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6 ago 2016

¿Qué puedo hacer yo ante el dolor ajeno?

Hace unas semanas fui a la Semana Negra de Gijón. En el recinto ferial, en un reducido espacio al aire libre, se exponían fotografías que representaban el horror de las familias de refugiados sirios. A modo de comparación, al lado de cada imagen había otra en la que se podían ver  refugiados españoles tras la última guerra civil. Vi las imágenes aislada de mis padres y amigos, sin posibilidad de comentar lo que me pasaba por la cabeza y el corazón en ese momento. Me impactaron muchísimo, incluso se me saltó alguna lágrima. Supongo que es como cuando vas a un museo tú solo, que eres más capaz de ahondar en ti mismo con cada cuadro mejor que si vas con alguien con quien comentarlo. Es otra forma de verlo, no quiere decir que sea mejor ni peor.



A cuenta de lo que me despertaron esas fotografías empecé a hablar con unos y otros de lo que podía suponer exponer aquello y acabé con un libro entre mis manos que, una vez leído y releído, recomiendo con fervor. Es de Susan Sontag, ensayista y directora. Se titula Ante el dolor de los demás y nos hace reflexionar sobre si las fotografías con un alto grado de violencia y sufrimiento han pasado a tener un fin meramente comercial o si es verdad que despiertan conciencias.

Si podemos empezar a hablar de algo es de los museos, esa institución que enclaustra toda suerte de lo que se considera socialmente arte. Es allí, pues, donde han de ir destinadas muchas fotografías de guerra para su posterior exhibición y conservación. Me hace suponer que exponer toda esa materia nos sirve para consolidar una memoria colectiva, que se llama. Bueno, pero, ¿existe realmente la memoria colectiva? “La memoria es individual porque no puede reproducirse y muere con cada persona”, cita, textualmente, Sontag. “Lo que sí que existe es una instrucción colectiva, que te digan que “esto” es importante y que “esta” es la historia de lo ocurrido”.

En los museos se expone lo que se interesa que la gente recuerde, al menos de forma inmediata, que es una capacidad intrínseca de las imágenes. Vivimos en la sociedad del espectáculo, eso es sabido por todos. “Toda situación ha de ser convertida en espectáculo a fin de que sea real, es decir, interesante, para nosotros. Las personas mismas anhelan convertirse en imágenes: celebridades”. En esta sociedad visual, recordar es, cada vez más, no tanto recordar una historia sino ser capaz de evocar una imagen.  Y quizá por eso sigue habiendo museos, la gente quiere ser capaz de visitar, de refrescar sus recuerdos. Sin embargo, ¿qué clase de recuerdos quieren que recordemos?

¿Nos hemos preguntado alguna vez por qué no hay un Museo de la Historia de la Esclavitud en Estados Unidos? “Está el Museo Conmemorativo del Holocausto y el Museo y Monumento al Genocidio Armenio pero todos ellos están dedicados a lo que no sucedió en Estados Unidos. Contar con un museo que haga la colosal crónica del crimen de la esclavitud africana en Estados Unidos sería reconocer que el mal se encuentra aquí, los estadounidenses prefieren pensar que el mal está allá. (…) Es un recuerdo cuya activación y creación son demasiado peligrosas para la estabilidad social”. Al fin y al cabo “la paz es olvidar. Para la reconciliación es necesario que la memoria sea limitada y defectuosa”. Quizá por esa misma razón tampoco encontramos en España un Museo Nacional de la Guerra Civil.

Pero, ¿por qué miramos estas imágenes? ¿Se trata de una cuestión de memoria selectiva únicamente? ¿No es también morbosidad? ¿Cuál es el verdadero objeto de exponerlas? ¿Hacer quizá un negocio del sufrimiento ajeno? ¿Hacernos sentir mal? ¿Buscar culpables? Hay un gusto por ver esas imágenes, ya sea en un museo, en el informativo, o en una película del sadismo más íntegro. Lo buscamos aunque sabemos que es un deseo indigno, como escribiera Platón en su República. Hay imágenes que nos despiertan un interés lascivo, y yo me pregunto si no tendrá algo que ver con la mímesis y la catarsis de la tragedia griega. ¿No será que necesitamos esa identificación con el sufrimiento simultánea a la purificación ritual que se produce al ser testigo de algo que puede pasarnos a nosotros pero que, por el momento, contemplamos como meros espectadores?

“Persiste la impresión de que la apetencia por semejantes imágenes es vulgar o baja, que tiene un objetivo comercial. A veces así es, aunque menos a menudo de lo que cabe imaginar, pues el fotógrafo/a en las calles en medio de un bombardeo corre tantos riesgos de morir como los ciudadanos a los que va siguiendo”.
Es verdad, también se busca plasmar el sufrimiento de esas víctimas. Ellas mismas son a veces las primeras interesadas en que quede vigente pero, eso sí, que sea tenido por único. Explica la autora el caso de un fotógrafo que expuso en la misma sala fotografías de atrocidades ocurridas en Sarajevo junto con otras realizadas antes en Somalia. Los habitantes de Sarajevo se ofendieron muchísimo apelando que aquello era comparar dos infiernos que nada tenían que ver.  
A fin de cuentas había un matiz racista en su indignación. La guerra siempre es la guerra. “No podemos imaginar lo espantosa, lo aterradora que es y cómo se convierte en naturalidad. Es lo que cada soldado, cada periodista, cada cooperante y observador independiente que ha pasado tiempo bajo el fuego, y ha tenido la suerte de eludir la muerte que ha fulminado a otros a su lado, siente con terquedad, y tiene razón”.

“La gente puede retraerse no solo porque un dieta regular de imágenes violentas la ha vuelto indiferente sino porque tiene miedo. (…) Porque no parece que una guerra, cualquier guerra, vaya a poder evitarse la gente responde menos a los horrores. La compasión es una emoción inestable, necesita traducirse en acciones o se marchita. La pregunta es ¿qué hacer con las emociones que han despertado? ¿Con el saber que se nos ha comunicado? Si sentimos que no hay nada que “nosotros” podamos hacer (pero, ¿quién es ese “nosotros”?) y nada que “ellos” puedan hacer tampoco (pero, ¿quién es ese “ellos”?) entonces comenzamos a sentirnos aburridos, cínicos y apáticos, y la pasividad es la que embota los sentimientos.

                                        Dead Troops Talk (Jeff Wall, 1992)


El problema no es que la gente recuerde por medio de fotografías, sino que solo recuerde las fotografías. El recordatorio por este medio eclipsa otras formas de entendimiento y de memoria y ya hemos visto que la sociedad en que vivimos da extrema importancia a la imagen. “Las fotografías pavorosas no pierden inevitablemente su poder para conmocionar. Pero no son de mucha ayuda si la tarea es la comprensión. Las narraciones pueden hacernos comprender”. Se debería, quizá, sentir la obligación de lo que implica mirarlas en la capacidad efectiva de asimilar lo que nos muestran. Y entonces nos preguntamos ¿qué emociones serían deseables? Optar por la simpatía, por ejemplo, sería demasiado simple. “Siempre que sentimos simpatía sentimos que no somos cómplices de las causas del sufrimiento”, esto es ajeno a nosotros, podemos apagar la tele cuando queramos. Así, “nuestra simpatía proclama nuestra ineficacia.” Quizá la solución sería “apartar esa simpatía por los acosados por la guerra y la política asesina a cambio de una reflexión sobre cómo nuestros privilegios están ubicados en el mismo mapa que su sufrimiento y pueden estar vinculados de manera que, acaso preferimos no imaginar, del mismo modo como la riqueza de algunos quizás implique la indigencia de otros es una tarea para la cual las imágenes dolorosas y conmovedoras solo ofrecen el primer estímulo”.

