28 jul 2017

Cómo hacen el amor los rusos

No soy ferviente seguidora de la técnica rusa a la hora de tocar el violín. La mayoría de las veces me da la sensación de que carece de estilo, o mejor dicho, que se estanca en el llamado y conocido "estilo ruso" que, para mi gusto es casi perfecto para obras románticas, pasionales y avibratadas pero que pierde delicadeza y elegancia a la hora de tocar barroco, por ejemplo.
Una cosa que hago a menudo, y lo que intento aplicarme casi como filosofía a la hora de tocar, es pensar que al poner los dedos sobre el mastil, presionando las cuerdas o al pasar el arco lo hago de la misma forma en que acariciaría el cuerpo de quien amo.

El estilo barroco, en las sonatas y partitas de Bach para violín solo, por ejemplo, cada nota sería como una caricia improvisada. Improvisada sí, pero certera, y a la vez sutil y suave, como quien sabe justamente dónde pone la mano para lograr el escalofrío.
El clasicismo es más juguetón, busca las vueltas y recovecos del cuerpo al rozar la piel. Unas veces meloso, remolón y otras ladino, irónico, gracioso, como quien busca la risa al gastar una broma, o quien sorprende la carcajada involuntaria al descubrir el escondite de las cosquillas más recónditas.
El romanticismo da paso a la pasión y es, en mi opinión, como ya he dicho, lo que mejor se les da a estos rusos. Ya no es un roce despistado o una carantoña juguetona. Esto es el más puro sobamiento. No se busca la piel sino la carne y se pasa del breve erizamiento al casi orgasmo.
Es el punto febril que a veces buscan los cuerpos. Ya no es probarse sino beberse, de un trago fuerte, como vodka en Siberia, entrando en calor, como si cada dedo que tocara la piel o la cuerda derritiera una región entera en su vibrato, en su estremecimietno repentino y efímero.

Sí que veo, sí, un parecido fuerte entre tocar el violín y hacer el amor: cada uno a su manera, con su pasión y estilo, adoptando a veces los ajenos si la ocasión se presta, inspirándose en otros o aprendiendo paso a paso con la propia experiencia. Deja huella, como quien pisa nieve en los Urales. Y claro, al final queda lo más afín que tienen las dos cosas, el amor.


6 ago 2016

¿Qué puedo hacer yo ante el dolor ajeno?

Hace unas semanas fui a la Semana Negra de Gijón. En el recinto ferial, en un reducido espacio al aire libre, se exponían fotografías que representaban el horror de las familias de refugiados sirios. A modo de comparación, al lado de cada imagen había otra en la que se podían ver  refugiados españoles tras la última guerra civil. Vi las imágenes aislada de mis padres y amigos, sin posibilidad de comentar lo que me pasaba por la cabeza y el corazón en ese momento. Me impactaron muchísimo, incluso se me saltó alguna lágrima. Supongo que es como cuando vas a un museo tú solo, que eres más capaz de ahondar en ti mismo con cada cuadro mejor que si vas con alguien con quien comentarlo. Es otra forma de verlo, no quiere decir que sea mejor ni peor.



A cuenta de lo que me despertaron esas fotografías empecé a hablar con unos y otros de lo que podía suponer exponer aquello y acabé con un libro entre mis manos que, una vez leído y releído, recomiendo con fervor. Es de Susan Sontag, ensayista y directora. Se titula Ante el dolor de los demás y nos hace reflexionar sobre si las fotografías con un alto grado de violencia y sufrimiento han pasado a tener un fin meramente comercial o si es verdad que despiertan conciencias.

Si podemos empezar a hablar de algo es de los museos, esa institución que enclaustra toda suerte de lo que se considera socialmente arte. Es allí, pues, donde han de ir destinadas muchas fotografías de guerra para su posterior exhibición y conservación. Me hace suponer que exponer toda esa materia nos sirve para consolidar una memoria colectiva, que se llama. Bueno, pero, ¿existe realmente la memoria colectiva? “La memoria es individual porque no puede reproducirse y muere con cada persona”, cita, textualmente, Sontag. “Lo que sí que existe es una instrucción colectiva, que te digan que “esto” es importante y que “esta” es la historia de lo ocurrido”.

En los museos se expone lo que se interesa que la gente recuerde, al menos de forma inmediata, que es una capacidad intrínseca de las imágenes. Vivimos en la sociedad del espectáculo, eso es sabido por todos. “Toda situación ha de ser convertida en espectáculo a fin de que sea real, es decir, interesante, para nosotros. Las personas mismas anhelan convertirse en imágenes: celebridades”. En esta sociedad visual, recordar es, cada vez más, no tanto recordar una historia sino ser capaz de evocar una imagen.  Y quizá por eso sigue habiendo museos, la gente quiere ser capaz de visitar, de refrescar sus recuerdos. Sin embargo, ¿qué clase de recuerdos quieren que recordemos?

¿Nos hemos preguntado alguna vez por qué no hay un Museo de la Historia de la Esclavitud en Estados Unidos? “Está el Museo Conmemorativo del Holocausto y el Museo y Monumento al Genocidio Armenio pero todos ellos están dedicados a lo que no sucedió en Estados Unidos. Contar con un museo que haga la colosal crónica del crimen de la esclavitud africana en Estados Unidos sería reconocer que el mal se encuentra aquí, los estadounidenses prefieren pensar que el mal está allá. (…) Es un recuerdo cuya activación y creación son demasiado peligrosas para la estabilidad social”. Al fin y al cabo “la paz es olvidar. Para la reconciliación es necesario que la memoria sea limitada y defectuosa”. Quizá por esa misma razón tampoco encontramos en España un Museo Nacional de la Guerra Civil.

Pero, ¿por qué miramos estas imágenes? ¿Se trata de una cuestión de memoria selectiva únicamente? ¿No es también morbosidad? ¿Cuál es el verdadero objeto de exponerlas? ¿Hacer quizá un negocio del sufrimiento ajeno? ¿Hacernos sentir mal? ¿Buscar culpables? Hay un gusto por ver esas imágenes, ya sea en un museo, en el informativo, o en una película del sadismo más íntegro. Lo buscamos aunque sabemos que es un deseo indigno, como escribiera Platón en su República. Hay imágenes que nos despiertan un interés lascivo, y yo me pregunto si no tendrá algo que ver con la mímesis y la catarsis de la tragedia griega. ¿No será que necesitamos esa identificación con el sufrimiento simultánea a la purificación ritual que se produce al ser testigo de algo que puede pasarnos a nosotros pero que, por el momento, contemplamos como meros espectadores?

