que no lo son la de ser infelices. La genialidad va por un lado y la felicidad por otro.
Quizá convenga que haya mas felices que genios para que quizá entonces haya muchos genios felices.
Ser un genio, a eso se reduce. Y parece que todos queremos ser genios, poseer una virtud, porque eso es lo que va a hacernos únicos y nos va a diferenciar del resto. Por otro lado la meta de todo hombre, su objetivo último, y esto es sabido desde el inicio de los tiempos y las primeras filosofías, es la felicidad; así, se entiende que si deseamos ser un genio es porque creemos que de esta forma seremos más felices.
He visto tocar a niños de 13 años, de 11, obras que gente de 25, con máster, aún está perfeccionando. Son auténticos genios, sean felices o no, transmiten, son únicos, marcan la diferencia. Son el claro ejemplo de genio que buscábamos.
La pregunta que me hago, sin embargo no es la mil veces citada de si un genio puede ser feliz, sino si un genio es feliz por el mero hecho de ser genio. Creo que nos equivocamos al pensar que es la genialidad la que otorga la felicidad. La genialidad está, es innata, que se desarrolle o no ya es otra cosa. Parece que los genios viven en esa costumbre de ser genios y que quien no lo es pretende alcanzar su meta de ser feliz convirtiéndose, y mientras tanto vive en una infelicidad impuesta por su categoría de mediocre, sin embargo, ¿seríamos de verdad felices siendo genios? y los genios, ¿son felices? pero sobre todo, ¿son felices por ser genios?
Dejando de liar la madeja precipito mi conclusión: ni los genios tienen la obligación de ser felices, ni los que no lo son la de ser infelices. La genialidad va por un lado y la felicidad por otro.
Quizá convenga que haya mas felices que genios para que quizá entonces haya muchos genios felices.
13 may 2014
Dialogar sin palabras
Ya había oído maravillas del cuarteto, pero nunca imaginé que fuera para tanto.
Salieron al escenario con la naturalidad de quien se despierta cada mañana, y ya daba gusto verles tan confiados. Su tranquilidad aseguraba la calidad del concierto.
El cuarteto Disonancia de Mozart no hizo más que abrir boca; dialogaban sin palabras. Les bastaba la música que les había dejado el joven clásico y cuatro arcos barrocos para trasmitir todo lo que querían decir.
Llegaron las Metamorphosis nocturnas de Ligeti, y no fueron menos. Ante los ojos aparecía una mariposa recientita dando sus primeros aleteos tras la laboriosa tarea de bordarse en su crisálida. Y todo sobre unos intervalos de segundas mayores ascendentes que la iban esbozando en el aire del teatro. Mientras tocaban, cada uno de los componentes del cuarteto parecía estar expectante con quien tenía al lado. Se sorprendían en cada acorde que sonaba, como si aquello que, seguro, tantas veces habían ensayado lo tocaran por primera vez. Y ahí es donde estaba la magia. Tuve la suerte de colocarme lo suficientemente cerca como para oír el golpe de los dedos de la violín primero en la madera al pisar la cuerda, y me hacía sentir las notas más cerca de mí.
Con el cuarteto en do menor de Brahms, la última obra, no nos dejaron menos sorprendidos. Había amor entre nota y nota. Los instrumentos se saboreaban, unas veces dulcemente y otras con la pasión que solo aflora a través de la música. Respiraban a tempo y su latido iba exactamente al mismo ritmo, si no no me explico cómo se puede tocar así.
No hablaron hasta el momento de presentar el pequeño bis que traían preparado, una pequeña romanza de Enrique Granados, pero no les hizo falta porque nos dijeron todo lo que nos querían decir, y a nosotros nos dejaron sin palabras
Salieron al escenario con la naturalidad de quien se despierta cada mañana, y ya daba gusto verles tan confiados. Su tranquilidad aseguraba la calidad del concierto.
El cuarteto Disonancia de Mozart no hizo más que abrir boca; dialogaban sin palabras. Les bastaba la música que les había dejado el joven clásico y cuatro arcos barrocos para trasmitir todo lo que querían decir.
Llegaron las Metamorphosis nocturnas de Ligeti, y no fueron menos. Ante los ojos aparecía una mariposa recientita dando sus primeros aleteos tras la laboriosa tarea de bordarse en su crisálida. Y todo sobre unos intervalos de segundas mayores ascendentes que la iban esbozando en el aire del teatro. Mientras tocaban, cada uno de los componentes del cuarteto parecía estar expectante con quien tenía al lado. Se sorprendían en cada acorde que sonaba, como si aquello que, seguro, tantas veces habían ensayado lo tocaran por primera vez. Y ahí es donde estaba la magia. Tuve la suerte de colocarme lo suficientemente cerca como para oír el golpe de los dedos de la violín primero en la madera al pisar la cuerda, y me hacía sentir las notas más cerca de mí.
Con el cuarteto en do menor de Brahms, la última obra, no nos dejaron menos sorprendidos. Había amor entre nota y nota. Los instrumentos se saboreaban, unas veces dulcemente y otras con la pasión que solo aflora a través de la música. Respiraban a tempo y su latido iba exactamente al mismo ritmo, si no no me explico cómo se puede tocar así.
No hablaron hasta el momento de presentar el pequeño bis que traían preparado, una pequeña romanza de Enrique Granados, pero no les hizo falta porque nos dijeron todo lo que nos querían decir, y a nosotros nos dejaron sin palabras
20 feb 2014
Salidas de emergencia
"Dedos colocados, deja peso, arco recto... ¡arco recto, he dicho! Venga, concentración, que tú puedes". El yo interior se esfuerza por mantener a flote esa autoestima que pretende bajar en picado y de cabeza al subsuelo en estos momentos críticos.
"Solo es una audición más, con los padres de siempre, ya lo has hecho más veces".
"Y bien que la he liado otras veces".
"Pues haz el favor de relajarte porque eres una exagerada".
Diez minutos antes de salir al escenario, mientras notas cómo tus manos empiezan a sudar y a enfriarse simultáneamente, y tus dedos recorren el mástil, discutes del modo más absurdo contigo misma.
"Te lo sabes de sobra, venga".
"Sí, ya...".
Tu pensamiento, en vez de centrarse en la obra del compañero que va antes que tú y disfrutar de la música, te obliga a apretar la mano izquierda en el puño de la chaqueta para secarla. Respiras hondo y cierras los ojos, pero lo único que consigues es ponerte más nerviosa. Te miras los pies.
"Azul marino, te has traído los zapatos azul marino, ¡que tienes que ir de negro!"
"Hala ya, cállate un rato".
