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10 ene 2016

Música y amor: una conquista utópica

Hoy fui a un concierto. El ambiente podría definirse como casi elitista; todas las mujeres llevaban chal y medias, los hombres, traje. No había jóvenes, apenas yo y otros tres amigos, el resto superaba con mucho los 25.
A pesar de todo aquella gente iba a disfrutar de la música, sin juzgar, sin tribunales, sin comparaciones, sin señalar quién era mejor que otro. O quizá fue solo mi impresión.

Cuando el compañero hizo sonar su cello no solo hizo sonar su cello. Las notas empezaron a volar por el cuarto, envolviéndonos a todos en un remolino de impresiones acústicas. Pero no, no solo hizo sonar su cello. Era mucho más, era sentir por los oídos un abrazo, sentir un vínculo que prácticamente era también visual. Verlos a ellos dos como uno solo, ver cómo lo abrazaba, volando por el mástil, acariciando las cuerdas con el arco. Ambos se escuchaban, manteniendo un diálogo interno que brotaba en cada vibración de la madera. Un diálogo que solo nos mostraba una mínima parte, compartiendo los sonidos, pero escondiéndonos algo mucho más profundo. Esa leve percepción de erotismo que nos mostraban, eso era la música; o al menos una pequeña parte de ella. En ese abrazo se entendía el disfrute, pero también el esfuerzo y la dedicación de uno y otro por llegar a conquistarse.

¿Qué es eso que nos invade por dentro, lo que nos hace cosquillas en el estómago y nos llega al corazón? ¿Qué es lo que dejamos ver como un cachito de copa pero que en el fondo tiene tan fuertes las raíces? Eso es la música. Y el amor.
Un concierto pocas veces es perfecto, por no convertirlo en un nunca, porque la perfección es algo subjetivo, algo utópico, inalcanzable, pero que, como decía Galeano, nos hace caminar. A veces pienso que cuando hacemos música es como hacer el amor. Pero en el estricto sentido de hacer el amor. Es decir, hacer el amor sonido. Hacer de algo abstracto algo casi tangible o, aunque sea, una parte perceptible por los sentidos. Vamos aprendiendo a hacer música como vamos aprendiendo a amar. Con esfuerzo, con algunas lágrimas, con muchas horas de dedicación, pero sobre todo, con ganas. Con ganas de sentir y de volar, de probar la libertad en el más puro significado de la misma. Eso es la música y también es el amor.

A quienes pregunten por qué estudiamos música, por muchas cosas, pero también para aprender a amar.






26 oct 2015

Homenaje a las cosas cotidianas

Qué poco caso les hacemos a las cosas cotidianas. Y nos nos damos cuenta de lo importantes que son para nuestra vida diaria.

Prestémosle atención al desayuno, ese desesperado que nos recibe cada mañana sin más razón que la de ser devorado.
O qué me dicen de la almohada, aguantando pesadillas, sudores y lágrimas desde nuestra más tierna infancia; aunque bien es verdad que quizá es también el único testigo que tiene plena memoria de todos nuestros sueños.
El edredón, que, por cierto, es con lo que todos soñamos en invierno, es aquella cosa cotidiana que todas las noches te abraza, te arropa, te da calor, y que por las mañanas aguanta el hecho de que no hagas la cama, y te espera frío y desordenado hasta la noche.
Los calcetines. Una pareja trabajadora bajo condiciones no demasiado agradables. Hace tiempo que dejó de existir el Sindicato del Remiendo y cuando ya no sirven para el oficio se les jubila sin indemnización.
Por no citar las verdaderas condiciones inhumanas del papel higiénico o el cepillo de dientes. Están más que sabidas, cierto es, pero que sepan que me acuerdo.
El postre. Un elemento fundamental. Alguien que siempre tiene algo dulce que ofrecer para que no te vayas con mal sabor de boca.
O el lapicero, por ejemplo, que parecemos tenerlo en menos estima que su eclipsante compañero de trabajo, el boli. Sin embargo el lapicero sí nos permite errar y reparar, a pesar de que lo tajemos sin piedad con el sacapuntas enfebrecidos por un trazo más fino. Ahora, con la modernización, ha llegado el portaminas, más cómodo y práctico, y el lápiz ha pasado a ser un elemento prescindible en todo estuche, a pesar de ese olor a madera, tan único, que le caracterizaba.

Parece que hemos empezado a tener en cuenta los detalles más poéticos: los amaneceres, los atardeceres, el olor de la hierba mojada, la espuma del café, la lluvia en la cara, los remolinos de hojas en otoño... Pero de las cosas realmente cotidianas, y cosas en el más estricto sentido de la palabra, el tenedor, las bombillas, los imperdibles, los clips, los sobres de azúcar de las cafeterías... son cosas que si desaparecieran seguramente no sabríamos que lo habrían hecho, pero al mismo tiempo sentiríamos su ausencia.



4 oct 2015

Acuarella Dall' Abaco

A veces pienso que existimos porque somos luz, música y agua, que sin estas tres cosas no seríamos perceptibles en el mundo. 
Cada día nos dedicamos a pintar poquito a poco nuestra vida, con pinceladas más o menos largas, con más o menos intensidad de color y en superficies diferentes. Cada trazo nos va definiendo, como cada paso que damos hacia no se sabe dónde. Lo bello es hacer el cuadro, el proceso del mismo, con sus manchones y sus irrepetibles líneas.

Últimamente, al hablar de música y de componerla, me hablan de colores. De crear colores, de imaginarlos, de conseguir con ellos sonidos diferentes, armonías, melodías.
A veces me pasa que veo antes los colores que la música. La mayoría de las veces, de hecho. Casi siempre que me pongo a componer lo hago a través de una imagen; de repente la veo en mi cabeza y a partir de ella aparece la música. Es interesante porque muchas veces pienso que es como componer la banda sonora de un fotograma.

Sin embargo, hace unos días apareció la que debe de ser la excepción que confirma la regla. Bien es verdad que la música no es mía, sino de J.Mª F. Cl. Dall' Abaco, pero a través del Capricho 1 para cello solo apareció la imagen, y no al revés. Así que se me ocurrió pintar como mejor pude el "fonograma" que me inspiró la música de Dall' Abaco.

