"Han inventado un nuevo mundo para mantener entretenidos a los seres humanos". Cualquier película que fuera del palo de "1984", "V de vendetta" o "Un mundo feliz" podría empezar su trailer con una sentencia como la entrecomillada.
Hace algunos días charlaba con una amiga sobre el tema que tanto nos gusta tratar de los teléfonos y sus aplicaciones alienantes. De nuevo coincidíamos en lo útiles que son pero lo mal que se utilizan. Una vez le preguntaron a un psicólogo: si viniera un extraterrestre y le preguntara sobre el género humano, ¿qué le diría?, a lo que el psicólogo respondió, le diría que el género humano es aquel que teniendo en el bolsillo un dispositivo capaz de acceder a toda la información del mundo lo emplea para comunicarse con el que se sienta a su lado.
Un cuchillo sirve para cocinar, pero con él también puedes quitarle la vida a alguien.
A veces la metáfora se me asemeja a lo que ocurre con el whatsapp, pero de una manera más moderna y futurista. Tal y como acordaba con mi amiga, el whatsapp es capaz de crear un nuevo espacio-tiempo.
Vayamos por partes. El tiempo. Si nos paramos a pensar, el tiempo real y el tiempo de whatsapp distan bastante de seguir los mismos parámetros. Whatsapp crea una esfera de tiempo paralela, ralentiza nuestro tiempo, por lo que crea urgencias. Urgencias que, primero, no son urgentes pero que, segundo, las hacemos, precisamente, muy urgentes.
Si mientras estás tomando café con alguien esa persona permanece callada cinco escasos segundos, podemos considerarlo casi un silencio incómodo, una pausa demasiado larga en la conversación. Sin embargo, cinco segundos en una conversación por whatsapp apenas se perciben. De hecho si recibimos respuesta en este intervalo de tiempo consideramos que nuestro interlocutor es bastante rápido en sus contestaciones.
Con la urgencia de recibir esa respuesta somos capaces de alargar una conversación días, e incluso semanas. El tiempo de whatsapp se dilata y se dilata creando esa adicción cerebral, inherente a los seres humanos, de obtener respuestas.
En cuanto al espacio pasa algo similar. Crea nuevos espacios porque nos hace creer que todas las personas están en el teléfono. Algo que, si nos ponemos a pensar un poco, nos parecería del todo absurdo, pero que al final acabamos pensando inconscientemente. Tenemos a nuestra disposición a todo aquel que queramos, prácticamente con teclear unos botones. Y eso, a la larga, acaba convirtiéndonos en seres solitarios que creen no estar, en absoluto, solos.
Nos dan un tiempo y un espacio particular de cada uno, dándonos la capacidad de prescindir de aquel que nos pone en común a todos. Pequeños mundos en los que mantenernos entretenidos, creyéndonos juntos, pero solos, y filmando nuestra propia película.
24 nov 2015
26 oct 2015
Homenaje a las cosas cotidianas
Qué poco caso les hacemos a las cosas cotidianas. Y nos nos damos cuenta de lo importantes que son para nuestra vida diaria.
Prestémosle atención al desayuno, ese desesperado que nos recibe cada mañana sin más razón que la de ser devorado.
O qué me dicen de la almohada, aguantando pesadillas, sudores y lágrimas desde nuestra más tierna infancia; aunque bien es verdad que quizá es también el único testigo que tiene plena memoria de todos nuestros sueños.
El edredón, que, por cierto, es con lo que todos soñamos en invierno, es aquella cosa cotidiana que todas las noches te abraza, te arropa, te da calor, y que por las mañanas aguanta el hecho de que no hagas la cama, y te espera frío y desordenado hasta la noche.
Los calcetines. Una pareja trabajadora bajo condiciones no demasiado agradables. Hace tiempo que dejó de existir el Sindicato del Remiendo y cuando ya no sirven para el oficio se les jubila sin indemnización.
Por no citar las verdaderas condiciones inhumanas del papel higiénico o el cepillo de dientes. Están más que sabidas, cierto es, pero que sepan que me acuerdo.
El postre. Un elemento fundamental. Alguien que siempre tiene algo dulce que ofrecer para que no te vayas con mal sabor de boca.
O el lapicero, por ejemplo, que parecemos tenerlo en menos estima que su eclipsante compañero de trabajo, el boli. Sin embargo el lapicero sí nos permite errar y reparar, a pesar de que lo tajemos sin piedad con el sacapuntas enfebrecidos por un trazo más fino. Ahora, con la modernización, ha llegado el portaminas, más cómodo y práctico, y el lápiz ha pasado a ser un elemento prescindible en todo estuche, a pesar de ese olor a madera, tan único, que le caracterizaba.
Parece que hemos empezado a tener en cuenta los detalles más poéticos: los amaneceres, los atardeceres, el olor de la hierba mojada, la espuma del café, la lluvia en la cara, los remolinos de hojas en otoño... Pero de las cosas realmente cotidianas, y cosas en el más estricto sentido de la palabra, el tenedor, las bombillas, los imperdibles, los clips, los sobres de azúcar de las cafeterías... son cosas que si desaparecieran seguramente no sabríamos que lo habrían hecho, pero al mismo tiempo sentiríamos su ausencia.