Y todo se queda en silencio, ese silencio que precede al aplauso caluroso y paternal dirigido a tu compañero, ese aplauso que te dice con retintín que es tu turno. ¡Malditas piernas! ¡¿Por qué tiemblan?!
"Bueno venga, eh, sonríe".
Mientras subes las escaleras te acuerdas de Alex, que siempre te dice "Venga, que ahora es cuando nos dejas mal", aunque sabe de sobra que toca genial; de la vocecita de Lydia "Vamos, que vayas a tocar Sarasate y lo vayas a tocar con esa cara de higo..."; de los ánimos de Luis "Venga Ali, que lo vas a bordar", y esas décimas de segundo de recuerdos reconfortantes te quitan el temblor del cuerpo. "Alicia, -me vuelvo, es Diana.- lo vas a hacer muy bien". Y ahí está otra vez la vocecilla interior: "Pues no vas a ser tú la tonta que te diga que vas a liarla, ¿no?".
El escenario está muy alto, uf, demasiado alto, tienes que bajar la cabeza para contemplar las caras de los padres felices y orgullosos. El último pensamiento antes de ponerte a tocar es para Julia. "Yo, la primera vez que subí a este escenario y Diana me dijo cómo me tenía que colocar, lo primero que se presentó ante mis ojos fue el cartelito de 'salida de emergencia' y, mirándolo, toqué tranquila y de un tirón". Allí está, en efecto, el cartelito verde y luminoso. Comienzas a tocar y las piernas amenazan con volver a temblar. Flexionas las rodillas y desafinas un par de notas, quizá hayan sido tres, pero sigues tocando y, como para fastidiar ese desafine ingrato, sonríes al cartelito verde. Siempre hay una salida.
"Solo es una audición más, con los padres de siempre, ya lo has hecho más veces".
"Y bien que la he liado otras veces".
"Pues haz el favor de relajarte porque eres una exagerada".
Diez minutos antes de salir al escenario, mientras notas cómo tus manos empiezan a sudar y a enfriarse simultáneamente, y tus dedos recorren el mástil, discutes del modo más absurdo contigo misma.
"Te lo sabes de sobra, venga".
"Sí, ya...".
Tu pensamiento, en vez de centrarse en la obra del compañero que va antes que tú y disfrutar de la música, te obliga a apretar la mano izquierda en el puño de la chaqueta para secarla. Respiras hondo y cierras los ojos, pero lo único que consigues es ponerte más nerviosa. Te miras los pies.
"Azul marino, te has traído los zapatos azul marino, ¡que tienes que ir de negro!"
"Hala ya, cállate un rato".
Y todo se queda en silencio, ese silencio que precede al aplauso caluroso y paternal dirigido a tu compañero, ese aplauso que te dice con retintín que es tu turno. ¡Malditas piernas! ¡¿Por qué tiemblan?!
"Bueno venga, eh, sonríe".
Mientras subes las escaleras te acuerdas de Alex, que siempre te dice "Venga, que ahora es cuando nos dejas mal", aunque sabe de sobra que toca genial; de la vocecita de Lydia "Vamos, que vayas a tocar Sarasate y lo vayas a tocar con esa cara de higo..."; de los ánimos de Luis "Venga Ali, que lo vas a bordar", y esas décimas de segundo de recuerdos reconfortantes te quitan el temblor del cuerpo. "Alicia, -me vuelvo, es Diana.- lo vas a hacer muy bien". Y ahí está otra vez la vocecilla interior: "Pues no vas a ser tú la tonta que te diga que vas a liarla, ¿no?".
El escenario está muy alto, uf, demasiado alto, tienes que bajar la cabeza para contemplar las caras de los padres felices y orgullosos. El último pensamiento antes de ponerte a tocar es para Julia. "Yo, la primera vez que subí a este escenario y Diana me dijo cómo me tenía que colocar, lo primero que se presentó ante mis ojos fue el cartelito de 'salida de emergencia' y, mirándolo, toqué tranquila y de un tirón". Allí está, en efecto, el cartelito verde y luminoso. Comienzas a tocar y las piernas amenazan con volver a temblar. Flexionas las rodillas y desafinas un par de notas, quizá hayan sido tres, pero sigues tocando y, como para fastidiar ese desafine ingrato, sonríes al cartelito verde. Siempre hay una salida.
28 nov 2013
También hay que ser percusionistas
Si a mí me pareció ofensivo peor le parecería al percusionista al que identificaron con "aquel que tocaba los palos" en un artículo de prensa.
Según dicen los instrumentos melódicos, es decir, el violín, la flauta, el cello o el clarinete, representan los sentimientos, las emociones, y los instrumentos armónicos, piano, guitarra, tienen que ver con la inteligencia abstracta. Parecen elementales, no solo en cualquier conjunto, en el que son imprescindibles la armonía y la melodía, sino en nuestra vida cotidiana, en la que necesariamenter debería haber un poco de cabeza y un puñado de sentimientos. Sin embargo nos falta algo, el tercer vértice de un triángulo que descubre un equilibro perfecto: el ritmo.
Los instrumentos rítmicos se han relacionado estrechamente con la motricidad, la vitalidad. Se nota inmediatamente cuando en una obra hay timbales, un güiro o unas claves porque le da otro color, otro timbre completamente diferente, no mejor ni peor, pero sí más vivo; si habláramos en colores hablaríamos de un alto grado de saturación al incluir percusión a una pieza.
En nuestra vida necesitamos apoyarnos en estos tres pilares fundamentales de la música, adoptarlos como propios. Necesitamos tener las ideas claras y ordenadas, cierta inteligencia abstracta, para saber lo que queremos; necesitamos reconocer un escalofrío de emoción, valorar una lágrima y disfrutar de una risa, para saber lo que sentimos; pero también necesitamos cantar a voces en la calle y correr y correr bajo la lluvia, dar golpes con el lápiz en la mesa de clase, seguir el ritmo de la música de un bar haciendo medias sentadillas y bailar sin mucho control en cualquier sitio donde los decibelios se pasen un poco de pueblo. Necesitamos hacerlo para saber qué es cansarse, para saber que da gusto cansarse, para poner empeño en las cosas que queremos, para saber que podemos saltar en los charcos y saber que podemos caernos, pero sobre todo para saber que lo que de verdad merece la pena es levantarse y seguir saltando al ritmo de la vida.
Todos debemos llevar una flauta que nos cante qué sentimos, y sentirlo de veras, un piano, que nos descubra la relación perfecta entre dos acordes, pero lo que no puede faltarnos es un pequeño tambor que palpite como un corazón, que nunca se canse y que nos de el impulso rítmico para vivir la vida.