A veces pienso que existimos porque somos luz, música y agua, y que precisamente en cada trazo que hacemos, en cada paso que damos, se va reflejando nuestra luz, quizá alguna marca de agua y, por supuesto, nuestra música. 

6 dic 2014

El gran amor

Teniendo en cuenta que no tenía en mi cuerpo ninguna sustancia extraña ni droga de ningún tipo me atrevo a contar y a hacer pública la extraña experiencia que me aconteció hace algunos días durante el acalorado estudio en la cabina, anterior a un examen de violín. Para los que lo entiendan, pero también para los que no.

No tenía sensación de nervios sino de excitación, nervios bueno, vamos a llamarlos. Hay una gran diferencia, mi estómago se retorcía un poco, mariposillas y esas extrañas metáforas que se dicen, pero no estaba agobiada sino contenta, con ganas de salir a demostrar lo que había trabajado. Las ganas es lo que marcan la diferencia.
Empecé con los pasajes más difíciles para calentar los dedos y luego toqué de arriba a abajo la obra para rodarla. Y de repente llegué a un punto en el que parecía que me había teletransportado a otra dimensión, como en aquel episodio matrix de los Simpsons.
Empecé a sentir como el propio sonido del violín se iba adhiriendo a mi cuello, a mi clavícula, a mi hombro, como pequeños brazos de armónicos que rebotaban en mi cuerpo contagiándolo de sonido. No era una sensación desagradable ni pegajosa sino de lo más placentera.
Seguí tocando y las vibraciones del violín empezaron a vibrar de la misma forma, a la misma velocidad, que las mías propias. Ya no me parecía un instrumento de madera sino un auténtico ser vivo; y ni siquiera un ser vivo que yo sostenía con mi abrazo sino que éramos un ser vivo, como un apéndice imprescindible de mí, un solo cuerpo que vibraba a tempo.
La misma sensación que cuando haces el amor con alguien, los cuerpos vibran de la misma manera, con la misma excitación, al compás, fundiéndose en uno solo, en un todo.

Fueron treinta segundos de clímax absoluto, de instante eterno e inolvidable, pero bastaron para darme cuenta de que merece la pena. De que todos los llantos, las frustraciones, las horas, el esfuerzo, de que todo, absolutamente todo, merece la pena por ese instante.

La música es como un gran amor. Desde fuera puede dar la sensación de que no vale la pena, de que te trata mal, no te deja tiempo para ti y no te trae más que disgustos, o al menos que estos pesan mucho más, pero desde dentro, se siente un instante, repetido quizá solo cuatro o cinco veces en la vida, en el que sabes que, esos treinta segundos lo compensan absolutamente todo.




20 sept 2014

¿Qué hacíamos cuando esperábamos?

18.55 de la tarde. Vaya, llego pronto, cinco minutos antes de lo previsto. Hay más gente esperando, van llegando. Qué vergüenza llegar los primeros... a ver, saquemos todos el móvil para no concentrarnos los unos en los otros. Imagínate qué liada si no tuviéramos pantallas en las que sumergirnos en estas situaciones incómodas, ¿qué haríamos cuando esperásemos? ¿mirarnos? ¿hablar? ¿pensar un poco?
¿Qué hacíamos cuando no teníamos teléfonos y nos tocaba esperar por haber llegado los primeros?





A lo largo de mi paseo hasta la plaza me fijé en grandes grupos de amigos, imagino que serían, sentados alrededor de una mesa hablando... bueno no, callados, cada uno mirando hacia abajo, con un aparatito que les iluminaba el rostro. Seguro que estarían quedando con alguien, o hablando de algo importante, no vamos a ser injustos, seguro que había una buena razón, pero es curiosa la paradoja: quedas con alguien para, se entiende, hablar de algo interesante, o de cosas que te importan y, cuando al fin tienes delante a esa persona, decides que corre más prisa quedar con otra para hablar de otras cosas importantes. Entramos así en un circulo vicioso absurdo y que se me antoja bastante incomprensible; quedar con alguien para, mientras estás con esa alguien, quedar con otro alguien, y cuando al fin estás con esa persona volver a quedar con la anterior para repetir lo mismo. Al final siempre se queda pero nunca se hablan esas cosas importantes.

Dos personas llegan al tiempo a la plaza. Ni siquiera se molestan en mirar alrededor. "Qué mal voy a quedar, por dios, como una boba mirando a ver si ha llegado o no mi cita... mejor que me busque ella". El joven es inglés y la chica española, ambos sumergidos en su móvil. Han quedado para un intercambio bilingüe, una conversación, han quedado para hablar, y solo me doy cuenta cuando, un cuarto de hora después de haber llegado, los dos a la vez, a la plaza, al chico se le ocurre, por una casualidad de la vida, levantar la mirada y percatarse de que justo en frente hay una chica que parece esperar a alguien. Vaya, quince minutos de interesante charla perdidos.

Me doy cuenta de que nos pone muy nerviosos esperar y que lo único que nos alivia de ese pesar y esa vergüenza de llegar unos minutos antes, es sumirnos en la luz divina y venerada de nuestros smartphones. ¿Podemos recordar lo que hacíamos cuando esperábamos? ¿Nos poníamos igual de nerviosos sabiendo que estábamos solos, porque aún no había llegado nuestra cita, pero a la vez estando rodeados de gente?

El ser humano tiene miedo de estar solo pero no sabe vivir en sociedad.
A lo mejor en vez de sumergirnos en pantallas podríamos hacerlo en libretas, e incluso quizá resultáramos más interesantes.


14 jun 2014

Qué feliz es el dinero haciéndonos felices

La gente va a los centros comerciales a pasearse y yo sigo sin creérmelo. Ir a un edificio lleno de tiendas que está lejos de todo a pasearte, para no comprarte nada y sin necesidad de comprarte nada, solo por el hecho de pasear. Por dios, ¡mejor pasear por el campo por mucha alergia que tengas!