Al fin y al cabo reflexionar, pensar, crear conciencia. ¿Qué podemos hacer? No lo sé, no tengo claro al cien por cien qué puedo hacer yo. De momento las imágenes me empujaron a hablar del tema con gente de mi círculo, a despertarme un interés, a leer un libro, a escribir sobre ello… Quizá a ir formándome un criterio propio, mío, y no impuesto, que quizá, sea la primera forma de luchar.

24 nov 2015

Whatsapp ha inventado un nuevo espacio-tiempo

"Han inventado un nuevo mundo para mantener entretenidos a los seres humanos". Cualquier película que fuera del palo de "1984", "V de vendetta" o "Un mundo feliz" podría empezar su trailer con una sentencia como la entrecomillada.

Hace algunos días charlaba con una amiga sobre el tema que tanto nos gusta tratar de los teléfonos y sus aplicaciones alienantes. De nuevo coincidíamos en lo útiles que son pero lo mal que se utilizan. Una vez le preguntaron a un psicólogo: si viniera un extraterrestre y le preguntara sobre el género humano, ¿qué le diría?, a lo que el psicólogo respondió, le diría que el género humano es aquel que teniendo en el bolsillo un dispositivo capaz de acceder a toda la información del mundo lo emplea para comunicarse con el que se sienta a su lado.

Un cuchillo sirve para cocinar, pero con él también puedes quitarle la vida a alguien.
A veces la metáfora se me asemeja a lo que ocurre con el whatsapp, pero de una manera más moderna y futurista. Tal y como acordaba con mi amiga, el whatsapp es capaz de crear un nuevo espacio-tiempo.

Vayamos por partes. El tiempo. Si nos paramos a pensar, el tiempo real y el tiempo de whatsapp distan bastante de seguir los mismos parámetros. Whatsapp crea una esfera de tiempo paralela, ralentiza nuestro tiempo, por lo que crea urgencias. Urgencias que, primero, no son urgentes pero que, segundo, las hacemos, precisamente, muy urgentes.
Si mientras estás tomando café con alguien esa persona permanece callada cinco escasos segundos, podemos considerarlo casi un silencio incómodo, una pausa demasiado larga en la conversación. Sin embargo, cinco segundos en una conversación por whatsapp apenas se perciben. De hecho si recibimos respuesta en este intervalo de tiempo consideramos que nuestro interlocutor es bastante rápido en sus contestaciones.
Con la urgencia de recibir esa respuesta somos capaces de alargar una conversación días, e incluso semanas. El tiempo de whatsapp se dilata y se dilata creando esa adicción cerebral, inherente a los seres humanos, de obtener respuestas.

En cuanto al espacio pasa algo similar. Crea nuevos espacios porque nos hace creer que todas las personas están en el teléfono. Algo que, si nos ponemos a pensar un poco, nos parecería del todo absurdo, pero que al final acabamos pensando inconscientemente. Tenemos a nuestra disposición a todo aquel que queramos, prácticamente con teclear unos botones. Y eso, a la larga, acaba convirtiéndonos en seres solitarios que creen no estar, en absoluto, solos.

Nos dan un tiempo y un espacio particular de cada uno, dándonos la capacidad de prescindir de aquel que nos pone en común a todos. Pequeños mundos en los que mantenernos entretenidos, creyéndonos juntos, pero solos, y filmando nuestra propia película.



26 oct 2015

Homenaje a las cosas cotidianas

Qué poco caso les hacemos a las cosas cotidianas. Y nos nos damos cuenta de lo importantes que son para nuestra vida diaria.

Prestémosle atención al desayuno, ese desesperado que nos recibe cada mañana sin más razón que la de ser devorado.
O qué me dicen de la almohada, aguantando pesadillas, sudores y lágrimas desde nuestra más tierna infancia; aunque bien es verdad que quizá es también el único testigo que tiene plena memoria de todos nuestros sueños.
El edredón, que, por cierto, es con lo que todos soñamos en invierno, es aquella cosa cotidiana que todas las noches te abraza, te arropa, te da calor, y que por las mañanas aguanta el hecho de que no hagas la cama, y te espera frío y desordenado hasta la noche.
Los calcetines. Una pareja trabajadora bajo condiciones no demasiado agradables. Hace tiempo que dejó de existir el Sindicato del Remiendo y cuando ya no sirven para el oficio se les jubila sin indemnización.
Por no citar las verdaderas condiciones inhumanas del papel higiénico o el cepillo de dientes. Están más que sabidas, cierto es, pero que sepan que me acuerdo.
El postre. Un elemento fundamental. Alguien que siempre tiene algo dulce que ofrecer para que no te vayas con mal sabor de boca.
O el lapicero, por ejemplo, que parecemos tenerlo en menos estima que su eclipsante compañero de trabajo, el boli. Sin embargo el lapicero sí nos permite errar y reparar, a pesar de que lo tajemos sin piedad con el sacapuntas enfebrecidos por un trazo más fino. Ahora, con la modernización, ha llegado el portaminas, más cómodo y práctico, y el lápiz ha pasado a ser un elemento prescindible en todo estuche, a pesar de ese olor a madera, tan único, que le caracterizaba.

Parece que hemos empezado a tener en cuenta los detalles más poéticos: los amaneceres, los atardeceres, el olor de la hierba mojada, la espuma del café, la lluvia en la cara, los remolinos de hojas en otoño... Pero de las cosas realmente cotidianas, y cosas en el más estricto sentido de la palabra, el tenedor, las bombillas, los imperdibles, los clips, los sobres de azúcar de las cafeterías... son cosas que si desaparecieran seguramente no sabríamos que lo habrían hecho, pero al mismo tiempo sentiríamos su ausencia.



7 oct 2015

El complicado asunto de ser dedicatorio


Regalar un libro no es ninguna broma. No se puede tomar a la ligera, ni como si se tratara de un obsequio igual a cualquier otro. Regalar un libro no es solo regalar una historia, regalar un libro es regalar una amplia gama de posibilidades. Posibilidades de pensar, de soñar, de desencadenar la toma de ciertas decisiones que quizá lleguen a ser de importancia...
Por eso es tan serio regalar un libro. Es como regalar un camino, un mapa, una puerta abierta hacia no se sabe dónde.