“Persiste la impresión de que la apetencia por semejantes imágenes es vulgar o baja, que tiene un objetivo comercial. A veces así es, aunque menos a menudo de lo que cabe imaginar, pues el fotógrafo/a en las calles en medio de un bombardeo corre tantos riesgos de morir como los ciudadanos a los que va siguiendo”.
Es verdad, también se busca plasmar el sufrimiento de esas víctimas. Ellas mismas son a veces las primeras interesadas en que quede vigente pero, eso sí, que sea tenido por único. Explica la autora el caso de un fotógrafo que expuso en la misma sala fotografías de atrocidades ocurridas en Sarajevo junto con otras realizadas antes en Somalia. Los habitantes de Sarajevo se ofendieron muchísimo apelando que aquello era comparar dos infiernos que nada tenían que ver.  
A fin de cuentas había un matiz racista en su indignación. La guerra siempre es la guerra. “No podemos imaginar lo espantosa, lo aterradora que es y cómo se convierte en naturalidad. Es lo que cada soldado, cada periodista, cada cooperante y observador independiente que ha pasado tiempo bajo el fuego, y ha tenido la suerte de eludir la muerte que ha fulminado a otros a su lado, siente con terquedad, y tiene razón”.

“La gente puede retraerse no solo porque un dieta regular de imágenes violentas la ha vuelto indiferente sino porque tiene miedo. (…) Porque no parece que una guerra, cualquier guerra, vaya a poder evitarse la gente responde menos a los horrores. La compasión es una emoción inestable, necesita traducirse en acciones o se marchita. La pregunta es ¿qué hacer con las emociones que han despertado? ¿Con el saber que se nos ha comunicado? Si sentimos que no hay nada que “nosotros” podamos hacer (pero, ¿quién es ese “nosotros”?) y nada que “ellos” puedan hacer tampoco (pero, ¿quién es ese “ellos”?) entonces comenzamos a sentirnos aburridos, cínicos y apáticos, y la pasividad es la que embota los sentimientos.

                                        Dead Troops Talk (Jeff Wall, 1992)


El problema no es que la gente recuerde por medio de fotografías, sino que solo recuerde las fotografías. El recordatorio por este medio eclipsa otras formas de entendimiento y de memoria y ya hemos visto que la sociedad en que vivimos da extrema importancia a la imagen. “Las fotografías pavorosas no pierden inevitablemente su poder para conmocionar. Pero no son de mucha ayuda si la tarea es la comprensión. Las narraciones pueden hacernos comprender”. Se debería, quizá, sentir la obligación de lo que implica mirarlas en la capacidad efectiva de asimilar lo que nos muestran. Y entonces nos preguntamos ¿qué emociones serían deseables? Optar por la simpatía, por ejemplo, sería demasiado simple. “Siempre que sentimos simpatía sentimos que no somos cómplices de las causas del sufrimiento”, esto es ajeno a nosotros, podemos apagar la tele cuando queramos. Así, “nuestra simpatía proclama nuestra ineficacia.” Quizá la solución sería “apartar esa simpatía por los acosados por la guerra y la política asesina a cambio de una reflexión sobre cómo nuestros privilegios están ubicados en el mismo mapa que su sufrimiento y pueden estar vinculados de manera que, acaso preferimos no imaginar, del mismo modo como la riqueza de algunos quizás implique la indigencia de otros es una tarea para la cual las imágenes dolorosas y conmovedoras solo ofrecen el primer estímulo”.

Al fin y al cabo reflexionar, pensar, crear conciencia. ¿Qué podemos hacer? No lo sé, no tengo claro al cien por cien qué puedo hacer yo. De momento las imágenes me empujaron a hablar del tema con gente de mi círculo, a despertarme un interés, a leer un libro, a escribir sobre ello… Quizá a ir formándome un criterio propio, mío, y no impuesto, que quizá, sea la primera forma de luchar.

10 ene 2016

Música y amor: una conquista utópica

Hoy fui a un concierto. El ambiente podría definirse como casi elitista; todas las mujeres llevaban chal y medias, los hombres, traje. No había jóvenes, apenas yo y otros tres amigos, el resto superaba con mucho los 25.
A pesar de todo aquella gente iba a disfrutar de la música, sin juzgar, sin tribunales, sin comparaciones, sin señalar quién era mejor que otro. O quizá fue solo mi impresión.

Cuando el compañero hizo sonar su cello no solo hizo sonar su cello. Las notas empezaron a volar por el cuarto, envolviéndonos a todos en un remolino de impresiones acústicas. Pero no, no solo hizo sonar su cello. Era mucho más, era sentir por los oídos un abrazo, sentir un vínculo que prácticamente era también visual. Verlos a ellos dos como uno solo, ver cómo lo abrazaba, volando por el mástil, acariciando las cuerdas con el arco. Ambos se escuchaban, manteniendo un diálogo interno que brotaba en cada vibración de la madera. Un diálogo que solo nos mostraba una mínima parte, compartiendo los sonidos, pero escondiéndonos algo mucho más profundo. Esa leve percepción de erotismo que nos mostraban, eso era la música; o al menos una pequeña parte de ella. En ese abrazo se entendía el disfrute, pero también el esfuerzo y la dedicación de uno y otro por llegar a conquistarse.

¿Qué es eso que nos invade por dentro, lo que nos hace cosquillas en el estómago y nos llega al corazón? ¿Qué es lo que dejamos ver como un cachito de copa pero que en el fondo tiene tan fuertes las raíces? Eso es la música. Y el amor.
Un concierto pocas veces es perfecto, por no convertirlo en un nunca, porque la perfección es algo subjetivo, algo utópico, inalcanzable, pero que, como decía Galeano, nos hace caminar. A veces pienso que cuando hacemos música es como hacer el amor. Pero en el estricto sentido de hacer el amor. Es decir, hacer el amor sonido. Hacer de algo abstracto algo casi tangible o, aunque sea, una parte perceptible por los sentidos. Vamos aprendiendo a hacer música como vamos aprendiendo a amar. Con esfuerzo, con algunas lágrimas, con muchas horas de dedicación, pero sobre todo, con ganas. Con ganas de sentir y de volar, de probar la libertad en el más puro significado de la misma. Eso es la música y también es el amor.

A quienes pregunten por qué estudiamos música, por muchas cosas, pero también para aprender a amar.






24 nov 2015

Whatsapp ha inventado un nuevo espacio-tiempo

"Han inventado un nuevo mundo para mantener entretenidos a los seres humanos". Cualquier película que fuera del palo de "1984", "V de vendetta" o "Un mundo feliz" podría empezar su trailer con una sentencia como la entrecomillada.