Ayer fui a un concierto didáctico sobre Bach, ¡sobre Bach! Sí, habéis leído bien. Pero había mucha menos gente que la que esta mañana he visto en el centro comercial.
Me preocupa que se vea más necesario llenarse el bolsillo que llenarse el espíritu, y es que es gracioso ver que cuando te preguntan si el dinero da la felicidad todos contestamos que no; contestamos que no pero no somos demasiado consecuentes. Si usamos un maldito centro comercial como lugar de recreo nos contradecimos completa y absolutamente en nuestra tan segura afirmación de que el dinero no nos hace felices. El concierto de ayer era completamente gratis, y, me permito decir, bastante más entretenido que una tienda de ropa, y aun así había asientos libres. Soy poco comprensiva, supongo, y me faltará empatía para comprender a quienes son felices mirando trapitos y son incapaces de serlo escuchando a Bach.
A lo mejor es lo que se nos inculca poquito a poco desde pequeños: "El dinero no da la felicidad, niños, pero os voy a comprar un juguetito cada vez que os comáis la verdura". E incluso más adelante: ¿Un billete de diez euros por cada examen de lengua que apruebes? Por favor, he sido testigo de situaciones tan surreales como estas y no puedo evitar asustarme. Me doy cuenta de que desde niños nos enseñan que estudiamos únicamente para, a posteriori, ganar dinero, pero siempre bajo la protección de la sentencia "el dinero no da la felicidad", que parece que nos despoja del sentimiento de culpa. Absurdo. Siempre nos han dicho que nuestro objetivo en la vida es ser felices, entonces el niño se preguntará: si estudiamos porque nos dan dinero y el dinero no da la felicidad, ¿para qué estudiamos? 
El placer de leer por leer, de estudiar una egagrópila por mera curiosidad o de escuchar y aprender la música de Bach sin ningún fin utilitarista se nos antoja banal y absurdo porque nos han dicho que es así. 

Nos hacen decir que el dinero no da la felicidad cuando en realidad deberíamos decidir por nosotros mismos qué es lo que nos hace felices sin necesidad de que nadie nos lo diga. Darnos cuenta de lo poco consecuentes que somos, pero darnos cuenta solos.

Cada vez hay más centros comerciales y menos conciertos, como cada vez hay más masa y menos personas.

2 jun 2014

La sonrisa de la memoria

A veces cuando caminas por la calle piensas en algo que te lleva a otro pensamiento que a su vez se engarza a otro. Al final el primero no tiene nada que ver con el último pero si no hubiera sido por éste, el otro nunca habría aparecido. Qué curiosa la mente, la memoria, que une a la velocidad del pensamiento un recuerdo con otro, instantes vividos, e incluso, en ocasiones, los deforma a su antojo.



El otro día conté cincuenta personas, cincuenta, con el móvil de la mano desde la cafetería de la plaza hasta la universidad. Pasé en frente de una bombonería donde antes había otra en cuya puerta de cristal había escrito: prohibida la entrada a todo aquel que no sea dulce trufa. Me acordé del vergonzoso momento de sacarle una foto a una puerta de cristal mientras, desde dentro, la dependienta te mira con la boca torcida. No pude evitarlo y solté una carcajada. Justo en ese momento una chica levantó la vista de su teléfono y me dedicó una mirada extrañada e incluso un poco ofendida, quizá pensaba que me reía de ella. A mí casi ni me dio rabia, sino más bien lástima. Seguramente ella también sonreirá a su pantalla táctil cuando le escriban algo bonito o le manden una foto graciosa, pero no es lo mismo sonreirle a un teléfono que sonreír al aire; no luce tanto, supongo. Bueno, independientemente de eso, lo que me hizo gracia a mí fue su mirada sorprendida al verme a mí sonreír sin motivo aparente. Seguro que si ella viera esa frase le sacaría una foto para mandársela a alguien. Mmm, y yo, ¿la saqué en su momento para enviársela a alguien? capturar un momento de felicidad, de alegría en un dispositivo y poder transmitir ese momento a quien quieras. La verdad que cada vez que lo pienso me vuelve a sorprender. Luego lo pienso mejor y me parece banalizar esos momentos. ¿A quién quieres demostrar que estás feliz? ¡Contigo mismo te basta y te sobra!, pero no, hay ahí un empeño que me inquieta. Bueno, las demostraciones son importantes, sobre todo las de afecto, como te falten las demostraciones de afecto estás perdido, y mira que le cuesta a la gente. Le cuesta... "¡Cómo cuesta la cuesta!" decía mi madre cuando subíamos en bici la cuesta de casa. Buf, pero hace mucho de eso. ¡Qué ganas de montar en bici! oler el aire, escuchar un nuevo mundo de Dvorak mientras idealizas un poco el de verdad... mañana iré en bici. Bueno aunque igual hace viento... ¡pero me quejaré yo de viento! para viento el que había en Coruña aquel día que las olas rompieron la barandilla. ¡Qué buen fin de semana pasé! Buah, y la ola que empapó a Manu...
Solté otra carcajada y un señor muy bien vestido, seguramente recién salido de una reunión, levanta la vista de su "teléfono inteligente". 
Mientras sumo mentalmente cincuenta y una personas a la lista sonrío pensando en la poca relación que tienen los bombones con las olas de Coruña. Bueno, igual no tan poca.

25 may 2014

Rostros de bus

Al entrar me recibe un silencio sepulcral. Todos están sentados excepto una mujer que se apoya en su paraguas y un hombre que se recuesta pesadamente en la ventana. Como si algo muy trascendente acabara de pasar, todas las miradas se vuelven hacia mí. "Cuánto tedio", pienso, y me siento haciendo malabares con el violín y la mochila mientras el autobús hace la curva. El resto de los presentes se deleita mirando el insustancial espectáculo matutino.