Según dicen los instrumentos melódicos, es decir, el violín, la flauta, el cello o el clarinete, representan los sentimientos, las emociones, y los instrumentos armónicos, piano, guitarra, tienen que ver con la inteligencia abstracta. Parecen elementales, no solo en cualquier conjunto, en el que son imprescindibles la armonía y la melodía, sino en nuestra vida cotidiana, en la que necesariamenter debería haber un poco de cabeza y un puñado de sentimientos. Sin embargo nos falta algo, el tercer vértice de un triángulo que descubre un equilibro perfecto: el ritmo.
Los instrumentos rítmicos se han relacionado estrechamente con la motricidad, la vitalidad. Se nota inmediatamente cuando en una obra hay timbales, un güiro o unas claves porque le da otro color, otro timbre completamente diferente, no mejor ni peor, pero sí más vivo; si habláramos en colores hablaríamos de un alto grado de saturación al incluir percusión a una pieza.
En nuestra vida necesitamos apoyarnos en estos tres pilares fundamentales de la música, adoptarlos como propios. Necesitamos tener las ideas claras y ordenadas, cierta inteligencia abstracta, para saber lo que queremos; necesitamos reconocer un escalofrío de emoción, valorar una lágrima y disfrutar de una risa, para saber lo que sentimos; pero también necesitamos cantar a voces en la calle y correr y correr bajo la lluvia, dar golpes con el lápiz en la mesa de clase, seguir el ritmo de la música de un bar haciendo medias sentadillas y bailar sin mucho control en cualquier sitio donde los decibelios se pasen un poco de pueblo. Necesitamos hacerlo para saber qué es cansarse, para saber que da gusto cansarse, para poner empeño en las cosas que queremos, para saber que podemos saltar en los charcos y saber que podemos caernos, pero sobre todo para saber que lo que de verdad merece la pena es levantarse y seguir saltando al ritmo de la vida.
Todos debemos llevar una flauta que nos cante qué sentimos, y sentirlo de veras, un piano, que nos descubra la relación perfecta entre dos acordes, pero lo que no puede faltarnos es un pequeño tambor que palpite como un corazón, que nunca se canse y que nos de el impulso rítmico para vivir la vida.
7 nov 2013
Hacer el amor en un acorde
"Lo que tienes que hacer es acariciar las teclas, llegar a todas ellas y emplear la misma presión en cada una."
No es ningún secreto. Si acaricias las teclas de un piano en vez de percutirlas como si fuera una mesa de escuela en una hora aburrida de matemáticas, el instrumento adquiere la extraña propiedad de sentir. Es como si llorara o riera, según lo que pretendan las notas, los acordes, las melodías. Pero lo increíble es que, de repente, dejan de ser solo notas escritas en un papel; pasan a ser sentimientos, recuerdos, emociones desbocadas o serenas que brotan sin miedo a ser descubiertas.
Hay veces que, al tocar, logras esa armonía tan perfecta con el instrumento, te fundes con él de una manera tan explícita y perfecta que realmente parecéis uno. La madera se convierte en la piel de alguien a quien amas, a quien le coges la cara entre las manos y le acaricias cada rasgo para conocerlo, para memorizarlo. Un abrazo tan único y recíproco que es difícilmente equiparable.
En ocasiones, esta extraña unión se produce al tocar en clase, y es como si alguien, en este caso quien la imparte, abriera una rendija en esa burbuja solo de dos y se metiera dentro como mero espectador. Similar a cuando eres observador del beso de una pareja, pero de esos besos que parecen más bien de uno solo, y te sientes algo incómodo por mirar, porque es algo extremadamente íntimo, aunque a la vez te invade una especie de euforia, provocada quizá por unos gramos de esperanza, al comprobar, y ser testigo, de un amor así. Creo que debe sentir algo parecido el profesor que esté presente en esas ocasiones.
No es solo un roce corporal. Es un roce corporal, y todo lo que este implica, y además un roce en algo mucho más profundo, algo que te toca un pedacito muy sensible de tu interior, y es entonces cuando manan ese sinfín de sentimientos que se dejan mecer por las notas de una obra, o una invención cualquiera, cuya función es, sencillamente, vocalizar, pronunciar esas emociones para que sean inteligibles para uno mismo, para el que toca, para el otro miembro de la pareja; son las palabras de amor.
Efectivamente, como en cualquier buen amor, ambos reciben. Uno acaricia, abraza, besa, hace sentir, y el otro es capaz de contarlo, e incluso de gritarlo a los cuatro vientos para que lo escuche quien alcance a hacerlo, de manera que también acaricia, abraza, besa y hace sentir algo que solo hace sentir la música.
Igual que hay veces que se hace el amor con música, la música se hace con amor.
No es ningún secreto. Si acaricias las teclas de un piano en vez de percutirlas como si fuera una mesa de escuela en una hora aburrida de matemáticas, el instrumento adquiere la extraña propiedad de sentir. Es como si llorara o riera, según lo que pretendan las notas, los acordes, las melodías. Pero lo increíble es que, de repente, dejan de ser solo notas escritas en un papel; pasan a ser sentimientos, recuerdos, emociones desbocadas o serenas que brotan sin miedo a ser descubiertas.
Hay veces que, al tocar, logras esa armonía tan perfecta con el instrumento, te fundes con él de una manera tan explícita y perfecta que realmente parecéis uno. La madera se convierte en la piel de alguien a quien amas, a quien le coges la cara entre las manos y le acaricias cada rasgo para conocerlo, para memorizarlo. Un abrazo tan único y recíproco que es difícilmente equiparable.
En ocasiones, esta extraña unión se produce al tocar en clase, y es como si alguien, en este caso quien la imparte, abriera una rendija en esa burbuja solo de dos y se metiera dentro como mero espectador. Similar a cuando eres observador del beso de una pareja, pero de esos besos que parecen más bien de uno solo, y te sientes algo incómodo por mirar, porque es algo extremadamente íntimo, aunque a la vez te invade una especie de euforia, provocada quizá por unos gramos de esperanza, al comprobar, y ser testigo, de un amor así. Creo que debe sentir algo parecido el profesor que esté presente en esas ocasiones.
No es solo un roce corporal. Es un roce corporal, y todo lo que este implica, y además un roce en algo mucho más profundo, algo que te toca un pedacito muy sensible de tu interior, y es entonces cuando manan ese sinfín de sentimientos que se dejan mecer por las notas de una obra, o una invención cualquiera, cuya función es, sencillamente, vocalizar, pronunciar esas emociones para que sean inteligibles para uno mismo, para el que toca, para el otro miembro de la pareja; son las palabras de amor.