Hace algunos días charlaba con una amiga sobre el tema que tanto nos gusta tratar de los teléfonos y sus aplicaciones alienantes. De nuevo coincidíamos en lo útiles que son pero lo mal que se utilizan. Una vez le preguntaron a un psicólogo: si viniera un extraterrestre y le preguntara sobre el género humano, ¿qué le diría?, a lo que el psicólogo respondió, le diría que el género humano es aquel que teniendo en el bolsillo un dispositivo capaz de acceder a toda la información del mundo lo emplea para comunicarse con el que se sienta a su lado.

Un cuchillo sirve para cocinar, pero con él también puedes quitarle la vida a alguien.
A veces la metáfora se me asemeja a lo que ocurre con el whatsapp, pero de una manera más moderna y futurista. Tal y como acordaba con mi amiga, el whatsapp es capaz de crear un nuevo espacio-tiempo.

Vayamos por partes. El tiempo. Si nos paramos a pensar, el tiempo real y el tiempo de whatsapp distan bastante de seguir los mismos parámetros. Whatsapp crea una esfera de tiempo paralela, ralentiza nuestro tiempo, por lo que crea urgencias. Urgencias que, primero, no son urgentes pero que, segundo, las hacemos, precisamente, muy urgentes.
Si mientras estás tomando café con alguien esa persona permanece callada cinco escasos segundos, podemos considerarlo casi un silencio incómodo, una pausa demasiado larga en la conversación. Sin embargo, cinco segundos en una conversación por whatsapp apenas se perciben. De hecho si recibimos respuesta en este intervalo de tiempo consideramos que nuestro interlocutor es bastante rápido en sus contestaciones.
Con la urgencia de recibir esa respuesta somos capaces de alargar una conversación días, e incluso semanas. El tiempo de whatsapp se dilata y se dilata creando esa adicción cerebral, inherente a los seres humanos, de obtener respuestas.

En cuanto al espacio pasa algo similar. Crea nuevos espacios porque nos hace creer que todas las personas están en el teléfono. Algo que, si nos ponemos a pensar un poco, nos parecería del todo absurdo, pero que al final acabamos pensando inconscientemente. Tenemos a nuestra disposición a todo aquel que queramos, prácticamente con teclear unos botones. Y eso, a la larga, acaba convirtiéndonos en seres solitarios que creen no estar, en absoluto, solos.

Nos dan un tiempo y un espacio particular de cada uno, dándonos la capacidad de prescindir de aquel que nos pone en común a todos. Pequeños mundos en los que mantenernos entretenidos, creyéndonos juntos, pero solos, y filmando nuestra propia película.



26 oct 2015

Homenaje a las cosas cotidianas

Qué poco caso les hacemos a las cosas cotidianas. Y nos nos damos cuenta de lo importantes que son para nuestra vida diaria.

Prestémosle atención al desayuno, ese desesperado que nos recibe cada mañana sin más razón que la de ser devorado.
O qué me dicen de la almohada, aguantando pesadillas, sudores y lágrimas desde nuestra más tierna infancia; aunque bien es verdad que quizá es también el único testigo que tiene plena memoria de todos nuestros sueños.
El edredón, que, por cierto, es con lo que todos soñamos en invierno, es aquella cosa cotidiana que todas las noches te abraza, te arropa, te da calor, y que por las mañanas aguanta el hecho de que no hagas la cama, y te espera frío y desordenado hasta la noche.
Los calcetines. Una pareja trabajadora bajo condiciones no demasiado agradables. Hace tiempo que dejó de existir el Sindicato del Remiendo y cuando ya no sirven para el oficio se les jubila sin indemnización.
Por no citar las verdaderas condiciones inhumanas del papel higiénico o el cepillo de dientes. Están más que sabidas, cierto es, pero que sepan que me acuerdo.
El postre. Un elemento fundamental. Alguien que siempre tiene algo dulce que ofrecer para que no te vayas con mal sabor de boca.
O el lapicero, por ejemplo, que parecemos tenerlo en menos estima que su eclipsante compañero de trabajo, el boli. Sin embargo el lapicero sí nos permite errar y reparar, a pesar de que lo tajemos sin piedad con el sacapuntas enfebrecidos por un trazo más fino. Ahora, con la modernización, ha llegado el portaminas, más cómodo y práctico, y el lápiz ha pasado a ser un elemento prescindible en todo estuche, a pesar de ese olor a madera, tan único, que le caracterizaba.

Parece que hemos empezado a tener en cuenta los detalles más poéticos: los amaneceres, los atardeceres, el olor de la hierba mojada, la espuma del café, la lluvia en la cara, los remolinos de hojas en otoño... Pero de las cosas realmente cotidianas, y cosas en el más estricto sentido de la palabra, el tenedor, las bombillas, los imperdibles, los clips, los sobres de azúcar de las cafeterías... son cosas que si desaparecieran seguramente no sabríamos que lo habrían hecho, pero al mismo tiempo sentiríamos su ausencia.



7 oct 2015

El complicado asunto de ser dedicatorio


Regalar un libro no es ninguna broma. No se puede tomar a la ligera, ni como si se tratara de un obsequio igual a cualquier otro. Regalar un libro no es solo regalar una historia, regalar un libro es regalar una amplia gama de posibilidades. Posibilidades de pensar, de soñar, de desencadenar la toma de ciertas decisiones que quizá lleguen a ser de importancia...
Por eso es tan serio regalar un libro. Es como regalar un camino, un mapa, una puerta abierta hacia no se sabe dónde.

En mi caso hubo muchas puertas desde mi más tierna infancia. Mi tía tenía la costumbre de regalarme un libro casi cada vez que me veía. No le hacían falta razones de peso, como cumpleaños o fechas navideñas, cada vez que nos hacía una visita o mi madre iba a tomar un café a su casa y me llevaba con ella había un libro esperándome. Eran libros para niños, de esos que tienen muchos dibujos y pocas palabras, la mayoría no llegarían a 20 páginas, sin embargo a mí me hacía especial ilusión y así fui creando mi primera biblioteca y también mis primeras rutas.

Ahora bien, hay algo mucho más serio que regalar un libro y que es de casi vital importancia, algo que con su ausencia lograría casi la desnudez del mismo: la dedicatoria.

Si analizamos con exactitud lo que implica dedicar un libro comprobaremos fácilmente la relevancia del acto.
Para empezar, con la dedicatoria puedes ofrecer una ligera opinión personal del mapa que entregas, o del destino del mismo, lo cual influye en la perspectiva lectora del sujeto al que regalas.
Al dedicar un libro has de pensar algo conciso y breve, pero que a la vez esté lleno de significado sin descubrir toda la verdad que esconde el contenido del regalo. Para lograr esto es casi necesaria toda una estrategia.