Realmente hay mucho silencio. En frente tengo a un señor con bigote que agarra una bolsa entre sus piernas. Le observo; me hacen gracia los señores con bigote, cuando se ponen nerviosos son incapaces de no moverlo.
Una señora mayor con un abrigo rojo se queda mirando al vacío. ¿En qué estará pensando? Creo que en sus nietos y en que le duele un juanete, porque retuerce el pie de manera extraña, pero su cara tiene una expresión tierna.
En frente de ella está una mujer sentada con las piernas apretadas y medio de puntillas. En un empeño por parecer menos madura se ha puesto unos leguins apretadísimos y unas botas con cadenas. Tiene un abrigo de leopardo y en su dedo anular luce un anillo tan desmesuradamente grande que me hace plantearme cómo escribirá con aquello puesto. Se mira las uñas, debe estar pensando que el color que ha elegido es demasiado cálido para el frío que hace esa mañana.
Una adolescente con una raya de ojos muy negra y gruesa, y con el pelo por la cara, mira por la ventana empañada mientras escucha música con unos cascos enormes. No sé si está un poco triste o quiere adoptar una pose de indiferencia arisca y seria para ocultar lo que verdaderamente siente.
Un señor con incipiente calva cruza las piernas y sostiene, entrecruzando también sus manos, un paraguas verde oscuro bastante feo.Parece que quiere tener el menor contacto posible con el asiento del bus, ni siquiera apoya la espalda. Me pregunto qué impertinente razón le habrá llevado a coger el transporte público que, según demuestra la altivez de sus cejas, tanto infravalora.
Al fondo hay un par de chicas con mochilas de colegio, bueno, quizá ya de instituto, que están muy interesadas en la conversación que les ofrecen sus respectivos teléfonos. A veces se les ilumina la cara, pero creo que más que por la emoción que pueda tener la charla, es por el brillo de la pantalla.
Una señora se mordisquea el labio mientras temblequea su pierna izquierda insistentemente. Llega tarde, seguro.
A su lado hay una mujer con unas gafas de sol enormes. Se cree que no se le ven los ojos, que analizan, con una pizca de desprecio, todos los movimientos de su compañera de asiento. Solo se explica que lleve gafas de sol para pasar desapercibida en su afición por examinar tan sin reparo a la gente, porque en realidad está lloviendo. Me sorprenden sus labios tan perfectamente perfilados. ¿Cuánto habrá tardado? Solo hay dos posibilidades: O ha tardado mucho, o no ha tardado nada por hacerlo todos los días. De una forma u otra su cara sigue sin decirme nada.
De repente se me ocurre volver la cabeza y me encuentro otros ojos que me observan. Enseguida aparto la mirada y, en mitad de ese silencio, que nunca imaginé que pudiera tener tanto protagonismo en el transporte público, me pregunto si esa otra persona que me miraba estaría analizando, como yo, los rostros del bus.


4 may 2014

Nuestro canto de mirlo

Según supe, por fuentes fiables, hace bien poco, los mirlos no tienen un canto común, como pueden tenerlo los gorriones o los ruiseñores, que cantan todos del mismo modo, dentro de su tipo. Los mirlos no, cada mirlo, por separado, tiene un canto característico, propio solo de él mismo.

Qué curioso se me antoja que cada pequeño pajarito de estos de plumaje negro y pico anaranjado tenga su propia forma de hablar, su personalidad. Todos se entienden entre ellos, claro, no les queda otra para poder perpetuar la especie, pero soy incapaz de no relacionar los mirlos con las personas, si esto es así.

Cada persona también habla de una forma particular, de una manera personal y única, o al menos eso sería lo ideal, reflejando en sus palabras las distintas influencias, sentimientos y experiencias que ha tenido a lo largo de su vida, creando su propio canto de mirlo. Pero hay quién no lo tiene, quien quizá no se atreve realmente a darle forma, quien ahoga su canto, ya sea conscientemente o sin querer hacerlo. ¡Qué lástima dejarse llevar por los cantos estándares que pululan en fila, sin rumbo a cualquier parte!
Siempre hay que tener rumbo, aunque no se sepa a ciencia cierta dónde ir. Una vez una amiga me dijo que lo importante no es sólo saber dónde vas, sino saber dónde estás en cada momento.

No hay que dejarse llevar por otros cantos sino tener muy claro por qué canto, a quién le canto y cómo canto.



5 abr 2014

Conversación de ascensor

Ascensor. (Del lat. ascensor, -ōris). 
1. m. Aparato para trasladar personas de unos a otros pisos. 
2. m. montacargas.

Para empezar nunca está esperándote en el piso en el que estás para subir o bajar, pero cuando, por maravillosa casualidad, se encuentra en la misma planta que tú te da tan grata sorpresa que te ves tentada de darle a todos los pisos para que siga siendo solo tuyo durante el máximo tiempo posible.

Cuando se pone en marcha te da un pequeño mareo y un leve cosquilleo en el estómago que finaliza al llegar al destino con un suave suspiro tuyo, y a veces un pequeño timbre de triángulo por su parte, que te anima a lo que tengas que hacer al salir de él.
Yo creo que tarda más en bajar o subir a propósito, cuando hay un vecino suficientemente conocido como para saludar y mantener una interesante conversación sobre todo lo que está lloviendo pero no para hablar de nada más. Casi puedes oír como el ascensor se carcajea, tardando un minuto más de lo que suele para que el límite del silencio incómodo se haga perceptible.
Así como lo de contarle tu vida en treinta segundos, lo estresada que vas y lo tarde que llegas. Qué bien debe de pasárselo...
Es realmente sincero, de hecho a veces exagera... de hecho incluso se pasa cuando su espejo insiste a voces en reiterar las ojeras que tienes. Se oye por detrás la vocecilla de alguien "Es la luz...", pero no hay nada que hacer, tiene mucha capacidad de convicción; las ojeras son reales.

Buf, los espejos del ascensor... ¡cuántos disgustos y cuántos favores nos han hecho! ¿Qué hay de esa vez en la que ibas a un concierto tarde y recién salida de la ducha te habías puesto la camiseta al revés? Él fue quien te dio esos segundos para cambiarte rápidamente. ¿Y qué hay de aquella espinilla endemoniada? Él fue quien te la descubrió y te salvó la cita. Ahora bien, no hay que olvidar ese momento épico en el que, con quizá unos grados de más de alcohol en la sangre, subes a casa y empiezas a poner caras ridículas mientras piensas lo guapa que salías y lo fea que vuelves. Bueno, no nos engañemos, las caras ridículas las ponemos también sobrios.