Efectivamente, como en cualquier buen amor, ambos reciben. Uno acaricia, abraza, besa, hace sentir, y el otro es capaz de contarlo, e incluso de gritarlo a los cuatro vientos para que lo escuche quien alcance a hacerlo, de manera que también acaricia, abraza, besa y hace sentir algo que solo hace sentir la música.
Igual que hay veces que se hace el amor con música, la música se hace con amor.
4 ene 2013
Bach te hace la boca agua
Comer te produce una satisfacción indescriptible. Y más, claro está, si comes aquello que te gusta. Un postre delicioso, una ensalada fresquita en un día caluroso, una fruta mientras vas de monte o una taza de colacao cuando hace frío.
Estamos a mediados de Julio. Hace un calor sofocante pero es que encima hoy toca marcha. Nos ponemos la menor cantidad de ropa que podemos: un pantalón cortísimo y una camiseta de tirantes. Las botas son lo peor, te achicharran los pies. Empezamos a subir, chorreando, la cuesta arenosa, mientras el sol nos machaca la cabeza que, a pesar de gozar de la protección de la gorra, se nos va recalentando. Al fin hacemos un descansito. Nos sentamos al borde de un arroyuelo de por allí cerca y metemos los pies en el agua helada. Poco después nos llaman para darnos un pequeño tentempié. Un polo, nos dan un maravilloso e industrial polo de frutas. Está muy frío, lo sabemos por las caras de satisfacción de los compañeros. Vemos como la gente se lo va llevando a la boca mientras la cola se hace más corta. Cuando al fin nos lo dan nos sentimos en la gloria más absoluta.
Principios de Enero, no nieva pero poco le falta. Todo es quietud mientras bajo la cuesta con cuidado de no resbalarme con el hielo de las baldosas. Hace daño oler la noche de lo frío que está el aire. Me subo la bufanda hasta la nariz para respirar un poco más caliente. No siento las manos. Bueno, ni las manos ni los pies. Noto como se me cuela una rafagita de aire por la barriga, se me ha olvidado meterme la camiseta por dentro pero no pienso arriesgarme a sacar las manos de los bolsillos. Por fin llego a casa. Me recibe un delicioso calor de hogar. Con el abrigo puesto voy a la cocina y me caliento leche. Miel, canela, un chispirrín de nata y está listo. Me siento en una banqueta y mientras observo por la ventana el frío que deben estar pasando las farolas de mi calle me tomo mi taza de leche caliente con una felicidad extrema.
Reconozco que me gusta comer cosas ricas en el momento idóneo. Creo que es lo más gratificante que existe, culinariamente hablando. Me gusta casi tanto como tocar una obra. No una obra cualquiera, no, una obra de Bach.
Hace unos días me preguntaron que cuál era mi compositor favorito. Bueno, es una pregunta complicada, un solo compositor que sobresalga entre el resto... Bach, claro. "Y ¿por qué?" me preguntaron y yo le contesté: porque cuando toco Bach se me hace la boca agua.
9 dic 2012
El alma de los violines
Aristóteles tenía la teoría de que todo lo que tuviera alma podía considerarse ser vivo. Decía que el alma era la esencia de las cosas. Cuando morías, tu alma se escapaba y moría también, de modo que no era inmortal. Pero, ¿y si esto no fuera del todo cierto?
Según Gottfried Leibniz la música es el placer que experimenta la mente humana al contar sin darse cuenta de que está contando.
Esas mariposas que incomprensiblemente nacen en el estómago al escuchar una obra que te guste, tu canción de rock favorita o sencillamente los acordes de un violín, esas mariposas son la vida.
Por muchas cosas que pueda, esta es una de las que la ciencia no puede explicar.
Simplemente se siente, te hace llorar, reír, recordar. Vuelas al escuchar música, vives, eres el ser más vivo del mundo. ¿Por qué? bueno, no voy a saber explicarlo, pero lo que sí sé es que dentro del violín, un poco a la izquierda de su caja de resonancia, se dispone perpendicularmente una pequeña barra cilíndrica de madera. Este palito se encarga de darle el mejor sonido al instrumento. Con moverlo tan solo unas décimas de milímetro su sonido sería completamente distinto. Quizá cambiarían las sensaciones al escucharlo, quizá los acordes llamarían más a las lágrimas que a las risas o quizá no sentiríamos nada.
Con las almas de las personas pasa lo mismo, son las que hacen sentir, las que te provocan rechazo o afinidad hacia el resto de la gente.
A lo mejor si no te cae bien alguien es porque no te gusta la posición de su alma. Y lo más gracioso de todo es que el palito del que hablaba antes, colocado como si de un corazón se tratara, dentro de la caja de madera del violín, se llama alma. Y esta sí es inmortal.
Según Gottfried Leibniz la música es el placer que experimenta la mente humana al contar sin darse cuenta de que está contando.
Esas mariposas que incomprensiblemente nacen en el estómago al escuchar una obra que te guste, tu canción de rock favorita o sencillamente los acordes de un violín, esas mariposas son la vida.
Por muchas cosas que pueda, esta es una de las que la ciencia no puede explicar.
Simplemente se siente, te hace llorar, reír, recordar. Vuelas al escuchar música, vives, eres el ser más vivo del mundo. ¿Por qué? bueno, no voy a saber explicarlo, pero lo que sí sé es que dentro del violín, un poco a la izquierda de su caja de resonancia, se dispone perpendicularmente una pequeña barra cilíndrica de madera. Este palito se encarga de darle el mejor sonido al instrumento. Con moverlo tan solo unas décimas de milímetro su sonido sería completamente distinto. Quizá cambiarían las sensaciones al escucharlo, quizá los acordes llamarían más a las lágrimas que a las risas o quizá no sentiríamos nada.
Con las almas de las personas pasa lo mismo, son las que hacen sentir, las que te provocan rechazo o afinidad hacia el resto de la gente.
A lo mejor si no te cae bien alguien es porque no te gusta la posición de su alma. Y lo más gracioso de todo es que el palito del que hablaba antes, colocado como si de un corazón se tratara, dentro de la caja de madera del violín, se llama alma. Y esta sí es inmortal.
6 oct 2012
Por favor, un aplauso
Los niños van de botellón para hacerse los guays. Los viejos van de concierto.
En un autobús grande lleno de voces y risas dos amigos mantienen una interesante conversación sobre futuro y sociedad.
Se reparten las entradas y unos cuantos alumnos del conservatorio se dirigen al auditorio para ver uno de los muchos conciertos que se dan en Valladolid.
Radiantes y ávidos de música rebuscan un asiento, que, a pesar de no ser el suyo, arriesgándose a que les echen en cualquier momento, enfoca mejor el escenario.
Empieza el concierto. Una nocturna serenata de Mozart para empezar y un estupendo concierto de Mendelsson con una increíble violinista llenan la primera parte.