Prestémosle atención al desayuno, ese desesperado que nos recibe cada mañana sin más razón que la de ser devorado.
O qué me dicen de la almohada, aguantando pesadillas, sudores y lágrimas desde nuestra más tierna infancia; aunque bien es verdad que quizá es también el único testigo que tiene plena memoria de todos nuestros sueños.
El edredón, que, por cierto, es con lo que todos soñamos en invierno, es aquella cosa cotidiana que todas las noches te abraza, te arropa, te da calor, y que por las mañanas aguanta el hecho de que no hagas la cama, y te espera frío y desordenado hasta la noche.
Los calcetines. Una pareja trabajadora bajo condiciones no demasiado agradables. Hace tiempo que dejó de existir el Sindicato del Remiendo y cuando ya no sirven para el oficio se les jubila sin indemnización.
Por no citar las verdaderas condiciones inhumanas del papel higiénico o el cepillo de dientes. Están más que sabidas, cierto es, pero que sepan que me acuerdo.
El postre. Un elemento fundamental. Alguien que siempre tiene algo dulce que ofrecer para que no te vayas con mal sabor de boca.
O el lapicero, por ejemplo, que parecemos tenerlo en menos estima que su eclipsante compañero de trabajo, el boli. Sin embargo el lapicero sí nos permite errar y reparar, a pesar de que lo tajemos sin piedad con el sacapuntas enfebrecidos por un trazo más fino. Ahora, con la modernización, ha llegado el portaminas, más cómodo y práctico, y el lápiz ha pasado a ser un elemento prescindible en todo estuche, a pesar de ese olor a madera, tan único, que le caracterizaba.
Parece que hemos empezado a tener en cuenta los detalles más poéticos: los amaneceres, los atardeceres, el olor de la hierba mojada, la espuma del café, la lluvia en la cara, los remolinos de hojas en otoño... Pero de las cosas realmente cotidianas, y cosas en el más estricto sentido de la palabra, el tenedor, las bombillas, los imperdibles, los clips, los sobres de azúcar de las cafeterías... son cosas que si desaparecieran seguramente no sabríamos que lo habrían hecho, pero al mismo tiempo sentiríamos su ausencia.
7 oct 2015
El complicado asunto de ser dedicatorio
Regalar un libro no es ninguna broma. No se puede tomar a la ligera, ni como si se tratara de un obsequio igual a cualquier otro. Regalar un libro no es solo regalar una historia, regalar un libro es regalar una amplia gama de posibilidades. Posibilidades de pensar, de soñar, de desencadenar la toma de ciertas decisiones que quizá lleguen a ser de importancia...
Por eso es tan serio regalar un libro. Es como regalar un camino, un mapa, una puerta abierta hacia no se sabe dónde.
En mi caso hubo muchas puertas desde mi más tierna infancia. Mi tía tenía la costumbre de regalarme un libro casi cada vez que me veía. No le hacían falta razones de peso, como cumpleaños o fechas navideñas, cada vez que nos hacía una visita o mi madre iba a tomar un café a su casa y me llevaba con ella había un libro esperándome. Eran libros para niños, de esos que tienen muchos dibujos y pocas palabras, la mayoría no llegarían a 20 páginas, sin embargo a mí me hacía especial ilusión y así fui creando mi primera biblioteca y también mis primeras rutas.
Ahora bien, hay algo mucho más serio que regalar un libro y que es de casi vital importancia, algo que con su ausencia lograría casi la desnudez del mismo: la dedicatoria.
Si analizamos con exactitud lo que implica dedicar un libro comprobaremos fácilmente la relevancia del acto.
Para empezar, con la dedicatoria puedes ofrecer una ligera opinión personal del mapa que entregas, o del destino del mismo, lo cual influye en la perspectiva lectora del sujeto al que regalas.
Al dedicar un libro has de pensar algo conciso y breve, pero que a la vez esté lleno de significado sin descubrir toda la verdad que esconde el contenido del regalo. Para lograr esto es casi necesaria toda una estrategia.
Una dedicatoria no llega siquiera a media parte, pero ha de tener poder para arrancar al lector a emboscarse en el libro, a bebérselo y a desearlo. Y ahí está lo complicado del asunto.
Dar solo un trocito de ti dedicando algo que va a pasar a ser quizá una gran parte del otro.
No cabe duda, no es ninguna broma.
4 oct 2015
Acuarella Dall' Abaco
A veces pienso que existimos porque somos luz, música y agua, que sin estas tres cosas no seríamos perceptibles en el mundo.
Cada día nos dedicamos a pintar poquito a poco nuestra vida, con pinceladas más o menos largas, con más o menos intensidad de color y en superficies diferentes. Cada trazo nos va definiendo, como cada paso que damos hacia no se sabe dónde. Lo bello es hacer el cuadro, el proceso del mismo, con sus manchones y sus irrepetibles líneas.