A veces me recuerda un poco a cuando escribes un poema: algo breve, conciso y lleno de significado. En un poema no dices todo claro, porque dejas que el lector deduzca la propia esencia del mismo y se convierta en algo subjetivo. Eso es lo bello, dar solo media parte para dejar que la otra mitad sea siempre distinta.
Una dedicatoria no llega siquiera a media parte, pero ha de tener poder para arrancar al lector a emboscarse en el libro, a bebérselo y a desearlo. Y ahí está lo complicado del asunto.
Dar solo un trocito de ti dedicando algo que va a pasar a ser quizá una gran parte del otro.
No cabe duda, no es ninguna broma.



4 oct 2015

Acuarella Dall' Abaco

A veces pienso que existimos porque somos luz, música y agua, que sin estas tres cosas no seríamos perceptibles en el mundo. 
Cada día nos dedicamos a pintar poquito a poco nuestra vida, con pinceladas más o menos largas, con más o menos intensidad de color y en superficies diferentes. Cada trazo nos va definiendo, como cada paso que damos hacia no se sabe dónde. Lo bello es hacer el cuadro, el proceso del mismo, con sus manchones y sus irrepetibles líneas.

Últimamente, al hablar de música y de componerla, me hablan de colores. De crear colores, de imaginarlos, de conseguir con ellos sonidos diferentes, armonías, melodías.
A veces me pasa que veo antes los colores que la música. La mayoría de las veces, de hecho. Casi siempre que me pongo a componer lo hago a través de una imagen; de repente la veo en mi cabeza y a partir de ella aparece la música. Es interesante porque muchas veces pienso que es como componer la banda sonora de un fotograma.

Sin embargo, hace unos días apareció la que debe de ser la excepción que confirma la regla. Bien es verdad que la música no es mía, sino de J.Mª F. Cl. Dall' Abaco, pero a través del Capricho 1 para cello solo apareció la imagen, y no al revés. Así que se me ocurrió pintar como mejor pude el "fonograma" que me inspiró la música de Dall' Abaco.

A veces pienso que existimos porque somos luz, música y agua, y que precisamente en cada trazo que hacemos, en cada paso que damos, se va reflejando nuestra luz, quizá alguna marca de agua y, por supuesto, nuestra música. 

7 jun 2015

El seguro caparazón o la regla de los don Quijotes

Mi padre siempre me dice que en la vida hay que evitar las hostias. Claro, porque duelen mucho.
Y pienso yo, lo que hay que hacer es no darse hostias a lo bobo.

A veces pienso en esa gente que te mira desde la mirilla de su caparazón, seguro, calentito, acogedor..., miran ese mundo de fuera, peligroso, lleno de dolor. Pienso en todos los golpes que se evitarán metidos ahí dentro. Sí, se los evitarán, pero también se evitarán el resto:
Todos los llantos que no eran de pena, el aire en la caída, el orgullo de volver a levantarse, los abrazos que te arropan la tristeza...

El caparazón es un seguro de vida que no te deja vivir.

Yo le respondía a mi padre: Papá, yo quiero ser como don Quijote, que iba por la vida gritando a los vientos los principios con los que defendía sus sentimientos.
Ya, me dice él con los ojos un poco húmedos, pero a don Quijote no le daban más palos porque no podían.

Le miro un rato y pienso que en realidad él es como yo y que también fue un don Quijote, pero ahora su labor es hacer de seguro caparazón. Ahora le toca arropar y advertir; pero por muchos libros que le quemaran a don Quijote él siguió pensando que podía cambiar el mundo, y se lanzó a intentarlo.

En fin, pienso, al final un poquito sí que lo cambió; al menos un buen porcentaje de la población mundial ha oído hablar de él.
Así que le contesto a mi padre:
Sí, papá, todo eso yo ya lo sé y tú también, pero en la vida yo quiero ir con el corazón por delante.



6 dic 2014

El gran amor

Teniendo en cuenta que no tenía en mi cuerpo ninguna sustancia extraña ni droga de ningún tipo me atrevo a contar y a hacer pública la extraña experiencia que me aconteció hace algunos días durante el acalorado estudio en la cabina, anterior a un examen de violín. Para los que lo entiendan, pero también para los que no.

No tenía sensación de nervios sino de excitación, nervios bueno, vamos a llamarlos. Hay una gran diferencia, mi estómago se retorcía un poco, mariposillas y esas extrañas metáforas que se dicen, pero no estaba agobiada sino contenta, con ganas de salir a demostrar lo que había trabajado. Las ganas es lo que marcan la diferencia.
Empecé con los pasajes más difíciles para calentar los dedos y luego toqué de arriba a abajo la obra para rodarla. Y de repente llegué a un punto en el que parecía que me había teletransportado a otra dimensión, como en aquel episodio matrix de los Simpsons.
Empecé a sentir como el propio sonido del violín se iba adhiriendo a mi cuello, a mi clavícula, a mi hombro, como pequeños brazos de armónicos que rebotaban en mi cuerpo contagiándolo de sonido. No era una sensación desagradable ni pegajosa sino de lo más placentera.
Seguí tocando y las vibraciones del violín empezaron a vibrar de la misma forma, a la misma velocidad, que las mías propias. Ya no me parecía un instrumento de madera sino un auténtico ser vivo; y ni siquiera un ser vivo que yo sostenía con mi abrazo sino que éramos un ser vivo, como un apéndice imprescindible de mí, un solo cuerpo que vibraba a tempo.
La misma sensación que cuando haces el amor con alguien, los cuerpos vibran de la misma manera, con la misma excitación, al compás, fundiéndose en uno solo, en un todo.

Fueron treinta segundos de clímax absoluto, de instante eterno e inolvidable, pero bastaron para darme cuenta de que merece la pena. De que todos los llantos, las frustraciones, las horas, el esfuerzo, de que todo, absolutamente todo, merece la pena por ese instante.

La música es como un gran amor. Desde fuera puede dar la sensación de que no vale la pena, de que te trata mal, no te deja tiempo para ti y no te trae más que disgustos, o al menos que estos pesan mucho más, pero desde dentro, se siente un instante, repetido quizá solo cuatro o cinco veces en la vida, en el que sabes que, esos treinta segundos lo compensan absolutamente todo.




21 nov 2014

Bravo

Es realmente difícil expresar lo que te hace sentir la música solo con palabras.
En realidad toda forma de arte es difícil de explicar solo con palabras, pero en concreto la música es un arte que te entra muy dentro, tan directo al alma que es perceptible con apenas un roce; y las caricias del alma son realmente inexplicables.
A pesar de todo me entran ganas de explicar lo que se siente aunque solo sea para dejar constancia de ello, y sabiendo que un 80% quedará fuera de todo intento descriptivo.