Durante el descanso se comentan las obras, más risas, algo para picar y otra vez dentro.
Una conocida sinfonía también de Mozart protagoniza la segunda parte del concierto. No está nada mal.
Empiezan los merecidos aplausos pero al minuto la gente empieza a levantarse. Los alumnos se miran unos a otros asombrados. Se merecen un aplauso, ¿por qué no se lo dan? Qué extraño, bueno, ellos sabrán...
La orquesta está dispuesta a regalarnos un bis. Bueno, todos esos maleducados se lo perderán. Los músicos se sientan, llega el director y echa un vistazo a la sala. Casi está vacía. Todo el mundo se aglomera en la puerta con ganas de salir.
El director, sin dejar de sonreír, vuelve a irse y la orquesta se levanta y le sigue. ¿Ya no hay bis?
Genial, nos lo hemos perdido todos.
Hay muchos niños que se van a beber solo para presumir de ello. Seguramente no les guste, y puede que hasta les siente mal el alcohol, pero claro, son tan mayores bebiendo, tan importantes, tan guays, que cómo van a privarse de hacerlo.
También hay muchos adultos que van a actividades culturales solo para presumir de ello. Seguramente no les guste, y puede que hasta ni sepan quién es Mozart, pero claro, son tan intelectuales, tan importantes y guays, que cómo se van a privar de ir.
A ver si se les quita a los mayores esa manía de criticar tanto y se miran un poco a ellos mismos.
En un autobús grande lleno de voces y risas dos amigos mantienen una interesante conversación sobre futuro y sociedad.
Se reparten las entradas y unos cuantos alumnos del conservatorio se dirigen al auditorio para ver uno de los muchos conciertos que se dan en Valladolid.
Radiantes y ávidos de música rebuscan un asiento, que, a pesar de no ser el suyo, arriesgándose a que les echen en cualquier momento, enfoca mejor el escenario.
Empieza el concierto. Una nocturna serenata de Mozart para empezar y un estupendo concierto de Mendelsson con una increíble violinista llenan la primera parte.
Durante el descanso se comentan las obras, más risas, algo para picar y otra vez dentro.
Una conocida sinfonía también de Mozart protagoniza la segunda parte del concierto. No está nada mal.
Empiezan los merecidos aplausos pero al minuto la gente empieza a levantarse. Los alumnos se miran unos a otros asombrados. Se merecen un aplauso, ¿por qué no se lo dan? Qué extraño, bueno, ellos sabrán...
La orquesta está dispuesta a regalarnos un bis. Bueno, todos esos maleducados se lo perderán. Los músicos se sientan, llega el director y echa un vistazo a la sala. Casi está vacía. Todo el mundo se aglomera en la puerta con ganas de salir.
El director, sin dejar de sonreír, vuelve a irse y la orquesta se levanta y le sigue. ¿Ya no hay bis?
Genial, nos lo hemos perdido todos.
Hay muchos niños que se van a beber solo para presumir de ello. Seguramente no les guste, y puede que hasta les siente mal el alcohol, pero claro, son tan mayores bebiendo, tan importantes, tan guays, que cómo van a privarse de hacerlo.
También hay muchos adultos que van a actividades culturales solo para presumir de ello. Seguramente no les guste, y puede que hasta ni sepan quién es Mozart, pero claro, son tan intelectuales, tan importantes y guays, que cómo se van a privar de ir.
A ver si se les quita a los mayores esa manía de criticar tanto y se miran un poco a ellos mismos.
21 jul 2012
M de Miengo
Bajé del coche con la duda de no saber si abrazarla o no, pero en cuanto la vi lo tuve claro. Allí estaba, con el pelo más corto pero con la misma sonrisa. No había sitio para las dudas.
Pensaba que no se acordarían, que un año es mucho tiempo, pero oí como gritaban mi nombre y como iban a abrazarme unos y otros.
Al final, llegué a una habitación y me alegré de ver dos camas más de las que permitía el espacio.
Ver otra vez esos ojos que hace un año que no ves te llena de emoción. No puedes ponerte a gritar pero te cuesta retenerlo. Piensas en la semana que queda por delante, en las risas que la van a llenar, en las notas que le van a dar la chispa de vida que nos une.
Todos sentimos algo parecido, se nota, se palpa. Estamos nerviosos y nos brillan los ojos.
La primera noche me cuesta dormir, pero nos acostamos pronto, serán días duros.
La música nos invade durante todo el día, desde el briblibribli del teléfono-despertador, hasta punchin punchin de la discoteca de la noche. Me da la sensación de que estamos rodeados de ella en cualquier momento. Tocamos nuestros instrumentos, sí, estudiamos cada día y damos clases, pero no se queda ahí. Continuan las risas, las voces, las canciones desafinadas en la habitación nada más levantarse y eso también es música.
Entramos en el colegio a estudiar. Pensar que tienes que estar metida en un aula toda la mañana parece que te va a dar pereza, pero no la sientes, yo no. Cuando dejas de tocar para pasar de hoja no te quedas en silencio, no estás sola, oyes pianos, chelos, clarinetes, violas, más violines... ¿se aprecia alguna guitarra? y... ¡¿estoy oyendo una flauta?! Entras en otro mundo, y el oído es el único guía.
Un rato después estás en la primera fila de una pequeña orquesta. Cómo duelen los primeros ensayos, pero trabajamos y poco a poco vamos forjando una pequeña pieza. El director no se está quieto, él también lo está viviendo al máximo. Se mueve de un lado a otro, salta, habla con onomatopeyas... parece que quiere hablar con música, para él sobran ya las palabras.
Las comidas también están llenas de música. Las copas son los instrumentos, preferidos de unos, odiados por otros, o también las botellas vacías, pero realmente con todo se puede hacer música.
Por la tarde volvemos a ese mundo que solo unos extraños seres llamados músicos comprenden y tocamos sin parar hasta la noche.
Pero ni siquiera de noche nos da tregua la música. De hecho la noche es lo mejor. Escuchamos atentos cada obra que caldea aquella iglesia fría y se nos inundan los ojos de todo tipo de emociones. Disfrutamos de cada sonido y casi podemos agarrarlos de lo cerca que los sentimos.
Los abrazos y los besos se repitieron con otro tipo de brillo en los ojos el último día. La añoranza nos iba quitando espacio en las pupilas y la alegría de los últimos días se resbalaba por nuestras mejillas.
Mientras miraba por la ventana despidiendome de todo aquello que me había hecho sentir tanto en tan poco tiempo solo podía pensar en una cosa: M de Música.
Pensaba que no se acordarían, que un año es mucho tiempo, pero oí como gritaban mi nombre y como iban a abrazarme unos y otros.