También es verdad que la imagen que te dan de ti mismo, dejando a parte que muchas veces retoca, no solo tus horas de sueño, sino también tu tono de piel, se asemeja peligrosamente a un personaje de película de terror, solo hace falta bajar un poco la cabeza y descubrir en tu reflejo una verdadera mirada asesina.

A veces he pensado que quizá un ascensor es una especie sala de interrogatorios, y que al otro lado del espejo hay alguien que puede ver y oír todo lo que hacemos nada más entrar en el ascensor. Por eso, cuando monto en un ascensor sin espejo, será mucho más claustrofóbico y todo lo que quieran, pero respiro una tranquila intimidad.


Ascensor. (Del lat. ascensor, -ōris). 

1. m. Aparato para trasladar personas de unos a otros pisos. 
2. m. montacargas.

No nos engañemos, señores. Un ascensor es mucho más.







19 mar 2014

Verde te quiero

 Todos los colores nos dicen algo. El rojo es  la pasión, el amor desenfrenado y sin miedo; el azul la calma, la tranquilidad, el sosiego del mar y el mecer de un cielo despejado; el blanco la pureza, lo intocable, lo incomprensible de la nieve que brota tierna y pisa suavemente la tierra que nunca antes ha visto; el verde la esperanza, la esperanza…
Si leemos a Lorca en clase y además vivo en una calle, casi en medio del campo, que lleva su nombre, es inevitable preguntarse por la importancia del verde, ya no en el texto, sino en la vida misma.
¿Por qué amaba tanto el verde Lorca? El verde de esa piel suave, que es el anhelo de caricia convertido en mirada, un verde atrayente. El verde de un pelo alborotado, con ansias de libertad, un verde libre. El verde de unas pupilas profundas como un bosque, frondosas de vida y de ganas de vivirla, un verde vivo. El verde de una risa alegre, que se atreve a ser oída, un verde valiente, un verde sin miedo al mundo.
Parece que así era Lorca, o así quería ser, al menos. Y me da la sensación de que plasmando en sus versos su verde amor quiso dejar constancia de ello. Quizá pretendiera dar una lección a esa sociedad y a ese sistema del que se veía, fatalmente, rodeado, y que no permitía siquiera plantearse la idea de saborear ese verdor, ahogando el mundo en colores cenicientos. Tampoco ha cambiado tanto de antes ahora, los tonos grises siguen siendo dominantes incluso en primavera.
Sería bonito proponérselo, proponerse sentir esa piel aceitunada, oler ese pelo emboscado y adentrarse en esa mirada de vida, pero sobre todo, qué bonito sería escuchar esa fresca risa de Lorca, atrevida, sencilla pero clara, que dice exactamente lo que quiere decir. Esa risa que ama la esperanza del verde.
Si somos capaces de todo esto, entonces quizá lleguemos al galope escondido que hay dentro de nosotros y salgamos a correr la vida.
No cabe duda, hay que vestirse de verde.



18 mar 2014

Los robles peregrinos

“La vida no se detiene. ¿De qué sirve correr las cortinas y empeñarse en gritar que es de noche?”
A veces tendemos a incubar un recuerdo agradable al calor de nuestro corazón y no queremos dejar de hacerlo por miedo a que se enfríe y muera, pero la mayoría de las veces esos recuerdos están tan bien arraigados que ni los vientos más fuertes son capaces de arrebatárnoslos. 
Ese miedo al abandono de un recuerdo es el mismo que nos hace llorar por la cosecha perdida en vez de sembrar una nueva, sin darnos cuenta de que, efectivamente, vale más. Y es el culpable, igualmente, de que nos olvidemos del temblor alegre que estalla en la cintura y te hace aflojar las rodillas y bailar el corazón, eso que, comúnmente, llamamos risa.
Lo que vengo a querer decir desde hace un rato es que el arraigo obsesivo al pasado, por hermoso que fuera, y sumándole toda la idealización que le brindamos nosotros mismos, nos priva de la belleza del momento que tenemos delante, y pone de manifiesto el peligro con el que se caracterizan todas las oportunidades: que pasan de largo.
No podemos caminar nuestra senda a ciegas o mirando hacia atrás, porque en un momento o en otro tropezaremos y nos abriremos la cabeza. Debemos ir con la filosofía de Telva, cogiendo las palabras difíciles sin miedo, como las brasas en los dedos, entrar como Adela allá donde vayamos, como un golpe de viento que abre todas las ventanas, y aceptar que siempre podemos encontrarnos con una peregrina de piel blanca en el camino que tenga el poder de cambiar nuestro destino.

Pero sobre todo debemos tener presente que las palabras y los recuerdos no se borran con un golpe de aire como pueden hacerlo las flores de cerezo, esos permanecerán ahí, dentro de nosotros, aunque sigamos caminando. Pero debemos caminar, y también debemos crecer como un roble, a quien, efectivamente, cuesta trabajo hincarle un hacha; pero todos los años da flores.


24 feb 2014

Mis Stendhales

"El síndrome de Stendhal (también denominado Síndrome de Florencia o "estrés del viajero") es una enfermermedad psicosomática que causa un elevado ritmo cardiaco, confusión, temblor, palpitaciones, depresión e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a obras de arte, especialmente cuando éstas son particularmente bellas o están en gran número en un mismo lugar.
Más allá de su incidencia clínica como enfermedad psicosomática, el síndrome de Stendhal se ha convertido en un referente de la reacción romántica ante la acumulación de belleza y la exuberancia del goce artístico".

 Al sentir el frío de las baldosas en tus pies descalzos mientras, al bostezar, sientes como el aliento de la aurora te besa la boca, y contemplas las primeras luces del día veladas por una luna afiladísima, que corta el cielo y el siempre fiel compañero del alba, el planeta Venus.