De pequeña me hablaban de tocar metido en tu burbuja; yo no lo entendía. Seguía saliendo al escenario cada vez más nerviosa y con temblor hasta las pestañas. Ya no solo, por supuesto, no creaba ninguna burbuja sino que me daba la sensación de que el sonido huía de mi cuerpo y del de mi violín por cada nota que tocaba. Pero el otro día por fin lo entendí. Entendí que crear una burbuja es agarrar el sonido, suavemente, sin forzarlo, cogerlo de la mano, besarlo, abrazarlo, seducirlo y al fin fundirte realmente con él. Una burbuja es un campo de fuerza que se crea a partir de esa fusión. Un campo de fuerza en el que te sientes invencible, en el que estás completamente segura y eres consciente de que solo existís el sonido y tú.
Hacer el amor con el sonido, eso es lo que se siente. Desde los preliminares hasta el clímax más absoluto. Estar ahí delante y sentir que poco a poco vas camino de un instante en el que te haces eterno. Y sientes eso, ya no existe nadie. Es entonces cuando empieza a surgir la burbuja, a crearse conforme vas vibrando.
Cada armónico suena en cada uno de los huesos de tu cuerpo, como si el instrumento fuera un apéndice, una parte más de ti. Llega un momento en el que el tiempo parece ir más despacio y eres consciente de la excitación de cada poro de tu piel. Un momento en el que no eres tú, sino que sois un todo.
A veces entran ganas de llorar, porque el cuerpo parece que no puede abarcar dos almas tan grandes, o, según se vea, una sola aumentada casi al doble su tamaño. No son nervios lo que se siente, no, es pura excitación, una excitación similar a la que se siente al amar a alguien. Como dice la canción de Extremoduro, "ama, ama, y ensancha el alma" yo diría "toca, toca, y ensancha el alma". Eso es música, el ensanchamiento del alma. Y todavía se extrañan algunos de que se dé la vida por ella.

Encontré esa sensación otra vez justo anoche, esta vez en un bar con poca luz y mucha gente; pero esta vez la burbuja no partía de un solo cuerpo ni tampoco solo de un alma. Esta vez la fuerza que se creaba partía de cuatro almas cada vez más grandes. Almas que resonaban la una en los armónicos de las otras cada vez que un sonido se desprendía de sus cuerdas. 
A veces cerraba los ojos y sentía cómo era flotar dentro de algo que la gente que nos miraba no podía comprender.

Cuando acabamos, con los ojos vidriosos, no hicieron falta palabras, sabíamos que esta vez el verbo quedaba relegado a un segundo plano. Solo nos sonreímos y sentimos como el campo de fuerza que había creado nuestro instante eterno se iba deshaciendo al compás de los acalorados aplausos.
Entonces fue cuando valieron la pena los llantos, los gritos, las discusiones, las frustraciones, pero también las risas, las miradas cómplices y el trabajo bien hecho.

Es ahora cuando vale la pena el amor, el arte y la música.
Ahora y siempre.
Cordialmente. 


9 oct 2014

El entrañable señor de la cuesta

Algo bueno de no tener carné de conducir es poder contemplar el amanecer desde el autobús, el roce del aire fresco en la cara, que te despeja el sueño, pero no los sueños, mientras bajas la cuesta, o que el entrañable hombrecillo que todas las mañanas pasea a su perro viejito te salude con su voz matutina, ronca, pero siempre alegre a pesar de las tempranas horas.



Da igual qué le digas, le digas lo que le digas él siempre te va a contestar "Hasta luego, maja".
"Hola, buenos días" "Hasta luego, maja", "¿Qué tal? buenas tardes" "Hasta luego maja", "Adiós, adiós, que pierdo el bus..." "Hasta luego, maja". Analicemos el mensaje: "hasta luego", que no "adiós", lo que ya implica una despedida abierta y no una definitiva, sabe que volverás a pasar por allí y es consciente de ello. "Maja", que no "bonita" ni "guapa", no, el adjetivo está bien elegido para no comprometer a ninguno de los sujetos.
Bueno, al final seguro que no lo ha pensado tanto y en el fondo es un mensaje simple, sin mayor relevancia. Sin embargo lo importante es que saluda siempre y siempre se para cuando pasas y no saluda queriendo no perder el tiempo en ello.

En estos tiempos grises, cuando parece que el terror y el miedo en general, acuciado casi por el cercano halloween, ganan terreno, cuando solo se habla de cosas tristes y las noticias amargan, cuando solo comentamos cuán mal está el mundo, conviene fijarse en estas cosas:
En el bibliotecario que trapichea un poco, como si fuera algo ilegalísimo, y sin que no lo sepáis más que él y tú te renueve un buen libro que no has tenido aun tiempo de leer y se despida con un afable "¡Que lo disfrutes, preciosa!", o el camarero de la cafetería de la esquina que te dice cuando llegas: "Va a ser lo de siempre, ¿verdad? café y pincho de empanada", o el conserje que se hace el malo pero que bromea hasta darte una cabina a pesar de no tener el imprescindible permiso.
Conviene fijarse en las personas que hacen que se curven un poquito las comisuras entre tanta moda del ceño fruncido; la mamá que compra trufas y las esconde en la nevera, la amiga que te trae un bizcocho y mermelada casera a casa aunque solo se quede media hora o el amigo que prefiere dejarte su cómoda cama y dormir él en un sofá cochambroso.

Por favor, hay que ser amables, porque cuando la protagonista de este tiempo es la aterradora "niña de la curva" nos conviene fijarnos, aunque solo sea por salud, en el entrañable señor de la cuesta.