Al final, llegué a una habitación y me alegré de ver dos camas más de las que permitía el espacio.
Ver otra vez esos ojos que hace un año que no ves te llena de emoción. No puedes ponerte a gritar pero te cuesta retenerlo. Piensas en la semana que queda por delante, en las risas que la van a llenar, en las notas que le van a dar la chispa de vida que nos une.
Todos sentimos algo parecido, se nota, se palpa. Estamos nerviosos y nos brillan los ojos.
La primera noche me cuesta dormir, pero nos acostamos pronto, serán días duros.
La música nos invade durante todo el día, desde el briblibribli del teléfono-despertador, hasta punchin punchin de la discoteca de la noche. Me da la sensación de que estamos rodeados de ella en cualquier momento. Tocamos nuestros instrumentos, sí, estudiamos cada día y damos clases, pero no se queda ahí. Continuan las risas, las voces, las canciones desafinadas en la habitación nada más levantarse y eso también es música.
Entramos en el colegio a estudiar. Pensar que tienes que estar metida en un aula toda la mañana parece que te va a dar pereza, pero no la sientes, yo no. Cuando dejas de tocar para pasar de hoja no te quedas en silencio, no estás sola, oyes pianos, chelos, clarinetes, violas, más violines... ¿se aprecia alguna guitarra? y... ¡¿estoy oyendo una flauta?! Entras en otro mundo, y el oído es el único guía.
Un rato después estás en la primera fila de una pequeña orquesta. Cómo duelen los primeros ensayos, pero trabajamos y poco a poco vamos forjando una pequeña pieza. El director no se está quieto, él también lo está viviendo al máximo. Se mueve de un lado a otro, salta, habla con onomatopeyas... parece que quiere hablar con música, para él sobran ya las palabras.
Las comidas también están llenas de música. Las copas son los instrumentos, preferidos de unos, odiados por otros, o también las botellas vacías, pero realmente con todo se puede hacer música.
Por la tarde volvemos a ese mundo que solo unos extraños seres llamados músicos comprenden y tocamos sin parar hasta la noche.
Pero ni siquiera de noche nos da tregua la música. De hecho la noche es lo mejor. Escuchamos atentos cada obra que caldea aquella iglesia fría y se nos inundan los ojos de todo tipo de emociones. Disfrutamos de cada sonido y casi podemos agarrarlos de lo cerca que los sentimos.
Los abrazos y los besos se repitieron con otro tipo de brillo en los ojos el último día. La añoranza nos iba quitando espacio en las pupilas y la alegría de los últimos días se resbalaba por nuestras mejillas.
Mientras miraba por la ventana despidiendome de todo aquello que me había hecho sentir tanto en tan poco tiempo solo podía pensar en una cosa: M de Música.
18 may 2012
El microondas es mi bajo pedal
Todos tenemos ratos tontos, todos nos desesperamos y a todos se nos va la cabeza alguna vez. Algunos no utilizan para nada esa suave locura, otros se tumban y se duermen, dejan que pase. Yo compongo.
El bajo pedal es simplemente una nota (del bajo) que se mantiene a lo largo de varios compases mientras las voces superiores se mueven sobre ella, lo que produce diferentes efectos de tensión-reposo respecto de los acordes que se formen por encima de él.
Estoy en mi habitación, estudiando historia. Qué hambre. Son las seis menos cinco, hora perfecta para merendar un vaso de leche. Bajo a la cocina. Mientras bajo ya voy degustando el sabor de las galletas, el cacao calentito, o frío, dependiendo de la época del año...
Cojo una taza, azúcar, galletas, saco la leche, la echo en la taza, al microondas, le doy a la ruletita y la taza empieza a dar vueltas.
Hmmmmmm suena. ¿Puede ser fa? no, un tono más bajo. El anterior, el que calentaba rápido, antes de existir la obsolescencia programada, estaba en fa, lo comprobé. Hmmmmmm, sigue sonando. La la la lalala, suena en mi cabeza. ¿Por qué no? cantemos en voz alta. LA LA LAAA LALA LAAA... Oh, sí. Esto es gloria. Empiezo por cantar negras. ahora ya corcheas, ¡qué locura! Los vecinos tienen que flipar.
Sigo cantando, vaya ópera que me estoy montando. La leche se desborda, todo el microondas está hecho un asco, pero da igual, no me doy cuenta. Mi canción suena medieval, qué bonito, qué arcaico...
Suena el teléfono, qué oportuno, hará de triangulista enloquecido porque su solo se oiga. Madre mía, qué escena...
Al fin suena "ding", el microondas ha terminado de calentar mi leche derramada. Ni la saco de allí. La obra ha terminado. Subo arriba y cojo una hoja llena de pentagramas nuevecitos.
Todos tenemos ratos tontos, todos nos desesperamos y a todos se nos va la cabeza alguna vez. Algunos no utilizan para nada esa suave locura, otros se tumban y se duermen, dejan que pase. Yo compongo.
23 abr 2012
La banda sonora de las palabras
"A los tontos hará reír y a los listos hará pensar." (Miguel de Cervantes)
Todos nos hemos preguntado alguna vez qué queremos ser cuando seamos mayores, a qué queremos dedicarnos. Yo solía contestarme que me dedicaría a ayudar al mundo. Estaba hecha toda una soñadora, que no está mal del todo, pero supongo que son tiempos dificiles para nosotros.
Antes me costaba mucho saber la profesión que elegiría pero últimamente cada vez la tengo más clara. Me la inventaré. Me dedicaré ha componer música para mis palabras.
No sé si a ustedes les pasa pero a mí me suena música en la cabeza siempre que leo. Según me van contando cosas las palabras yo voy poniéndoles su banda sonora particular.
Quizá los libros deberían venderse con un disco al lado cuya música fuera su banda sonora. Al fin y al cabo un libro es como una película en la que las imágenes y la música las pones tú según vas leyendo, el problema es que a mucha gente le falta imaginación y prefiere ver las películas, donde todo se lo dan hecho, que disfrutar plenamente del libro.
A veces veo una frase en el libro que brilla, que me está llamando para que la lea a toda prisa y la memorice. Me da lástima que se quede ahí. Si a esa frase le pusiéramos música haríamos sentir la emoción de la misma mezclada con el sentimiento que te trasmitiría la propia frase.
A veces le pongo música a mis post porque creo que trasmite el doble.
La música y las letras están relacionadas, no cabe duda, y si no lo están es muy fácil que lo estén con solo intentarlo. Cuando en la comida mi padre me habla de algún poema que escribir siempre me pongo nerviosa y dejo de comer porque no aguanto estar mucho tiempo sin escribir una idea. Supongo que eso se llama motivación, y la música ayuda a que florezca.