En mi caso hubo muchas puertas desde mi más tierna infancia. Mi tía tenía la costumbre de regalarme un libro casi cada vez que me veía. No le hacían falta razones de peso, como cumpleaños o fechas navideñas, cada vez que nos hacía una visita o mi madre iba a tomar un café a su casa y me llevaba con ella había un libro esperándome. Eran libros para niños, de esos que tienen muchos dibujos y pocas palabras, la mayoría no llegarían a 20 páginas, sin embargo a mí me hacía especial ilusión y así fui creando mi primera biblioteca y también mis primeras rutas.

Ahora bien, hay algo mucho más serio que regalar un libro y que es de casi vital importancia, algo que con su ausencia lograría casi la desnudez del mismo: la dedicatoria.

Si analizamos con exactitud lo que implica dedicar un libro comprobaremos fácilmente la relevancia del acto.
Para empezar, con la dedicatoria puedes ofrecer una ligera opinión personal del mapa que entregas, o del destino del mismo, lo cual influye en la perspectiva lectora del sujeto al que regalas.
Al dedicar un libro has de pensar algo conciso y breve, pero que a la vez esté lleno de significado sin descubrir toda la verdad que esconde el contenido del regalo. Para lograr esto es casi necesaria toda una estrategia.

A veces me recuerda un poco a cuando escribes un poema: algo breve, conciso y lleno de significado. En un poema no dices todo claro, porque dejas que el lector deduzca la propia esencia del mismo y se convierta en algo subjetivo. Eso es lo bello, dar solo media parte para dejar que la otra mitad sea siempre distinta.
Una dedicatoria no llega siquiera a media parte, pero ha de tener poder para arrancar al lector a emboscarse en el libro, a bebérselo y a desearlo. Y ahí está lo complicado del asunto.
Dar solo un trocito de ti dedicando algo que va a pasar a ser quizá una gran parte del otro.
No cabe duda, no es ninguna broma.



9 oct 2014

El entrañable señor de la cuesta

Algo bueno de no tener carné de conducir es poder contemplar el amanecer desde el autobús, el roce del aire fresco en la cara, que te despeja el sueño, pero no los sueños, mientras bajas la cuesta, o que el entrañable hombrecillo que todas las mañanas pasea a su perro viejito te salude con su voz matutina, ronca, pero siempre alegre a pesar de las tempranas horas.



Da igual qué le digas, le digas lo que le digas él siempre te va a contestar "Hasta luego, maja".
"Hola, buenos días" "Hasta luego, maja", "¿Qué tal? buenas tardes" "Hasta luego maja", "Adiós, adiós, que pierdo el bus..." "Hasta luego, maja". Analicemos el mensaje: "hasta luego", que no "adiós", lo que ya implica una despedida abierta y no una definitiva, sabe que volverás a pasar por allí y es consciente de ello. "Maja", que no "bonita" ni "guapa", no, el adjetivo está bien elegido para no comprometer a ninguno de los sujetos.
Bueno, al final seguro que no lo ha pensado tanto y en el fondo es un mensaje simple, sin mayor relevancia. Sin embargo lo importante es que saluda siempre y siempre se para cuando pasas y no saluda queriendo no perder el tiempo en ello.

En estos tiempos grises, cuando parece que el terror y el miedo en general, acuciado casi por el cercano halloween, ganan terreno, cuando solo se habla de cosas tristes y las noticias amargan, cuando solo comentamos cuán mal está el mundo, conviene fijarse en estas cosas:
En el bibliotecario que trapichea un poco, como si fuera algo ilegalísimo, y sin que no lo sepáis más que él y tú te renueve un buen libro que no has tenido aun tiempo de leer y se despida con un afable "¡Que lo disfrutes, preciosa!", o el camarero de la cafetería de la esquina que te dice cuando llegas: "Va a ser lo de siempre, ¿verdad? café y pincho de empanada", o el conserje que se hace el malo pero que bromea hasta darte una cabina a pesar de no tener el imprescindible permiso.
Conviene fijarse en las personas que hacen que se curven un poquito las comisuras entre tanta moda del ceño fruncido; la mamá que compra trufas y las esconde en la nevera, la amiga que te trae un bizcocho y mermelada casera a casa aunque solo se quede media hora o el amigo que prefiere dejarte su cómoda cama y dormir él en un sofá cochambroso.

Por favor, hay que ser amables, porque cuando la protagonista de este tiempo es la aterradora "niña de la curva" nos conviene fijarnos, aunque solo sea por salud, en el entrañable señor de la cuesta.

27 sept 2014

Egoísmo

"Es la debilidad del hombre lo que lo hace más sociable; son nuestras comunes miserias las que inclinan nuestros corazones a la humanidad; si no fuésemos hombres no le deberíamos nada. Todo apego es un signo de insuficiencia; si cada uno de nosotros no tuviese ninguna necesidad de los demás ni siquiera pensaría en unirse a ellos. Así, de nuestra misma deficiencia nace nuestra frágil dicha. Un ser verdaderamente feliz es un ser solitario: solo Dios goza de una felicidad absoluta; pero, ¿quién de nosotros tiene idea de cosa semejante? Si alguien imperfecto pudiera bastarse a sí mismo, ¿de qué gozaría según nosotros? Estaría solo, sería desdichado. Yo no concibo que quien no tiene necesidad de nada pueda amar algo; y yo no concibo que quien no ame nada pueda ser feliz".
(Jean-Jacques Rousseau, Emilio)



El egoísmo está considerado una cualidad mala para el hombre. Su estricto sentido de centrarse en uno mismo (ego: yo e -ísmo: practica de) en nuestra sociedad se considera nocivo y te educan para que te fundes en eso. Pero la teoría y la práctica a veces no se llevan del todo bien.
Por ejemplo, en la teoría un padre enseñará a su hijo que debe compartir con sus compañeros sus juguetes, pero luego, en la práctica, no dejará que coja su taza del desayuno porque "es la taza de papá".
Nos convierten en seres materiales, egocéntricos obnubilados obsesionados con un "yo, me mí, conmigo" que le viene muy bien al sistema imperante en el que estamos adheridos pegajosamente, como moscas en una enorme telaraña. "Cada uno con su taza y dios en la de todos", nos dicen subliminalmente; y así cada uno comprará su propia, exclusiva y personal taza de desayuno.

El mundo se llena de hipócritas que hablan de solidaridad y ensalzan el verbo compartir pero que luego no tienen más horizonte que su propia nariz. Nos volvemos mentirosos, y no solo con el resto del mundo, que evidentemente, sino especialmente con nosotros mismos, que es lo grave.
En realidad no somos egoístas, no somos egocéntricos, en realidad somos sistemistas, sistecéntricos, fieles no a nosotros mismos, como nos hacen creer, ni tampoco al resto como pretenden, falsamente, que aprendamos.
Solo somos siervos de un sistema, porque si realmente fuéramos egoístas, nos centráramos en la práctica de nosotros mismos, en nuestro "yo persona", no por ello dejaríamos de lado a los otros. Para ser persona hay que tratar al resto como a personas, ya que si no corres el riesgo de perder tu humanidad y todo lo que ello conlleva: una meta humana, que es tu naturaleza.