27 sept 2014

Egoísmo

"Es la debilidad del hombre lo que lo hace más sociable; son nuestras comunes miserias las que inclinan nuestros corazones a la humanidad; si no fuésemos hombres no le deberíamos nada. Todo apego es un signo de insuficiencia; si cada uno de nosotros no tuviese ninguna necesidad de los demás ni siquiera pensaría en unirse a ellos. Así, de nuestra misma deficiencia nace nuestra frágil dicha. Un ser verdaderamente feliz es un ser solitario: solo Dios goza de una felicidad absoluta; pero, ¿quién de nosotros tiene idea de cosa semejante? Si alguien imperfecto pudiera bastarse a sí mismo, ¿de qué gozaría según nosotros? Estaría solo, sería desdichado. Yo no concibo que quien no tiene necesidad de nada pueda amar algo; y yo no concibo que quien no ame nada pueda ser feliz".
(Jean-Jacques Rousseau, Emilio)



El egoísmo está considerado una cualidad mala para el hombre. Su estricto sentido de centrarse en uno mismo (ego: yo e -ísmo: practica de) en nuestra sociedad se considera nocivo y te educan para que te fundes en eso. Pero la teoría y la práctica a veces no se llevan del todo bien.
Por ejemplo, en la teoría un padre enseñará a su hijo que debe compartir con sus compañeros sus juguetes, pero luego, en la práctica, no dejará que coja su taza del desayuno porque "es la taza de papá".
Nos convierten en seres materiales, egocéntricos obnubilados obsesionados con un "yo, me mí, conmigo" que le viene muy bien al sistema imperante en el que estamos adheridos pegajosamente, como moscas en una enorme telaraña. "Cada uno con su taza y dios en la de todos", nos dicen subliminalmente; y así cada uno comprará su propia, exclusiva y personal taza de desayuno.

El mundo se llena de hipócritas que hablan de solidaridad y ensalzan el verbo compartir pero que luego no tienen más horizonte que su propia nariz. Nos volvemos mentirosos, y no solo con el resto del mundo, que evidentemente, sino especialmente con nosotros mismos, que es lo grave.
En realidad no somos egoístas, no somos egocéntricos, en realidad somos sistemistas, sistecéntricos, fieles no a nosotros mismos, como nos hacen creer, ni tampoco al resto como pretenden, falsamente, que aprendamos.
Solo somos siervos de un sistema, porque si realmente fuéramos egoístas, nos centráramos en la práctica de nosotros mismos, en nuestro "yo persona", no por ello dejaríamos de lado a los otros. Para ser persona hay que tratar al resto como a personas, ya que si no corres el riesgo de perder tu humanidad y todo lo que ello conlleva: una meta humana, que es tu naturaleza.

Pensemos pues la paradoja: Un sistema nos dice de no ser egoístas para convertirnos en sistemistas a su antojo pero si realmente te centras en cada ser humano como persona, es decir, tratas a los demás como iguales. lo haces por ti mismo, como un completo y auténtico egoísta.
Interesante.

20 sept 2014

¿Qué hacíamos cuando esperábamos?

18.55 de la tarde. Vaya, llego pronto, cinco minutos antes de lo previsto. Hay más gente esperando, van llegando. Qué vergüenza llegar los primeros... a ver, saquemos todos el móvil para no concentrarnos los unos en los otros. Imagínate qué liada si no tuviéramos pantallas en las que sumergirnos en estas situaciones incómodas, ¿qué haríamos cuando esperásemos? ¿mirarnos? ¿hablar? ¿pensar un poco?
¿Qué hacíamos cuando no teníamos teléfonos y nos tocaba esperar por haber llegado los primeros?





A lo largo de mi paseo hasta la plaza me fijé en grandes grupos de amigos, imagino que serían, sentados alrededor de una mesa hablando... bueno no, callados, cada uno mirando hacia abajo, con un aparatito que les iluminaba el rostro. Seguro que estarían quedando con alguien, o hablando de algo importante, no vamos a ser injustos, seguro que había una buena razón, pero es curiosa la paradoja: quedas con alguien para, se entiende, hablar de algo interesante, o de cosas que te importan y, cuando al fin tienes delante a esa persona, decides que corre más prisa quedar con otra para hablar de otras cosas importantes. Entramos así en un circulo vicioso absurdo y que se me antoja bastante incomprensible; quedar con alguien para, mientras estás con esa alguien, quedar con otro alguien, y cuando al fin estás con esa persona volver a quedar con la anterior para repetir lo mismo. Al final siempre se queda pero nunca se hablan esas cosas importantes.

Dos personas llegan al tiempo a la plaza. Ni siquiera se molestan en mirar alrededor. "Qué mal voy a quedar, por dios, como una boba mirando a ver si ha llegado o no mi cita... mejor que me busque ella". El joven es inglés y la chica española, ambos sumergidos en su móvil. Han quedado para un intercambio bilingüe, una conversación, han quedado para hablar, y solo me doy cuenta cuando, un cuarto de hora después de haber llegado, los dos a la vez, a la plaza, al chico se le ocurre, por una casualidad de la vida, levantar la mirada y percatarse de que justo en frente hay una chica que parece esperar a alguien. Vaya, quince minutos de interesante charla perdidos.

Me doy cuenta de que nos pone muy nerviosos esperar y que lo único que nos alivia de ese pesar y esa vergüenza de llegar unos minutos antes, es sumirnos en la luz divina y venerada de nuestros smartphones. ¿Podemos recordar lo que hacíamos cuando esperábamos? ¿Nos poníamos igual de nerviosos sabiendo que estábamos solos, porque aún no había llegado nuestra cita, pero a la vez estando rodeados de gente?

El ser humano tiene miedo de estar solo pero no sabe vivir en sociedad.
A lo mejor en vez de sumergirnos en pantallas podríamos hacerlo en libretas, e incluso quizá resultáramos más interesantes.


4 sept 2014

Ser un genio

    Hace unos días tuve el gusto de escuchar una clase de violín de Sergey Fatkulin en la que un amigo tocaba el rondó capriccioso de Saint Saëns. Entre otro buenos comentarios que hizo, el profesor nos hizo una pregunta: qué es ser virtuoso. Ambos contestamos parecido: velocidad de dedos, buena técnica, soltura, perfeccionamiento... Fatkulin se sorprendió notablemente con nuestras respuestas ya que para él, que se había pasado unos cuantos años perfeccionando su español, entendía que una persona virtuosa es aquella que posee una virtud, es decir, alguien que tiene algo especial que le caracteriza y hace único, y no se equivocaba. Un virtuoso es aquel que domina una técnica o arte extraordinariamente, y doy especial énfasis a la palabra "extraordinariamente".

    Ser un genio, a eso se reduce. Y parece que todos queremos ser genios, poseer una virtud, porque eso es lo que va a hacernos únicos y nos va a diferenciar del resto. Por otro lado la meta de todo hombre, su objetivo último, y esto es sabido desde el inicio de los tiempos y las primeras filosofías, es la felicidad; así, se entiende que si deseamos ser un genio es porque creemos que de esta forma seremos más felices.