Sin embargo, últimamente, como dice mi profesora de latín: nos falta motivación, estamos descafeinados. Fíjense en las crías de las tortugas marinas. Esas pequeñas criaturas tienen primero que salir del huevo, luego desenterrarse, correr hacia el agua con el peligro de todas las aves al acecho y una vez en el agua huír de sus depredadores sin ayuda de nadie. Eso sí que es motivación por vivir. Por eso, si logramos que con la música y las palabras y, en general, todo tipo de arte, que es lo que nos mueve al fin y al cabo, se formen emociones tendremos a personas motivadas para llevar a cabo un cambio, que es lo que hace falta.
Si logramos que la gente aprenda a sentir el mundo mejorará notablemente.
Todos nos hemos preguntado alguna vez qué queremos ser cuando seamos mayores, a qué queremos dedicarnos. Yo solía contestarme que me dedicaría a ayudar al mundo. Estaba hecha toda una soñadora, que no está mal del todo, pero supongo que son tiempos dificiles para nosotros.
Antes me costaba mucho saber la profesión que elegiría pero últimamente cada vez la tengo más clara. Me la inventaré. Me dedicaré ha componer música para mis palabras.
No sé si a ustedes les pasa pero a mí me suena música en la cabeza siempre que leo. Según me van contando cosas las palabras yo voy poniéndoles su banda sonora particular.
Quizá los libros deberían venderse con un disco al lado cuya música fuera su banda sonora. Al fin y al cabo un libro es como una película en la que las imágenes y la música las pones tú según vas leyendo, el problema es que a mucha gente le falta imaginación y prefiere ver las películas, donde todo se lo dan hecho, que disfrutar plenamente del libro.
A veces veo una frase en el libro que brilla, que me está llamando para que la lea a toda prisa y la memorice. Me da lástima que se quede ahí. Si a esa frase le pusiéramos música haríamos sentir la emoción de la misma mezclada con el sentimiento que te trasmitiría la propia frase.
A veces le pongo música a mis post porque creo que trasmite el doble.
La música y las letras están relacionadas, no cabe duda, y si no lo están es muy fácil que lo estén con solo intentarlo. Cuando en la comida mi padre me habla de algún poema que escribir siempre me pongo nerviosa y dejo de comer porque no aguanto estar mucho tiempo sin escribir una idea. Supongo que eso se llama motivación, y la música ayuda a que florezca.
Sin embargo, últimamente, como dice mi profesora de latín: nos falta motivación, estamos descafeinados. Fíjense en las crías de las tortugas marinas. Esas pequeñas criaturas tienen primero que salir del huevo, luego desenterrarse, correr hacia el agua con el peligro de todas las aves al acecho y una vez en el agua huír de sus depredadores sin ayuda de nadie. Eso sí que es motivación por vivir. Por eso, si logramos que con la música y las palabras y, en general, todo tipo de arte, que es lo que nos mueve al fin y al cabo, se formen emociones tendremos a personas motivadas para llevar a cabo un cambio, que es lo que hace falta.
Si logramos que la gente aprenda a sentir el mundo mejorará notablemente.
16 abr 2012
La música es un arma cargada de futuro
Qué frío hace hoy, parece mentira que estemos en abril. Tampoco el lugar está muy caldeado, pienso yo mientras saco el atril. Venga, el violín, la almohadilla, tensamos los arcos... realmente es como prepararse para la lucha. Desenfundamos las armas y al ataque. La victoria solo se consigue si logramos que brote la música dentro de nosotros.
Empezamos a tocar. Los dedos están fríos y se nota. No damos una, pero bueno, se sobrelleva el ensayo la primera media hora y empieza a sonar algo. Luego llegan los pasajes. Los malditos pasajes que gritan a los cuatro vientos lo mal que salen. Los violines a partir de cierta tesitura, nos arriesgamos a tener fama de gato atropellado si no cuidamos un poco nuestra técnica. Total que nos vemos obligados a reorganizar nuestro ejército y nos dividimos en dos partes. El flanco derecho se queda luchando contra los pasajes y el resto del ejército sigue enfrentandose a lo que queda de obra.
Poco a poco las notas se van limpiando y en el desolado campo de batalla empiezan a salir brotes de hierba. Todo hay que pulirlo pero se ha mejorado con creces.
En el flanco izquierdo las cosas tampoco van mal así que decidimos rearmarnos y tras una breve tregua continuamos la batalla.
El ensayo prosigue, vamos creciendo poco a poco, bailamos con nuestros instrumentos, vamos creando esa sensación tan gratificante dentro de nosotros. Menuda explosión en los compases de máxima intensidad de la obra, me da la sensación de que en cualquier momento la bomba de relojería que estamos conteniendo nos va a hacer volar a todos por los aires.
No están todas las notas afinadas y ni de refilón sale para concierto pero hemos logrado tocarla de arriba abajo.
Increíble.
Todavía resuena el último acorde en la habitación que nos envuelve con su olor a boli. Nos miramos entre nosotros. Se crea ese silencio de entre los aplausos y el final de la obra. Por supuesto no hay aplausos, pero nada más pasar ese espacio de tiempo empezamos a hablar como locos. Tenemos mil ideas que se nos vienen a la cabeza para ensayar o hacer un concierto aquí o allá. Al parecer estamos deseosos de que nos desalojen de todos lados con tal de que sepan que existimos. La adrenalina se palpa y la euforia se huele. Todos pensamos que todavía nos queda muchísimo trabajo, pero somos incapaces de controlar el placer que nos provoca tocar.
Igual que una droga nos engulle, nos obliga a seguir tocando aunque nos duela todo el cuerpo por culpa de las incomodísimas sillas verdes. Oímos nuestras voces mezcladas con las notas que tocamos despistadamente mientras elevamos el tono de voz. Esto sí que es disfrutar de la música.
Yo creo que hemos ganado la batalla.
Yo creo que la música también es un arma cargada de futuro.
Empezamos a tocar. Los dedos están fríos y se nota. No damos una, pero bueno, se sobrelleva el ensayo la primera media hora y empieza a sonar algo. Luego llegan los pasajes. Los malditos pasajes que gritan a los cuatro vientos lo mal que salen. Los violines a partir de cierta tesitura, nos arriesgamos a tener fama de gato atropellado si no cuidamos un poco nuestra técnica. Total que nos vemos obligados a reorganizar nuestro ejército y nos dividimos en dos partes. El flanco derecho se queda luchando contra los pasajes y el resto del ejército sigue enfrentandose a lo que queda de obra.