Pensemos pues la paradoja: Un sistema nos dice de no ser egoístas para convertirnos en sistemistas a su antojo pero si realmente te centras en cada ser humano como persona, es decir, tratas a los demás como iguales. lo haces por ti mismo, como un completo y auténtico egoísta.
Interesante.

20 sept 2014

¿Qué hacíamos cuando esperábamos?

18.55 de la tarde. Vaya, llego pronto, cinco minutos antes de lo previsto. Hay más gente esperando, van llegando. Qué vergüenza llegar los primeros... a ver, saquemos todos el móvil para no concentrarnos los unos en los otros. Imagínate qué liada si no tuviéramos pantallas en las que sumergirnos en estas situaciones incómodas, ¿qué haríamos cuando esperásemos? ¿mirarnos? ¿hablar? ¿pensar un poco?
¿Qué hacíamos cuando no teníamos teléfonos y nos tocaba esperar por haber llegado los primeros?





A lo largo de mi paseo hasta la plaza me fijé en grandes grupos de amigos, imagino que serían, sentados alrededor de una mesa hablando... bueno no, callados, cada uno mirando hacia abajo, con un aparatito que les iluminaba el rostro. Seguro que estarían quedando con alguien, o hablando de algo importante, no vamos a ser injustos, seguro que había una buena razón, pero es curiosa la paradoja: quedas con alguien para, se entiende, hablar de algo interesante, o de cosas que te importan y, cuando al fin tienes delante a esa persona, decides que corre más prisa quedar con otra para hablar de otras cosas importantes. Entramos así en un circulo vicioso absurdo y que se me antoja bastante incomprensible; quedar con alguien para, mientras estás con esa alguien, quedar con otro alguien, y cuando al fin estás con esa persona volver a quedar con la anterior para repetir lo mismo. Al final siempre se queda pero nunca se hablan esas cosas importantes.

Dos personas llegan al tiempo a la plaza. Ni siquiera se molestan en mirar alrededor. "Qué mal voy a quedar, por dios, como una boba mirando a ver si ha llegado o no mi cita... mejor que me busque ella". El joven es inglés y la chica española, ambos sumergidos en su móvil. Han quedado para un intercambio bilingüe, una conversación, han quedado para hablar, y solo me doy cuenta cuando, un cuarto de hora después de haber llegado, los dos a la vez, a la plaza, al chico se le ocurre, por una casualidad de la vida, levantar la mirada y percatarse de que justo en frente hay una chica que parece esperar a alguien. Vaya, quince minutos de interesante charla perdidos.

Me doy cuenta de que nos pone muy nerviosos esperar y que lo único que nos alivia de ese pesar y esa vergüenza de llegar unos minutos antes, es sumirnos en la luz divina y venerada de nuestros smartphones. ¿Podemos recordar lo que hacíamos cuando esperábamos? ¿Nos poníamos igual de nerviosos sabiendo que estábamos solos, porque aún no había llegado nuestra cita, pero a la vez estando rodeados de gente?

El ser humano tiene miedo de estar solo pero no sabe vivir en sociedad.
A lo mejor en vez de sumergirnos en pantallas podríamos hacerlo en libretas, e incluso quizá resultáramos más interesantes.


4 sept 2014

Ser un genio

    Hace unos días tuve el gusto de escuchar una clase de violín de Sergey Fatkulin en la que un amigo tocaba el rondó capriccioso de Saint Saëns. Entre otro buenos comentarios que hizo, el profesor nos hizo una pregunta: qué es ser virtuoso. Ambos contestamos parecido: velocidad de dedos, buena técnica, soltura, perfeccionamiento... Fatkulin se sorprendió notablemente con nuestras respuestas ya que para él, que se había pasado unos cuantos años perfeccionando su español, entendía que una persona virtuosa es aquella que posee una virtud, es decir, alguien que tiene algo especial que le caracteriza y hace único, y no se equivocaba. Un virtuoso es aquel que domina una técnica o arte extraordinariamente, y doy especial énfasis a la palabra "extraordinariamente".

    Ser un genio, a eso se reduce. Y parece que todos queremos ser genios, poseer una virtud, porque eso es lo que va a hacernos únicos y nos va a diferenciar del resto. Por otro lado la meta de todo hombre, su objetivo último, y esto es sabido desde el inicio de los tiempos y las primeras filosofías, es la felicidad; así, se entiende que si deseamos ser un genio es porque creemos que de esta forma seremos más felices.

    He visto tocar a niños de 13 años, de 11, obras que gente de 25, con máster, aún está perfeccionando. Son auténticos genios, sean felices o no, transmiten, son únicos, marcan la diferencia. Son el claro ejemplo de genio que buscábamos.
La pregunta que me hago, sin embargo no es la mil veces citada de si un genio puede ser feliz, sino si un genio es feliz por el mero hecho de ser genio. Creo que nos equivocamos al pensar que es la genialidad la que otorga la felicidad. La genialidad está, es innata, que se desarrolle o no ya es otra cosa. Parece que los genios viven en esa costumbre de ser genios y que quien no lo es pretende alcanzar su meta de ser feliz convirtiéndose, y mientras tanto vive en una infelicidad impuesta por su categoría de mediocre, sin embargo, ¿seríamos de verdad felices siendo genios? y los genios, ¿son felices? pero sobre todo, ¿son felices por ser genios?

Dejando de liar la madeja precipito mi conclusión: ni los genios tienen la obligación de ser felices, ni los que no lo son la de ser infelices. La genialidad va por un lado y la felicidad por otro.
Quizá convenga que haya mas felices que genios para que quizá entonces haya muchos genios felices.



14 jun 2014

Qué feliz es el dinero haciéndonos felices

La gente va a los centros comerciales a pasearse y yo sigo sin creérmelo. Ir a un edificio lleno de tiendas que está lejos de todo a pasearte, para no comprarte nada y sin necesidad de comprarte nada, solo por el hecho de pasear. Por dios, ¡mejor pasear por el campo por mucha alergia que tengas!



Ayer fui a un concierto didáctico sobre Bach, ¡sobre Bach! Sí, habéis leído bien. Pero había mucha menos gente que la que esta mañana he visto en el centro comercial.
Me preocupa que se vea más necesario llenarse el bolsillo que llenarse el espíritu, y es que es gracioso ver que cuando te preguntan si el dinero da la felicidad todos contestamos que no; contestamos que no pero no somos demasiado consecuentes. Si usamos un maldito centro comercial como lugar de recreo nos contradecimos completa y absolutamente en nuestra tan segura afirmación de que el dinero no nos hace felices. El concierto de ayer era completamente gratis, y, me permito decir, bastante más entretenido que una tienda de ropa, y aun así había asientos libres. Soy poco comprensiva, supongo, y me faltará empatía para comprender a quienes son felices mirando trapitos y son incapaces de serlo escuchando a Bach.
A lo mejor es lo que se nos inculca poquito a poco desde pequeños: "El dinero no da la felicidad, niños, pero os voy a comprar un juguetito cada vez que os comáis la verdura". E incluso más adelante: ¿Un billete de diez euros por cada examen de lengua que apruebes? Por favor, he sido testigo de situaciones tan surreales como estas y no puedo evitar asustarme. Me doy cuenta de que desde niños nos enseñan que estudiamos únicamente para, a posteriori, ganar dinero, pero siempre bajo la protección de la sentencia "el dinero no da la felicidad", que parece que nos despoja del sentimiento de culpa. Absurdo. Siempre nos han dicho que nuestro objetivo en la vida es ser felices, entonces el niño se preguntará: si estudiamos porque nos dan dinero y el dinero no da la felicidad, ¿para qué estudiamos? 
El placer de leer por leer, de estudiar una egagrópila por mera curiosidad o de escuchar y aprender la música de Bach sin ningún fin utilitarista se nos antoja banal y absurdo porque nos han dicho que es así. 