    He visto tocar a niños de 13 años, de 11, obras que gente de 25, con máster, aún está perfeccionando. Son auténticos genios, sean felices o no, transmiten, son únicos, marcan la diferencia. Son el claro ejemplo de genio que buscábamos.
La pregunta que me hago, sin embargo no es la mil veces citada de si un genio puede ser feliz, sino si un genio es feliz por el mero hecho de ser genio. Creo que nos equivocamos al pensar que es la genialidad la que otorga la felicidad. La genialidad está, es innata, que se desarrolle o no ya es otra cosa. Parece que los genios viven en esa costumbre de ser genios y que quien no lo es pretende alcanzar su meta de ser feliz convirtiéndose, y mientras tanto vive en una infelicidad impuesta por su categoría de mediocre, sin embargo, ¿seríamos de verdad felices siendo genios? y los genios, ¿son felices? pero sobre todo, ¿son felices por ser genios?

Dejando de liar la madeja precipito mi conclusión: ni los genios tienen la obligación de ser felices, ni los que no lo son la de ser infelices. La genialidad va por un lado y la felicidad por otro.
Quizá convenga que haya mas felices que genios para que quizá entonces haya muchos genios felices.



14 jun 2014

Qué feliz es el dinero haciéndonos felices

La gente va a los centros comerciales a pasearse y yo sigo sin creérmelo. Ir a un edificio lleno de tiendas que está lejos de todo a pasearte, para no comprarte nada y sin necesidad de comprarte nada, solo por el hecho de pasear. Por dios, ¡mejor pasear por el campo por mucha alergia que tengas!



Ayer fui a un concierto didáctico sobre Bach, ¡sobre Bach! Sí, habéis leído bien. Pero había mucha menos gente que la que esta mañana he visto en el centro comercial.
Me preocupa que se vea más necesario llenarse el bolsillo que llenarse el espíritu, y es que es gracioso ver que cuando te preguntan si el dinero da la felicidad todos contestamos que no; contestamos que no pero no somos demasiado consecuentes. Si usamos un maldito centro comercial como lugar de recreo nos contradecimos completa y absolutamente en nuestra tan segura afirmación de que el dinero no nos hace felices. El concierto de ayer era completamente gratis, y, me permito decir, bastante más entretenido que una tienda de ropa, y aun así había asientos libres. Soy poco comprensiva, supongo, y me faltará empatía para comprender a quienes son felices mirando trapitos y son incapaces de serlo escuchando a Bach.
A lo mejor es lo que se nos inculca poquito a poco desde pequeños: "El dinero no da la felicidad, niños, pero os voy a comprar un juguetito cada vez que os comáis la verdura". E incluso más adelante: ¿Un billete de diez euros por cada examen de lengua que apruebes? Por favor, he sido testigo de situaciones tan surreales como estas y no puedo evitar asustarme. Me doy cuenta de que desde niños nos enseñan que estudiamos únicamente para, a posteriori, ganar dinero, pero siempre bajo la protección de la sentencia "el dinero no da la felicidad", que parece que nos despoja del sentimiento de culpa. Absurdo. Siempre nos han dicho que nuestro objetivo en la vida es ser felices, entonces el niño se preguntará: si estudiamos porque nos dan dinero y el dinero no da la felicidad, ¿para qué estudiamos? 
El placer de leer por leer, de estudiar una egagrópila por mera curiosidad o de escuchar y aprender la música de Bach sin ningún fin utilitarista se nos antoja banal y absurdo porque nos han dicho que es así. 

Nos hacen decir que el dinero no da la felicidad cuando en realidad deberíamos decidir por nosotros mismos qué es lo que nos hace felices sin necesidad de que nadie nos lo diga. Darnos cuenta de lo poco consecuentes que somos, pero darnos cuenta solos.

Cada vez hay más centros comerciales y menos conciertos, como cada vez hay más masa y menos personas.

2 jun 2014

La sonrisa de la memoria

A veces cuando caminas por la calle piensas en algo que te lleva a otro pensamiento que a su vez se engarza a otro. Al final el primero no tiene nada que ver con el último pero si no hubiera sido por éste, el otro nunca habría aparecido. Qué curiosa la mente, la memoria, que une a la velocidad del pensamiento un recuerdo con otro, instantes vividos, e incluso, en ocasiones, los deforma a su antojo.



El otro día conté cincuenta personas, cincuenta, con el móvil de la mano desde la cafetería de la plaza hasta la universidad. Pasé en frente de una bombonería donde antes había otra en cuya puerta de cristal había escrito: prohibida la entrada a todo aquel que no sea dulce trufa. Me acordé del vergonzoso momento de sacarle una foto a una puerta de cristal mientras, desde dentro, la dependienta te mira con la boca torcida. No pude evitarlo y solté una carcajada. Justo en ese momento una chica levantó la vista de su teléfono y me dedicó una mirada extrañada e incluso un poco ofendida, quizá pensaba que me reía de ella. A mí casi ni me dio rabia, sino más bien lástima. Seguramente ella también sonreirá a su pantalla táctil cuando le escriban algo bonito o le manden una foto graciosa, pero no es lo mismo sonreirle a un teléfono que sonreír al aire; no luce tanto, supongo. Bueno, independientemente de eso, lo que me hizo gracia a mí fue su mirada sorprendida al verme a mí sonreír sin motivo aparente. Seguro que si ella viera esa frase le sacaría una foto para mandársela a alguien. Mmm, y yo, ¿la saqué en su momento para enviársela a alguien? capturar un momento de felicidad, de alegría en un dispositivo y poder transmitir ese momento a quien quieras. La verdad que cada vez que lo pienso me vuelve a sorprender. Luego lo pienso mejor y me parece banalizar esos momentos. ¿A quién quieres demostrar que estás feliz? ¡Contigo mismo te basta y te sobra!, pero no, hay ahí un empeño que me inquieta. Bueno, las demostraciones son importantes, sobre todo las de afecto, como te falten las demostraciones de afecto estás perdido, y mira que le cuesta a la gente. Le cuesta... "¡Cómo cuesta la cuesta!" decía mi madre cuando subíamos en bici la cuesta de casa. Buf, pero hace mucho de eso. ¡Qué ganas de montar en bici! oler el aire, escuchar un nuevo mundo de Dvorak mientras idealizas un poco el de verdad... mañana iré en bici. Bueno aunque igual hace viento... ¡pero me quejaré yo de viento! para viento el que había en Coruña aquel día que las olas rompieron la barandilla. ¡Qué buen fin de semana pasé! Buah, y la ola que empapó a Manu...
Solté otra carcajada y un señor muy bien vestido, seguramente recién salido de una reunión, levanta la vista de su "teléfono inteligente". 
Mientras sumo mentalmente cincuenta y una personas a la lista sonrío pensando en la poca relación que tienen los bombones con las olas de Coruña. Bueno, igual no tan poca.