Al pasear por el paseo marítimo y ver como olas enormes se esfuerzan por mojarte trepando por el muro, cuando su espuma blanca lame con avidez cada piedra impregnada de salitre y tú, valiente de ti, te asomas a la barandilla y te salpica la sal marina y el más puro olor a libertad.

Al alcanzar, sudorosa y llena de barro hasta las rodillas la cima del monte que llevas subiendo todo el día y contemplar desde allí toda la cordillera en un perfecto ángulo de 180º, darte cuenta de la redondez del mundo en el que vives, rozar las nubes.

Al bajar una cuesta con la bici mientras la lluvia te da en la cara con toda la fuerza que puede y ver como las ondas del río reflejan las nubes de tormenta lo más fielmente posible, desafiándote a rendirte, acorralándote entre el cielo y el agua, y tener la certeza de que no vas a hacerlo.

 Al respirar el olor a humus mientras crujen las hojas más secas bajo tus pies y contemplas un río que, escondido en la niebla de la tarde, deja a las nubes más tardías mirarse en un reflejo que amenaza con fundirse en el frío y congelarse definitivamente.

Al levantar la vista y descubrir un cielo de invierno despejado, donde solo caben el frío y las estrellas, que parecen querer llamar la atención más que nunca, encontrar una constelación que logre hablarte y sobre todo, a la que consigas entender.

Hace poco mi madre me habló de una novela que estaba leyendo sobre dos policías con una personalidad muy peculiar. Uno de ellos tenía por costumbre ir a la vera del río Sena cuando el tiempo predecía tormenta. Llegaba allí y abría los brazos mirando al cielo, esperando a que llegase. Cuando al fin estallaba, permanecía allí, bajo rayos y truenos, y dejando que la lluvia le empapara entero, y todo porque en ese momento se sentía superior, superior al resto del mundo. "Si todas las personas se sintieran así de superiores con tan poco -decía- seguramente no les haría falta cometer delitos ni matar a nadie".

Mis Stendhales no son depresiones ni alucinaciones, en todo caso sí quizá temblores y algo de confusión. Una sensación de superioridad frente al resto del mundo, sin ánimo de pisoteamiento ni competitividad, sino de elevación repentina y de llanto alegre. El momento exacto en el que el sol pinta las nubes de naranja, les da un baño dorado y las tiende en el cielo crepuscular durante unos minutos contados, tras los cuales, recoge ese soplo de color y las nubes retoman de nuevo su solitario gris ceniciento. Esos minutos en los que las
pupilas se inundan de algo extraordinario, eso, es a lo que llamo yo Stendhal.






20 feb 2014

Salidas de emergencia

"Dedos colocados, deja peso, arco recto... ¡arco recto, he dicho! Venga, concentración, que tú puedes". El yo interior se esfuerza por mantener a flote esa autoestima que pretende bajar en picado y de cabeza al subsuelo en estos momentos críticos.
"Solo es una audición más, con los padres de siempre, ya lo has hecho más veces".
"Y bien que la he liado otras veces".
"Pues haz el favor de relajarte porque eres una exagerada".
Diez minutos antes de salir al escenario, mientras notas cómo tus manos empiezan a sudar y a enfriarse simultáneamente, y tus dedos recorren el mástil, discutes del modo más absurdo contigo misma.
"Te lo sabes de sobra, venga".
"Sí, ya...".
Tu pensamiento, en vez de centrarse en la obra del compañero que va antes que tú y disfrutar de la música, te obliga a apretar la mano izquierda en el puño de la chaqueta para secarla. Respiras hondo y cierras los ojos, pero lo único que consigues es ponerte más nerviosa. Te miras los pies.
"Azul marino, te has traído los zapatos azul marino, ¡que tienes que ir de negro!"
"Hala ya, cállate un rato".
Y todo se queda en silencio, ese silencio que precede al aplauso caluroso y paternal dirigido a tu compañero, ese aplauso que te dice con retintín que es tu turno. ¡Malditas piernas! ¡¿Por qué tiemblan?!
"Bueno venga, eh, sonríe".
Mientras subes las escaleras te acuerdas de Alex, que siempre te dice "Venga, que ahora es cuando nos dejas mal", aunque sabe de sobra que toca genial; de la vocecita de Lydia "Vamos, que vayas a tocar Sarasate y lo vayas a tocar con esa cara de higo..."; de los ánimos de Luis "Venga Ali, que lo vas a bordar", y esas décimas de segundo de recuerdos reconfortantes te quitan el temblor del cuerpo. "Alicia, -me vuelvo, es Diana.- lo vas a hacer muy bien". Y ahí está otra vez la vocecilla interior: "Pues no vas a ser tú la tonta que te diga que vas a liarla, ¿no?".
El escenario está muy alto, uf, demasiado alto, tienes que bajar la cabeza para contemplar las caras de los padres felices y orgullosos. El último pensamiento antes de ponerte a tocar es para Julia. "Yo, la primera vez que subí a este escenario y Diana me dijo cómo me tenía que colocar, lo primero que se presentó ante mis ojos fue el cartelito de 'salida de emergencia' y, mirándolo, toqué tranquila y de un tirón". Allí está, en efecto, el cartelito verde y luminoso. Comienzas a tocar y las piernas amenazan con volver a temblar. Flexionas las rodillas y desafinas un par de notas, quizá hayan sido tres, pero sigues tocando y, como para fastidiar ese desafine ingrato, sonríes al cartelito verde. Siempre hay una salida.


6 dic 2013

Con quien mejor se asienta la cabeza

Apoyándome en tu pecho
se va llevando el olvido
todo enfado
y si hay disgusto al acecho
huye medio adormecido
y apocado.

Se puede contar contigo
en cualquier tipo de sueño
y desvelo
pues recostada en tu ombligo
se desfrunce siempre el ceño
sin recelo.

Cuando brotan los sollozos
y parecen inundarme
desconsuelos
rescatas todos mis gozos
y consigues revelarme
nuevos cielos.