Poco a poco las notas se van limpiando y en el desolado campo de batalla empiezan a salir brotes de hierba. Todo hay que pulirlo pero se ha mejorado con creces.
En el flanco izquierdo las cosas tampoco van mal así que decidimos rearmarnos y tras una breve tregua continuamos la batalla.
El ensayo prosigue, vamos creciendo poco a poco, bailamos con nuestros instrumentos, vamos creando esa sensación tan gratificante dentro de nosotros. Menuda explosión en los compases de máxima intensidad de la obra, me da la sensación de que en cualquier momento la bomba de relojería que estamos conteniendo nos va a hacer volar a todos por los aires.
No están todas las notas afinadas y ni de refilón sale para concierto pero hemos logrado tocarla de arriba abajo.
Increíble.
Todavía resuena el último acorde en la habitación que nos envuelve con su olor a boli. Nos miramos entre nosotros. Se crea ese silencio de entre los aplausos y el final de la obra. Por supuesto no hay aplausos, pero nada más pasar ese espacio de tiempo empezamos a hablar como locos. Tenemos mil ideas que se nos vienen a la cabeza para ensayar o hacer un concierto aquí o allá. Al parecer estamos deseosos de que nos desalojen de todos lados con tal de que sepan que existimos. La adrenalina se palpa y la euforia se huele. Todos pensamos que todavía nos queda muchísimo trabajo, pero somos incapaces de controlar el placer que nos provoca tocar.
Igual que una droga nos engulle, nos obliga a seguir tocando aunque nos duela todo el cuerpo por culpa de las incomodísimas sillas verdes. Oímos nuestras voces mezcladas con las notas que tocamos despistadamente mientras elevamos el tono de voz. Esto sí que es disfrutar de la música.
Yo creo que hemos ganado la batalla.
Yo creo que la música también es un arma cargada de futuro.
16 mar 2012
Silencio, por favor.
Últimamente no se escuchan silencios. Yo creo que es porque no les damos demasiada importancia.
El otro día estábamos en clase de latín y se creó uno. Uno de esos silencios insólitos en una clase de bachillerato. Tan inusual fue que la profesora no pudo evitar sorprenderse grata y emotivamente y me sugirió que hiciera un poema sobre lo que podía inspirarme ese silencio.
Me puse a pensar sobre su significado, y me sorprendí descubriendo lo escasos que son. Me refiero a esos silencios en los que se perciben las repiraciones acompasadas y tranquilas, el aliento de los pensamientos que afloran en la estancia donde se cuela esa armonía muda.
Me da la sensación de que el silencio es como una mano amiga que te ayuda a pensar, que te ayuda a encontrar los recuerdos perdidos que los timbres superficiales no te permiten siquiera buscar. Ese apoyo que te aclara los razonamientos que la emotividad mundana no quiere alcanzar.
Parece que nos quitan esos silencios, que nos aturden con ruidos y músicas continuamente. No nos dan ni un respiro para pensar. Es excesivo.
El silencio es complementario de la música y no podemos permitir que la música se quede coja. Como tampoco podemos permitir que no nos dejen pensar.
Busquemos silencios, aclaremos nuestras mentes y pensemos, pensemos sin parar.
El gusto de escuchar lo que pensamos
Se extrañan los silencios hoy en día
y se extraña el sabor de su esperanza,
pues son los que engendraban la añoranza
de un futuro que nadie prometía.
El silencio la mente esclarecía,
descubriendo recuerdos que no alcanza
ni el timbre de la esquiva remembranza,
ni el fulgor del que brota la alegría.
Nos roban el silencio lentamente,
nos hacen olvidar que razonamos
y solo nos recuerdan el presente
sin mencionar siquiera dónde vamos.
Luchemos porque viva eternamente
el gusto de escuchar lo que pensamos.
y se extraña el sabor de su esperanza,
pues son los que engendraban la añoranza
de un futuro que nadie prometía.
El silencio la mente esclarecía,
descubriendo recuerdos que no alcanza
ni el timbre de la esquiva remembranza,
ni el fulgor del que brota la alegría.
Nos roban el silencio lentamente,
nos hacen olvidar que razonamos
y solo nos recuerdan el presente
sin mencionar siquiera dónde vamos.
Luchemos porque viva eternamente
el gusto de escuchar lo que pensamos.
10 mar 2012
Clase de magia
A mi la clase de armonía me recuerda a los libros de Harry Potter.
Es como aprender a hacer magia.
Me hace gracia cuando le preguntamos algo al profesor y nos responde diciéndonos que eso no nos lo va a explicar todavía porque es peligroso. Pero lo dice de una forma que cualquiera que le oyera diría que si lo haces te estás arriesgando a convertirte en sapo o a volar el conservatorio por los aires.
De igual manera, me encanta cuando nos enseña nuevas lecciones para ampliar nuestros ejercicios. Para que funcionen bien, dice. Y es como si nos dijera que si ponemos cosas que él aún no nos ha explicado el hechizo no va a salirnos bien.
Luego está la sensible, claro. La sensible es como el duende bipolar que tenemos en el hombro. Nos puede ser muy útil si sabemos como domarlo pero puede chafarnos el ejercicio si no lo utilizamos como debemos o sencillamente lo ignoramos. Esto último debe enfadarle bastante porque la pieza musical se queda como coja. Además, estoy convencida de que el duendecillo está ligado de alguna manera nuestro profesor, porque también se enfada un poquito cuando no lo ve por la partitura.
No me digáis que no es mágico eso de ser tres personas al componer. El que inventa, el que escribe y el que escucha, toma ya. Y resulta que el más importante es el último.
Va como por niveles. Inventar algo no es muy dificil, para escribirlo ya tienes que saber un poco de música pero para escucharlo, que en un principio debería ser lo facil, tienes que saber si suena o no medianamente bien, o si el tempo es el correcto, las frases...etc.
Yo creo que a veces deben de pelearse estas tres personalidades porque cuando estoy haciendo un ejercicio, el inventor está muy seguro de que lo que se le ocurre es muy bonito y el escritor lo escribe a toda prisa pero luego viene el otro, el señor que escucha y empieza a decir que no suena como el inventor quería que sonase y le echan la bronca al escritor que lo ha escrito que a su vez dice que todo es culpa de quien lo ha inventado. ¿Conclusión? Frustrante.
Estoy completamente segura de que la magia existe. Porque no me negareis lo que se siente a veces cuando al escuchar una melodía te sube una emoción por dentro que te humedece los ojos o un cosquilleo que te quiere hacer reir a carcajadas.
Si unas cuantas notas musicales, que es lo que viene siendo la música, son capaces de hacerte sentir así, tiene que haber algo de magia entre esas líneas llamadas pentagramas.
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