25 may 2014

Rostros de bus

Al entrar me recibe un silencio sepulcral. Todos están sentados excepto una mujer que se apoya en su paraguas y un hombre que se recuesta pesadamente en la ventana. Como si algo muy trascendente acabara de pasar, todas las miradas se vuelven hacia mí. "Cuánto tedio", pienso, y me siento haciendo malabares con el violín y la mochila mientras el autobús hace la curva. El resto de los presentes se deleita mirando el insustancial espectáculo matutino.


Realmente hay mucho silencio. En frente tengo a un señor con bigote que agarra una bolsa entre sus piernas. Le observo; me hacen gracia los señores con bigote, cuando se ponen nerviosos son incapaces de no moverlo.
Una señora mayor con un abrigo rojo se queda mirando al vacío. ¿En qué estará pensando? Creo que en sus nietos y en que le duele un juanete, porque retuerce el pie de manera extraña, pero su cara tiene una expresión tierna.
En frente de ella está una mujer sentada con las piernas apretadas y medio de puntillas. En un empeño por parecer menos madura se ha puesto unos leguins apretadísimos y unas botas con cadenas. Tiene un abrigo de leopardo y en su dedo anular luce un anillo tan desmesuradamente grande que me hace plantearme cómo escribirá con aquello puesto. Se mira las uñas, debe estar pensando que el color que ha elegido es demasiado cálido para el frío que hace esa mañana.
Una adolescente con una raya de ojos muy negra y gruesa, y con el pelo por la cara, mira por la ventana empañada mientras escucha música con unos cascos enormes. No sé si está un poco triste o quiere adoptar una pose de indiferencia arisca y seria para ocultar lo que verdaderamente siente.
Un señor con incipiente calva cruza las piernas y sostiene, entrecruzando también sus manos, un paraguas verde oscuro bastante feo.Parece que quiere tener el menor contacto posible con el asiento del bus, ni siquiera apoya la espalda. Me pregunto qué impertinente razón le habrá llevado a coger el transporte público que, según demuestra la altivez de sus cejas, tanto infravalora.
Al fondo hay un par de chicas con mochilas de colegio, bueno, quizá ya de instituto, que están muy interesadas en la conversación que les ofrecen sus respectivos teléfonos. A veces se les ilumina la cara, pero creo que más que por la emoción que pueda tener la charla, es por el brillo de la pantalla.
Una señora se mordisquea el labio mientras temblequea su pierna izquierda insistentemente. Llega tarde, seguro.
A su lado hay una mujer con unas gafas de sol enormes. Se cree que no se le ven los ojos, que analizan, con una pizca de desprecio, todos los movimientos de su compañera de asiento. Solo se explica que lleve gafas de sol para pasar desapercibida en su afición por examinar tan sin reparo a la gente, porque en realidad está lloviendo. Me sorprenden sus labios tan perfectamente perfilados. ¿Cuánto habrá tardado? Solo hay dos posibilidades: O ha tardado mucho, o no ha tardado nada por hacerlo todos los días. De una forma u otra su cara sigue sin decirme nada.
De repente se me ocurre volver la cabeza y me encuentro otros ojos que me observan. Enseguida aparto la mirada y, en mitad de ese silencio, que nunca imaginé que pudiera tener tanto protagonismo en el transporte público, me pregunto si esa otra persona que me miraba estaría analizando, como yo, los rostros del bus.


13 may 2014

Dialogar sin palabras

Ya había oído maravillas del cuarteto, pero nunca imaginé que fuera para tanto.
Salieron al escenario con la naturalidad de quien se despierta cada mañana, y ya daba gusto verles tan confiados. Su tranquilidad aseguraba la calidad del concierto.
El cuarteto Disonancia de Mozart no hizo más que abrir boca; dialogaban sin palabras. Les bastaba la música que les había dejado el joven clásico y cuatro arcos barrocos para trasmitir todo lo que querían decir.
Llegaron las Metamorphosis nocturnas de Ligeti, y no fueron menos. Ante los ojos aparecía una mariposa recientita dando sus primeros aleteos tras la laboriosa tarea de bordarse en su crisálida. Y todo sobre unos intervalos de segundas mayores ascendentes que la iban esbozando en el aire del teatro. Mientras tocaban, cada uno de los componentes del cuarteto parecía estar expectante con quien tenía al lado. Se sorprendían en cada acorde que sonaba, como si aquello que, seguro, tantas veces habían ensayado lo tocaran por primera vez. Y ahí es donde estaba la magia. Tuve la suerte de colocarme lo suficientemente cerca como para oír el golpe de los dedos de la violín primero en la madera al pisar la cuerda, y me hacía sentir las notas más cerca de mí.
Con el cuarteto en do menor de Brahms, la última obra, no nos dejaron menos sorprendidos. Había amor entre nota y nota. Los instrumentos se saboreaban, unas veces dulcemente y otras con la pasión que solo aflora a través de la música. Respiraban a tempo y su latido iba exactamente al mismo ritmo, si no no me explico cómo se puede tocar así.
No hablaron hasta el momento de presentar el pequeño bis que traían preparado, una pequeña romanza de Enrique Granados, pero no les hizo falta porque nos dijeron todo lo que nos querían decir, y a nosotros nos dejaron sin palabras


4 may 2014

Nuestro canto de mirlo

Según supe, por fuentes fiables, hace bien poco, los mirlos no tienen un canto común, como pueden tenerlo los gorriones o los ruiseñores, que cantan todos del mismo modo, dentro de su tipo. Los mirlos no, cada mirlo, por separado, tiene un canto característico, propio solo de él mismo.

Qué curioso se me antoja que cada pequeño pajarito de estos de plumaje negro y pico anaranjado tenga su propia forma de hablar, su personalidad. Todos se entienden entre ellos, claro, no les queda otra para poder perpetuar la especie, pero soy incapaz de no relacionar los mirlos con las personas, si esto es así.

Cada persona también habla de una forma particular, de una manera personal y única, o al menos eso sería lo ideal, reflejando en sus palabras las distintas influencias, sentimientos y experiencias que ha tenido a lo largo de su vida, creando su propio canto de mirlo. Pero hay quién no lo tiene, quien quizá no se atreve realmente a darle forma, quien ahoga su canto, ya sea conscientemente o sin querer hacerlo. ¡Qué lástima dejarse llevar por los cantos estándares que pululan en fila, sin rumbo a cualquier parte!
Siempre hay que tener rumbo, aunque no se sepa a ciencia cierta dónde ir. Una vez una amiga me dijo que lo importante no es sólo saber dónde vas, sino saber dónde estás en cada momento.

No hay que dejarse llevar por otros cantos sino tener muy claro por qué canto, a quién le canto y cómo canto.