En las noches estivales
cuando el calor se presenta
descortés
se alivian todos mis males
al abrazar sudorienta
tu revés.

Me ofreces todo un rebaño
que está empeñado en saltar
para aburrir.
Y, esto viene ya de antaño:
la cuenta la has de llevar
hasta el dormir.

Si asiento bien la cabeza
es siempre que estoy contigo,
no por nada,
pero es tu naturaleza
por la que yo te bendigo
oh, almohada.




4 dic 2013

Los hijos de Bernarda

La falta de libertad podría considerarse como uno de los temas universales de la literatura. En la obra es Bernarda Alba quien la representa de la forma más fiel posible.

Yo creo que todos tenemos una Bernarda Alba en nuestro interior que nos oprime y nos encadena sin saber muy bien a qué y por qué. Está como escondida pero siempre presente, agarrándonos con sus lazos para privarnos de lo desconocido. En la obra en concreto parece surgir de la obsesión desmesurada por mantener el honor de la familia, pero solo es un aspecto concreto que quizá el autor utilizó para simbolizar de una manera más sencilla esta opresión.
Me atreveré a extrapolar el tema fuera de la obra. El miedo que sentimos en nuestra vida es el causante de nuestra parálisis, y esa parálisis es la misma que parecen sufrir las hijas de Bernarda. Sin embargo la absoluta falta de libertad que representa la madre de familia ofrece a las hermanas una cosa: comodidad. Y es que obedecer es lo más cómodo que hay, tan solo tienes que pensar, actuar, hablar y vivir como te dicen que lo hagas. Creo que es por esta razón por la que no todas las hermanas se oponen a la dictadura matriarcal de forma tan vehemente como lo hace Adela. Es, sencillamente, porque les resulta mucho más cómodo quedarse sentadas aunque esto les lleve al desconocimiento del mundo en el que viven.
¿Y entonces Adela? ¿Qué pasa con Adela? Bueno, yo creo que para hacerle frente a una fuerza tan poderosa como la falta de libertad es necesaria otra semejante, en este caso, el amor. Pero cabe decir que existen claras diferencias entre el amor de Angustias, la hermana mayor, por Pepe el Romano y el de Adela. El de la primera parece un amor impuesto por la madre y que conviene a Angustias no solo por comodidad sino por saber que casándose con él puede ser libre, que es lo que parecen anhelar todas sus hermanas. Sin embargo no lucha por esa libertad, no se enfrenta al bastón de Bernarda, sigue siendo una hija obediente de su propio miedo, de su propia comodidad. Adela, por el contrario, lucha hasta el final, y sin poder asumir que el amor pueda perder la batalla acaba por quitarse la vida.

Es muy cómodo ser hijos del miedo pero, en mi opinión compensa mucho más ser libre, aunque para ello tengas que ser valiente y levantarte, porque el mundo pertenece a quienes se atreven.

28 nov 2013

También hay que ser percusionistas

Si a mí me pareció ofensivo peor le parecería al percusionista al que identificaron con "aquel que tocaba los palos" en un artículo de prensa.

Según dicen los instrumentos melódicos, es decir, el violín, la flauta, el cello o el clarinete, representan los sentimientos, las emociones, y los instrumentos armónicos, piano, guitarra, tienen que ver con la inteligencia abstracta. Parecen elementales, no solo en cualquier conjunto, en el que son imprescindibles la armonía y la melodía, sino en nuestra vida cotidiana, en la que necesariamenter debería haber un poco de cabeza y un puñado de sentimientos. Sin embargo nos falta algo, el tercer vértice de un triángulo que descubre un equilibro perfecto: el ritmo.
Los instrumentos rítmicos se han relacionado estrechamente con la motricidad, la vitalidad. Se nota inmediatamente cuando en una obra hay timbales, un güiro o unas claves porque le da otro color, otro timbre completamente diferente, no mejor ni peor, pero sí más vivo; si habláramos en colores hablaríamos de un alto grado de saturación al incluir percusión a una pieza.
En nuestra vida necesitamos apoyarnos en estos tres pilares fundamentales de la música, adoptarlos como propios. Necesitamos tener las ideas claras y ordenadas, cierta inteligencia abstracta, para saber lo que queremos; necesitamos reconocer un escalofrío de emoción, valorar una lágrima y disfrutar de una risa, para saber lo que sentimos; pero también necesitamos cantar a voces en la calle y correr y correr bajo la lluvia, dar golpes con el lápiz en la mesa de clase, seguir el ritmo de la música de un bar haciendo medias sentadillas y bailar sin mucho control en cualquier sitio donde los decibelios se pasen un poco de pueblo. Necesitamos hacerlo para saber qué es cansarse, para saber que da gusto cansarse, para poner empeño en las cosas que queremos, para saber que podemos saltar en los charcos y saber que podemos caernos, pero sobre todo para saber que lo que de verdad merece la pena es levantarse y seguir saltando al ritmo de la vida.
Todos debemos llevar una flauta que nos cante qué sentimos, y sentirlo de veras, un piano, que nos descubra la relación perfecta entre dos acordes, pero lo que no puede faltarnos es un pequeño tambor que palpite como un corazón, que nunca se canse y que nos de el impulso rítmico para vivir la vida.


16 nov 2013

Cuestión de cielos

Cuando empiezan a desdibujarse los suspiros en el aire es cuando más bonitos están los cielos.

Tengo la costumbre, o manía de, al abrir los ojos, nada más despertarme, echar un vistazo a mi pared izquierda, donde se refleja la primera luz. Poco a poco he aprendido a distinguir si merece la pena levantarse corriendo, ir a la habitación de al lado, la que le da la cara al río, abrir la persiana y asomarme al balcón para ver el amanecer, pero en realidad todos los amaneceres merecen la pena, porque todos te dicen algo.
Los cielos de por la mañana son una especie de anticipo del día que se acerca. Tengo la suerte de no ser tan absolutamente supersticiosa como para creer que un cielo nublado vaticina un mal día, de hecho hay grises que me enamoran ya desde la cama, pero es verdad que los cielos rojos, mezclados con un naranja rebelde y un tímido rosa se llevan el éxito.