Nos hacen decir que el dinero no da la felicidad cuando en realidad deberíamos decidir por nosotros mismos qué es lo que nos hace felices sin necesidad de que nadie nos lo diga. Darnos cuenta de lo poco consecuentes que somos, pero darnos cuenta solos.

Cada vez hay más centros comerciales y menos conciertos, como cada vez hay más masa y menos personas.

25 may 2014

Rostros de bus

Al entrar me recibe un silencio sepulcral. Todos están sentados excepto una mujer que se apoya en su paraguas y un hombre que se recuesta pesadamente en la ventana. Como si algo muy trascendente acabara de pasar, todas las miradas se vuelven hacia mí. "Cuánto tedio", pienso, y me siento haciendo malabares con el violín y la mochila mientras el autobús hace la curva. El resto de los presentes se deleita mirando el insustancial espectáculo matutino.


Realmente hay mucho silencio. En frente tengo a un señor con bigote que agarra una bolsa entre sus piernas. Le observo; me hacen gracia los señores con bigote, cuando se ponen nerviosos son incapaces de no moverlo.
Una señora mayor con un abrigo rojo se queda mirando al vacío. ¿En qué estará pensando? Creo que en sus nietos y en que le duele un juanete, porque retuerce el pie de manera extraña, pero su cara tiene una expresión tierna.
En frente de ella está una mujer sentada con las piernas apretadas y medio de puntillas. En un empeño por parecer menos madura se ha puesto unos leguins apretadísimos y unas botas con cadenas. Tiene un abrigo de leopardo y en su dedo anular luce un anillo tan desmesuradamente grande que me hace plantearme cómo escribirá con aquello puesto. Se mira las uñas, debe estar pensando que el color que ha elegido es demasiado cálido para el frío que hace esa mañana.
Una adolescente con una raya de ojos muy negra y gruesa, y con el pelo por la cara, mira por la ventana empañada mientras escucha música con unos cascos enormes. No sé si está un poco triste o quiere adoptar una pose de indiferencia arisca y seria para ocultar lo que verdaderamente siente.
Un señor con incipiente calva cruza las piernas y sostiene, entrecruzando también sus manos, un paraguas verde oscuro bastante feo.Parece que quiere tener el menor contacto posible con el asiento del bus, ni siquiera apoya la espalda. Me pregunto qué impertinente razón le habrá llevado a coger el transporte público que, según demuestra la altivez de sus cejas, tanto infravalora.
Al fondo hay un par de chicas con mochilas de colegio, bueno, quizá ya de instituto, que están muy interesadas en la conversación que les ofrecen sus respectivos teléfonos. A veces se les ilumina la cara, pero creo que más que por la emoción que pueda tener la charla, es por el brillo de la pantalla.
Una señora se mordisquea el labio mientras temblequea su pierna izquierda insistentemente. Llega tarde, seguro.
A su lado hay una mujer con unas gafas de sol enormes. Se cree que no se le ven los ojos, que analizan, con una pizca de desprecio, todos los movimientos de su compañera de asiento. Solo se explica que lleve gafas de sol para pasar desapercibida en su afición por examinar tan sin reparo a la gente, porque en realidad está lloviendo. Me sorprenden sus labios tan perfectamente perfilados. ¿Cuánto habrá tardado? Solo hay dos posibilidades: O ha tardado mucho, o no ha tardado nada por hacerlo todos los días. De una forma u otra su cara sigue sin decirme nada.
De repente se me ocurre volver la cabeza y me encuentro otros ojos que me observan. Enseguida aparto la mirada y, en mitad de ese silencio, que nunca imaginé que pudiera tener tanto protagonismo en el transporte público, me pregunto si esa otra persona que me miraba estaría analizando, como yo, los rostros del bus.


4 may 2014

Nuestro canto de mirlo

Según supe, por fuentes fiables, hace bien poco, los mirlos no tienen un canto común, como pueden tenerlo los gorriones o los ruiseñores, que cantan todos del mismo modo, dentro de su tipo. Los mirlos no, cada mirlo, por separado, tiene un canto característico, propio solo de él mismo.

Qué curioso se me antoja que cada pequeño pajarito de estos de plumaje negro y pico anaranjado tenga su propia forma de hablar, su personalidad. Todos se entienden entre ellos, claro, no les queda otra para poder perpetuar la especie, pero soy incapaz de no relacionar los mirlos con las personas, si esto es así.

Cada persona también habla de una forma particular, de una manera personal y única, o al menos eso sería lo ideal, reflejando en sus palabras las distintas influencias, sentimientos y experiencias que ha tenido a lo largo de su vida, creando su propio canto de mirlo. Pero hay quién no lo tiene, quien quizá no se atreve realmente a darle forma, quien ahoga su canto, ya sea conscientemente o sin querer hacerlo. ¡Qué lástima dejarse llevar por los cantos estándares que pululan en fila, sin rumbo a cualquier parte!
Siempre hay que tener rumbo, aunque no se sepa a ciencia cierta dónde ir. Una vez una amiga me dijo que lo importante no es sólo saber dónde vas, sino saber dónde estás en cada momento.

No hay que dejarse llevar por otros cantos sino tener muy claro por qué canto, a quién le canto y cómo canto.



5 abr 2014

Conversación de ascensor

Ascensor. (Del lat. ascensor, -ōris). 
1. m. Aparato para trasladar personas de unos a otros pisos. 
2. m. montacargas.

Para empezar nunca está esperándote en el piso en el que estás para subir o bajar, pero cuando, por maravillosa casualidad, se encuentra en la misma planta que tú te da tan grata sorpresa que te ves tentada de darle a todos los pisos para que siga siendo solo tuyo durante el máximo tiempo posible.

Cuando se pone en marcha te da un pequeño mareo y un leve cosquilleo en el estómago que finaliza al llegar al destino con un suave suspiro tuyo, y a veces un pequeño timbre de triángulo por su parte, que te anima a lo que tengas que hacer al salir de él.
Yo creo que tarda más en bajar o subir a propósito, cuando hay un vecino suficientemente conocido como para saludar y mantener una interesante conversación sobre todo lo que está lloviendo pero no para hablar de nada más. Casi puedes oír como el ascensor se carcajea, tardando un minuto más de lo que suele para que el límite del silencio incómodo se haga perceptible.
Así como lo de contarle tu vida en treinta segundos, lo estresada que vas y lo tarde que llegas. Qué bien debe de pasárselo...
Es realmente sincero, de hecho a veces exagera... de hecho incluso se pasa cuando su espejo insiste a voces en reiterar las ojeras que tienes. Se oye por detrás la vocecilla de alguien "Es la luz...", pero no hay nada que hacer, tiene mucha capacidad de convicción; las ojeras son reales.