Me resulta curioso que a veces, cuando levanto la mirada, los colores, las formas de las nubes, y toda la armonía y el conjunto increíble que crean, me adivinan sentimientos, emociones, recuerdos; y de repente me veo comparando cielos con personas. Al igual que al mirar a alguien pueden asaltarte pensamientos, imágenes pasadas, o incluso futuras, y otra serie de sensaciones, cerebrales, físicas y emocionales, con los cielos pasa algo similar. No tienen que ser personas conocidas, de hecho un cielo nunca se conoce del todo, siempre es diferente, pero cuando te presentan a alguien o lo conoces o simplemente vas por la calle fijándote en la gente, cada cual te hace pensar en algo diferente. A veces creo que es lo que deben sentir los fotógrafos; fotografiar a personas desconocidas casi ni está permitido, pero a un cielo se le puede hacer una foto sin disimulo. Quizá se trata de dejar constancia en una película fotográfica de los sentimientos, las emociones, los recuerdos, que brotaron a flor de piel cuando lo miraste; y el cielo no va a mirarte mal ni a hacer una mueca descortés, simplemente seguirá su vida y cambiará sus colores y, cuando le toque, dejará que se escapen unas cuantas estrellas, que, con un poco de suerte, alumbrarán otros sentimientos, otras emociones, otros recuerdos.



7 nov 2013

Hacer el amor en un acorde

"Lo que tienes que hacer es acariciar las teclas, llegar a todas ellas y emplear la misma presión en cada una."

No es ningún secreto. Si acaricias las teclas de un piano en vez de percutirlas como si fuera una mesa de escuela en una hora aburrida de matemáticas, el instrumento adquiere la extraña propiedad de sentir. Es como si llorara o riera, según lo que pretendan las notas, los acordes, las melodías. Pero lo increíble es que, de repente, dejan de ser solo notas escritas en un papel; pasan a ser sentimientos, recuerdos, emociones desbocadas o serenas que brotan sin miedo a ser descubiertas.
Hay veces que, al tocar, logras esa armonía tan perfecta con el instrumento, te fundes con él de una manera tan explícita y perfecta que realmente parecéis uno. La madera se convierte en la piel de alguien a quien amas, a quien le coges la cara entre las manos y le acaricias cada rasgo para conocerlo, para memorizarlo. Un abrazo tan único y recíproco que es difícilmente equiparable.
En ocasiones, esta extraña unión se produce al tocar en clase, y es como si alguien, en este caso quien la imparte, abriera una rendija en esa burbuja solo de dos y se metiera dentro como mero espectador. Similar a cuando eres observador del beso de una pareja, pero de esos besos que parecen más bien de uno solo, y te sientes algo incómodo por mirar, porque es algo extremadamente íntimo, aunque a la vez te invade una especie de euforia, provocada quizá por unos gramos de esperanza, al comprobar, y ser testigo, de un amor así. Creo que debe sentir algo parecido el profesor que esté presente en esas ocasiones.
No es solo un roce corporal. Es un roce corporal, y todo lo que este implica, y además un roce en algo mucho más profundo, algo que te toca un pedacito muy sensible de tu interior, y es entonces cuando manan ese sinfín de sentimientos que se dejan mecer por las notas de una obra, o una invención cualquiera, cuya función es, sencillamente, vocalizar, pronunciar esas emociones para que sean inteligibles para uno mismo, para el que toca, para el otro miembro de la pareja; son las palabras de amor.
Efectivamente, como en cualquier buen amor, ambos reciben. Uno acaricia, abraza, besa, hace sentir, y el otro es capaz de contarlo, e incluso de gritarlo a los cuatro vientos para que lo escuche quien alcance a hacerlo, de manera que también acaricia, abraza, besa y hace sentir algo que solo hace sentir la música.

Igual que hay veces que se hace el amor con música, la música se hace con amor.



2 oct 2013

Nos hacen falta Quijotes

Hubo una generación en el 98 integrada por una serie de poetas que, descontentos con la situación que sufría la España de la época, adoptaron diferentes maneras de hacerle frente: subversión, evasión e inmersión.
La subversión, la lucha, estar completamente en contra del sistema y de las prácticas que este utiliza para no derrumbarse, fue adoptada por ciertos autores, que tiznaron sus escritos de críticas y sátiras, mostrando su descontento y su oposición, lo que a muchos les costó la vida o el exilio.
Otros decidieron evadirse, lo que no dejaba de ser otra forma de lucha; un espacio donde solo tiene presencia lo que vale dinero merece la pena ser abandonado. De este modo viajaron con sus obras a otros mundos pintados de azul y de exotismo, mundos donde no había cabida para el materialismo y la hipocresía.
Los que adoptaron la inmersión se integraron en sí mismos haciendo un viaje, esta vez interior, hacia su persona. El viaje hacia el infierno que debemos hacer todos, al menos una vez en la vida, para llegar a conocernos.
Cada poeta tenía su forma de rebeldía, ya fuera luchando, evadiéndose o encontrándose a sí mismo, pero todos tenían en común un modelo a seguir: Don Quijote.
Era este un personaje que tanto luchaba contra aquello que le parecía injusto como se evadía, a su vez, creyendo ser un personaje histórico y famoso que debía ser conocido por todos. Quizá esta evasión era una estrategia defensiva contra aquellos que disfrutaban apaleándole con rabia y crueldad antes sus evidentes signos de locura, a pesar de todo, bondadosa.
La sensibilidad de dicho personaje era notable; así como a un burgués lo único que se le ocurre decir tras darle una bofetada a su hijo es "los hombres nunca lloran", nuestro Quijote era capaz de sentir a pesar de ir perdiendo la cordura.
Sin embargo, estar cuerdo o loco en nuestra sociedad tiene muchos matices. Habrá quien prefiera estar cuerdo y poder pisar a quien parece hacer locuras, como nuestro Alonso, a quien las gentes vulgares maltrataban. Pero otros quizá quieran convertirse en Quijotes, estar un poco locos y, quizá, de esta forma, hacer memoria.