Buf, los espejos del ascensor... ¡cuántos disgustos y cuántos favores nos han hecho! ¿Qué hay de esa vez en la que ibas a un concierto tarde y recién salida de la ducha te habías puesto la camiseta al revés? Él fue quien te dio esos segundos para cambiarte rápidamente. ¿Y qué hay de aquella espinilla endemoniada? Él fue quien te la descubrió y te salvó la cita. Ahora bien, no hay que olvidar ese momento épico en el que, con quizá unos grados de más de alcohol en la sangre, subes a casa y empiezas a poner caras ridículas mientras piensas lo guapa que salías y lo fea que vuelves. Bueno, no nos engañemos, las caras ridículas las ponemos también sobrios.

También es verdad que la imagen que te dan de ti mismo, dejando a parte que muchas veces retoca, no solo tus horas de sueño, sino también tu tono de piel, se asemeja peligrosamente a un personaje de película de terror, solo hace falta bajar un poco la cabeza y descubrir en tu reflejo una verdadera mirada asesina.

A veces he pensado que quizá un ascensor es una especie sala de interrogatorios, y que al otro lado del espejo hay alguien que puede ver y oír todo lo que hacemos nada más entrar en el ascensor. Por eso, cuando monto en un ascensor sin espejo, será mucho más claustrofóbico y todo lo que quieran, pero respiro una tranquila intimidad.


Ascensor. (Del lat. ascensor, -ōris). 

1. m. Aparato para trasladar personas de unos a otros pisos. 
2. m. montacargas.

No nos engañemos, señores. Un ascensor es mucho más.







18 mar 2014

Los robles peregrinos

“La vida no se detiene. ¿De qué sirve correr las cortinas y empeñarse en gritar que es de noche?”
A veces tendemos a incubar un recuerdo agradable al calor de nuestro corazón y no queremos dejar de hacerlo por miedo a que se enfríe y muera, pero la mayoría de las veces esos recuerdos están tan bien arraigados que ni los vientos más fuertes son capaces de arrebatárnoslos. 
Ese miedo al abandono de un recuerdo es el mismo que nos hace llorar por la cosecha perdida en vez de sembrar una nueva, sin darnos cuenta de que, efectivamente, vale más. Y es el culpable, igualmente, de que nos olvidemos del temblor alegre que estalla en la cintura y te hace aflojar las rodillas y bailar el corazón, eso que, comúnmente, llamamos risa.
Lo que vengo a querer decir desde hace un rato es que el arraigo obsesivo al pasado, por hermoso que fuera, y sumándole toda la idealización que le brindamos nosotros mismos, nos priva de la belleza del momento que tenemos delante, y pone de manifiesto el peligro con el que se caracterizan todas las oportunidades: que pasan de largo.
No podemos caminar nuestra senda a ciegas o mirando hacia atrás, porque en un momento o en otro tropezaremos y nos abriremos la cabeza. Debemos ir con la filosofía de Telva, cogiendo las palabras difíciles sin miedo, como las brasas en los dedos, entrar como Adela allá donde vayamos, como un golpe de viento que abre todas las ventanas, y aceptar que siempre podemos encontrarnos con una peregrina de piel blanca en el camino que tenga el poder de cambiar nuestro destino.

Pero sobre todo debemos tener presente que las palabras y los recuerdos no se borran con un golpe de aire como pueden hacerlo las flores de cerezo, esos permanecerán ahí, dentro de nosotros, aunque sigamos caminando. Pero debemos caminar, y también debemos crecer como un roble, a quien, efectivamente, cuesta trabajo hincarle un hacha; pero todos los años da flores.


4 dic 2013

Los hijos de Bernarda

La falta de libertad podría considerarse como uno de los temas universales de la literatura. En la obra es Bernarda Alba quien la representa de la forma más fiel posible.

Yo creo que todos tenemos una Bernarda Alba en nuestro interior que nos oprime y nos encadena sin saber muy bien a qué y por qué. Está como escondida pero siempre presente, agarrándonos con sus lazos para privarnos de lo desconocido. En la obra en concreto parece surgir de la obsesión desmesurada por mantener el honor de la familia, pero solo es un aspecto concreto que quizá el autor utilizó para simbolizar de una manera más sencilla esta opresión.
Me atreveré a extrapolar el tema fuera de la obra. El miedo que sentimos en nuestra vida es el causante de nuestra parálisis, y esa parálisis es la misma que parecen sufrir las hijas de Bernarda. Sin embargo la absoluta falta de libertad que representa la madre de familia ofrece a las hermanas una cosa: comodidad. Y es que obedecer es lo más cómodo que hay, tan solo tienes que pensar, actuar, hablar y vivir como te dicen que lo hagas. Creo que es por esta razón por la que no todas las hermanas se oponen a la dictadura matriarcal de forma tan vehemente como lo hace Adela. Es, sencillamente, porque les resulta mucho más cómodo quedarse sentadas aunque esto les lleve al desconocimiento del mundo en el que viven.
¿Y entonces Adela? ¿Qué pasa con Adela? Bueno, yo creo que para hacerle frente a una fuerza tan poderosa como la falta de libertad es necesaria otra semejante, en este caso, el amor. Pero cabe decir que existen claras diferencias entre el amor de Angustias, la hermana mayor, por Pepe el Romano y el de Adela. El de la primera parece un amor impuesto por la madre y que conviene a Angustias no solo por comodidad sino por saber que casándose con él puede ser libre, que es lo que parecen anhelar todas sus hermanas. Sin embargo no lucha por esa libertad, no se enfrenta al bastón de Bernarda, sigue siendo una hija obediente de su propio miedo, de su propia comodidad. Adela, por el contrario, lucha hasta el final, y sin poder asumir que el amor pueda perder la batalla acaba por quitarse la vida.

Es muy cómodo ser hijos del miedo pero, en mi opinión compensa mucho más ser libre, aunque para ello tengas que ser valiente y levantarte, porque el mundo pertenece a quienes se atreven.

28 nov 2013

También hay que ser percusionistas

Si a mí me pareció ofensivo peor le parecería al percusionista al que identificaron con "aquel que tocaba los palos" en un artículo de prensa.

Según dicen los instrumentos melódicos, es decir, el violín, la flauta, el cello o el clarinete, representan los sentimientos, las emociones, y los instrumentos armónicos, piano, guitarra, tienen que ver con la inteligencia abstracta. Parecen elementales, no solo en cualquier conjunto, en el que son imprescindibles la armonía y la melodía, sino en nuestra vida cotidiana, en la que necesariamenter debería haber un poco de cabeza y un puñado de sentimientos. Sin embargo nos falta algo, el tercer vértice de un triángulo que descubre un equilibro perfecto: el ritmo.
Los instrumentos rítmicos se han relacionado estrechamente con la motricidad, la vitalidad. Se nota inmediatamente cuando en una obra hay timbales, un güiro o unas claves porque le da otro color, otro timbre completamente diferente, no mejor ni peor, pero sí más vivo; si habláramos en colores hablaríamos de un alto grado de saturación al incluir percusión a una pieza.
En nuestra vida necesitamos apoyarnos en estos tres pilares fundamentales de la música, adoptarlos como propios. Necesitamos tener las ideas claras y ordenadas, cierta inteligencia abstracta, para saber lo que queremos; necesitamos reconocer un escalofrío de emoción, valorar una lágrima y disfrutar de una risa, para saber lo que sentimos; pero también necesitamos cantar a voces en la calle y correr y correr bajo la lluvia, dar golpes con el lápiz en la mesa de clase, seguir el ritmo de la música de un bar haciendo medias sentadillas y bailar sin mucho control en cualquier sitio donde los decibelios se pasen un poco de pueblo. Necesitamos hacerlo para saber qué es cansarse, para saber que da gusto cansarse, para poner empeño en las cosas que queremos, para saber que podemos saltar en los charcos y saber que podemos caernos, pero sobre todo para saber que lo que de verdad merece la pena es levantarse y seguir saltando al ritmo de la vida.
Todos debemos llevar una flauta que nos cante qué sentimos, y sentirlo de veras, un piano, que nos descubra la relación perfecta entre dos acordes, pero lo que no puede faltarnos es un pequeño tambor que palpite como un corazón, que nunca se canse y que nos de el impulso rítmico para vivir la vida.


2 oct 2013

Nos hacen falta Quijotes

Hubo una generación en el 98 integrada por una serie de poetas que, descontentos con la situación que sufría la España de la época, adoptaron diferentes maneras de hacerle frente: subversión, evasión e inmersión.
La subversión, la lucha, estar completamente en contra del sistema y de las prácticas que este utiliza para no derrumbarse, fue adoptada por ciertos autores, que tiznaron sus escritos de críticas y sátiras, mostrando su descontento y su oposición, lo que a muchos les costó la vida o el exilio.
Otros decidieron evadirse, lo que no dejaba de ser otra forma de lucha; un espacio donde solo tiene presencia lo que vale dinero merece la pena ser abandonado. De este modo viajaron con sus obras a otros mundos pintados de azul y de exotismo, mundos donde no había cabida para el materialismo y la hipocresía.
Los que adoptaron la inmersión se integraron en sí mismos haciendo un viaje, esta vez interior, hacia su persona. El viaje hacia el infierno que debemos hacer todos, al menos una vez en la vida, para llegar a conocernos.
Cada poeta tenía su forma de rebeldía, ya fuera luchando, evadiéndose o encontrándose a sí mismo, pero todos tenían en común un modelo a seguir: Don Quijote.
Era este un personaje que tanto luchaba contra aquello que le parecía injusto como se evadía, a su vez, creyendo ser un personaje histórico y famoso que debía ser conocido por todos. Quizá esta evasión era una estrategia defensiva contra aquellos que disfrutaban apaleándole con rabia y crueldad antes sus evidentes signos de locura, a pesar de todo, bondadosa.
La sensibilidad de dicho personaje era notable; así como a un burgués lo único que se le ocurre decir tras darle una bofetada a su hijo es "los hombres nunca lloran", nuestro Quijote era capaz de sentir a pesar de ir perdiendo la cordura.
Sin embargo, estar cuerdo o loco en nuestra sociedad tiene muchos matices. Habrá quien prefiera estar cuerdo y poder pisar a quien parece hacer locuras, como nuestro Alonso, a quien las gentes vulgares maltrataban. Pero otros quizá quieran convertirse en Quijotes, estar un poco locos y, quizá, de esta forma, hacer memoria.



19 sept 2013

Los atracones de coco no son buenos

El chocolate que cada uno lo tome como quiera, pero las cosas tienen que estar claras.
Hay una nueva tendencia social que parece entusiasmar al personal y es aquello de no decir las cosas claramente. Bueno, no es tan nueva, siempre ha habido cierta atracción hacia eso de hacer comerse la cabeza a otros, para lo mal que nos sienta que nos la hagan comer...
Lo malo es que en el fondo, e inevitablemente, a nosotros nos encanta comernos el coco. Es algo inexplicable que, ante una situación de incertidumbre, a pesar de rabiarnos hasta la médula al saber que hay cabos que se nos escapan del nudo requerido, nos enganchamos a las cuerdas desatadas y nos vamos enredando en ellas mientras comemos, con avidez, nuestro coco, tratando de entender ese algo que nos resulta tan confuso.
Pero, dejando poetizaciones aparte, se me antoja bastante contraproducente el que nos guste nuestro propio coco, gastronómicamente hablando me refiero. Está muy bien saborearse de vez en cuando la mente, pero no darse atracones cada vez que algo escapa a nuestro entendimiento.
Hay especialistas en cocos, y los hay de varios tipos: están los psicólogos, encarnados en la persona de un buen amigo que te pone las cartas sobre la mesa, y por otro lado están los fruteros, quienes más bien se encarnan en tipos inseguros que adoran dar mil vueltas a las cosas y luego te dan un melocotón demasiado poco maduro. Es este último tipo el que saca de quicio, ¡maldita su manía de no hablar claro! Si hay un receptor y un emisor yo exijo, por mi parte, un mensaje conciso, y si no que no vengan a darme la tabarra. Me gusta mi coco, pero no tanto como para acabar con él a dentelladas.
El problema que veo es que esa tendencia de no decir las cosas claras tiene que ver con no tenerlas uno mismo. De modo que llegamos a la conclusión de que tanto psicólogos como fruteros, y quizá especialmente los segundos, tienen un vicio enorme por su coco.

El coco es una fruta adictiva, y sobre todo si nos referimos a la mente; puede estar bien comerse un poquito la cabeza de vez en cuando, pero no tenerlo por costumbre. Así que a ver si hacemos el favor de no empacharnos, y sobre todo, de decir las cosas claras.



17 sept 2013

Burbujas

"...Era éste el que había atraído mi atención desde el principio, sin duda por su estatura primero, y luego también por su manera de moverse. Un tipo de movimiento muy curioso, muy fluido, pero sobre todo muy concentrado, quiero decir muy concentrado en sí mismo. La mayoría de la gente cuando se mueve lo hace en función de lo que tiene alrededor. Justo en este momento, mientras escribo, Constantine pasa por delante de mí arrastrando la tripa sobre el suelo. Esta gata no tiene ningún proyecto en la vida y sin embargo se dirige hacia algo, probablemente un sillón. Y eso se ve en su manera de moverse: va hacia algo, y recalco el "hacia". Mamá acaba de pasar en dirección a la puerta principal, se va a hacer la compra y de hecho, ya está fuera, su movimiento se anticipa a sí mismo. No sé muy bien cómo explicarlo, pero cuando te desplazas, de alguna manera ese movimiento hacia algo te desestructura: estás ahí y a la vez ya no estás porque ya estás yendo a otra parte, no sé si me explico. Para dejar de desestructurarse habría que dejar de moverse por completo. O te mueves y ya no estás entero, o estás entero y ya no te puedes mover. Pero ese jugador en cambio, en cuanto salió al terreno de juego, sentí, con respecto a él, una cosa distinta. La impresión de verlo moverse, sí, pero a la vez seguía ahí. Absurdo, ¿verdad? [...] Lo que hace la fuerza del soldado no es la energía que emplea en intimidar a su adversario, sino la fuerza que es capaz de concentrar en sí mismo, centrándose solo en sí".

                                                                                                                         (La elegancia del erizo)



¿Cuántas veces nos han dicho lo metidos que parecemos estar en nuestras propias burbujas? Y ahora la idea no se me antoja tan terrible, teniendo en cuenta la sociedad de la que nos rodeamos. Bien es verdad que no podemos huir de nuestro alrededor y que sería de absolutos insensatos abstraerse en una burbuja sin ver ni escuchar nada más que a nosotros mismos, pero antes de enfrentarse a la temible realidad, nos conviene tener un pequeño refugio, un lugar donde podamos mirarnos, conocernos, saber qué debemos hacer y decidirlo despacio, sin prisa. Necesitamos una pequeña burbuja para, precisamente, mirar a la realidad de frente.
Me da la sensación de que todo se evapora en apariencias de gente muy segura que a la mínima se desmorona como un castillo de arena. Si quieres ser valiente tienes que tener claro por qué quieres serlo; y lo que me parece que escasea es el autoconocimiento, lo cual nos lleva a una completa falta de motivación. Saber qué nos gusta, qué queremos y cómo queremos ser en la vida.
Me encuentro a jóvenes deprimidos, sumidos en wifis y fiestas nocturnas que les han prometido relaciones y diversión y han terminado siendo un fraude. Esas pobres criaturas han sido privadas de una burbuja autóctona, y les han encerrado en una prefabricada.
Quizá sea ese el problema y quizá a eso se refieran los sabios cuando nos acusan de estar metidos de continuo en burbujas.
Las burbujas no son malas del todo, pero debes fabricarlas tú mismo.

1 sept 2013

Se trata de saltar sin exaltarse

Debemos tener bien claro qué es saltar y qué exaltarse, porque entre lo uno y lo otro hay una diferencia de un paro cardíaco.

Supongamos una hipotética y poco frecuente situación: supongamos que alguien hace algo, y no especifico si es a nosotros directamente, que nos resulte molesto o nos parezca injusto, aquí sí dejo bien claro la referencia al nosotros. Sabemos que no nos gusta lo que la otra persona ha hecho, ya sea a conciencia, lo que sería bastante feo, o sin mala fe, la cuestión es que tenemos claro que no estamos de acuerdo.
Llegados a este punto distinguimos varios tipos de sujeto, usualmente dos: por un lado el, no voy a llamarlo perezoso, sujeto que decide oír, ver y callar; tiene conciencia de la situación y de lo que a él le parece pero prefiere mantenerse al margen, sin intervenir, quizá por miedo, quizá por vagancia, o simplemente por el hecho de no discutir, ya que esto implica un esfuerzo (¿esfuerzo? ¿qué es eso?), en resumen, también por vagancia.
El otro sujeto suele ser el extremo opuesto, el que, además de ser plenamente consciente de la situación y de lo que piensa al respecto, lo grita a los cuatro vientos sin dejar escuchar, ni siquiera a él mismo, otros puntos de vista. Digamos que, presa de la rabia y la frustración, originadas por esa injusta o molesta hipotética situación, se ve invadido por una exaltación incontrolable que, a ojos del resto, le hace parecer un demente, y esto último resulta completamente improductivo.
Yo creo que lo que debemos hacer es saltar, no exaltarnos. Lo único que conseguimos con una exaltación descontrolada es que absolutamente nadie nos preste atención, por mucha razón que tengamos. Es una cuestión de formalidad. La forma de decir las cosas resulta, la mayor parte de las veces, más importante que la cosa en sí. Puede parecer trágico, ya que denotamos con ello que la sociedad está dispuesta a prestar más atención al envoltorio que al paquete propiamente dicho; pero la gente es asustadiza y orgullosa y no acepta cuatro gritos por muy impregnados que estén de la más pura razón; como cuando riñes a un niño, que a veces lo único que consigues es hacerle llorar.
Sin embargo el primer sujeto me parece excesivamente pasivo, por lo que creo conveniente la aparición en escena de un tercer sujeto, un sujeto que se encuentre en el término medio entre los dos anteriormente citados.
Creo que no se trata de huir de la discusión, por el motivo que sea, y tampoco creo que se trate de imponer una única razón sobre el resto. Se trata, en mi modesta opinión, de hacer saber el desacuerdo no con ánimo de convencer, sino con ánimo de informar. Se trata de saltar, saltar siempre, pero sin exaltarse.


22 ago 2013

¿Dónde se han escondido los poetas?

¿Dónde están los que tiemblan al escuchar una rima?
¿Dónde están aquellos que saborean las palabras como si fueran almendras garrapiñadas, poquito a poco, mientras se hacen agua en la boca?
¿Dónde están aquellos a los que un verso sí les cambia el poema?
Los poetas se esconden, ¿por qué se esconden los poetas?
Se esconden porque el mundo ya no tiembla, porque ya no se estremece si no es de frío, y el mundo debería temblar de amor. De amor, de tristeza, de alegría, de miedo, de algo. Necesitamos sentir y tenemos miedo de hacerlo. Los poetas tiemblan porque sienten y a la par se sienten solos y se esconden. Algunos se esconden y leen versos, otros escriben algún relato, otros piensan mirando al mar mientras cierran los ojos en la habitación de su piso.
Qué difícil es descubrir a un poeta, allí, sentado en un banco, con un aura diferente, poco distinguible a los ojos de un mundo que no tiembla. Lo curioso es que si alguna vez quieren mostrarse lo hacen a la luz del día, plenamente, o en su defecto de noche, a plena luna. Nunca lo hacen a la luz de una pantalla porque son demasiado costumbristas, en todo caso con algo de papel
¿Dónde estarán los poetas?
En el metro, contemplando las vidas de la gente que se plasman en los rostros aparentemente tediosos, inventando su historia en la cabeza; callados, en una parada de autobús, sintiendo como el viento remueve el pelo desde la raíz a la punta y dejándolo volar; sentados a tu lado, en un pupitre de clase, subrayando en el libro de texto una frase curiosa; paseando por la calle, quizá con algo de prisa por llegar a la biblioteca una mañana que le apetece leer a Benedetti, escuchando una canción de Yann Tiersen mientras las yemas de los dedos tamborilean en los vaqueros queriendo tocar las notas que suenan.


Los poetas se esconden con nosotros, que también nos acabamos escondiendo porque tenemos miedo de sentir. Y es que no es poeta aquel que sabe de memoria una estrofa, ni tampoco quien escribe cuatro versos. Un poeta puede no llegar a escribir nunca nada, pero lo que siempre hará un poeta es sentir.