Últimamente, al hablar de música y de componerla, me hablan de colores. De crear colores, de imaginarlos, de conseguir con ellos sonidos diferentes, armonías, melodías.
A veces me pasa que veo antes los colores que la música. La mayoría de las veces, de hecho. Casi siempre que me pongo a componer lo hago a través de una imagen; de repente la veo en mi cabeza y a partir de ella aparece la música. Es interesante porque muchas veces pienso que es como componer la banda sonora de un fotograma.
Sin embargo, hace unos días apareció la que debe de ser la excepción que confirma la regla. Bien es verdad que la música no es mía, sino de J.Mª F. Cl. Dall' Abaco, pero a través del Capricho 1 para cello solo apareció la imagen, y no al revés. Así que se me ocurrió pintar como mejor pude el "fonograma" que me inspiró la música de Dall' Abaco.
A veces pienso que existimos porque somos luz, música y agua, y que precisamente en cada trazo que hacemos, en cada paso que damos, se va reflejando nuestra luz, quizá alguna marca de agua y, por supuesto, nuestra música.
Cada día nos dedicamos a pintar poquito a poco nuestra vida, con pinceladas más o menos largas, con más o menos intensidad de color y en superficies diferentes. Cada trazo nos va definiendo, como cada paso que damos hacia no se sabe dónde. Lo bello es hacer el cuadro, el proceso del mismo, con sus manchones y sus irrepetibles líneas.
Últimamente, al hablar de música y de componerla, me hablan de colores. De crear colores, de imaginarlos, de conseguir con ellos sonidos diferentes, armonías, melodías.
A veces me pasa que veo antes los colores que la música. La mayoría de las veces, de hecho. Casi siempre que me pongo a componer lo hago a través de una imagen; de repente la veo en mi cabeza y a partir de ella aparece la música. Es interesante porque muchas veces pienso que es como componer la banda sonora de un fotograma.
Sin embargo, hace unos días apareció la que debe de ser la excepción que confirma la regla. Bien es verdad que la música no es mía, sino de J.Mª F. Cl. Dall' Abaco, pero a través del Capricho 1 para cello solo apareció la imagen, y no al revés. Así que se me ocurrió pintar como mejor pude el "fonograma" que me inspiró la música de Dall' Abaco.
A veces pienso que existimos porque somos luz, música y agua, y que precisamente en cada trazo que hacemos, en cada paso que damos, se va reflejando nuestra luz, quizá alguna marca de agua y, por supuesto, nuestra música.
7 jun 2015
El seguro caparazón o la regla de los don Quijotes
Mi padre siempre me dice que en la vida hay que evitar las hostias. Claro, porque duelen mucho.
Y pienso yo, lo que hay que hacer es no darse hostias a lo bobo.
A veces pienso en esa gente que te mira desde la mirilla de su caparazón, seguro, calentito, acogedor..., miran ese mundo de fuera, peligroso, lleno de dolor. Pienso en todos los golpes que se evitarán metidos ahí dentro. Sí, se los evitarán, pero también se evitarán el resto:
Todos los llantos que no eran de pena, el aire en la caída, el orgullo de volver a levantarse, los abrazos que te arropan la tristeza...
El caparazón es un seguro de vida que no te deja vivir.
Yo le respondía a mi padre: Papá, yo quiero ser como don Quijote, que iba por la vida gritando a los vientos los principios con los que defendía sus sentimientos.
Ya, me dice él con los ojos un poco húmedos, pero a don Quijote no le daban más palos porque no podían.
Le miro un rato y pienso que en realidad él es como yo y que también fue un don Quijote, pero ahora su labor es hacer de seguro caparazón. Ahora le toca arropar y advertir; pero por muchos libros que le quemaran a don Quijote él siguió pensando que podía cambiar el mundo, y se lanzó a intentarlo.
En fin, pienso, al final un poquito sí que lo cambió; al menos un buen porcentaje de la población mundial ha oído hablar de él.
Así que le contesto a mi padre:
Sí, papá, todo eso yo ya lo sé y tú también, pero en la vida yo quiero ir con el corazón por delante.
Y pienso yo, lo que hay que hacer es no darse hostias a lo bobo.
A veces pienso en esa gente que te mira desde la mirilla de su caparazón, seguro, calentito, acogedor..., miran ese mundo de fuera, peligroso, lleno de dolor. Pienso en todos los golpes que se evitarán metidos ahí dentro. Sí, se los evitarán, pero también se evitarán el resto:
Todos los llantos que no eran de pena, el aire en la caída, el orgullo de volver a levantarse, los abrazos que te arropan la tristeza...
El caparazón es un seguro de vida que no te deja vivir.
Yo le respondía a mi padre: Papá, yo quiero ser como don Quijote, que iba por la vida gritando a los vientos los principios con los que defendía sus sentimientos.
Ya, me dice él con los ojos un poco húmedos, pero a don Quijote no le daban más palos porque no podían.
Le miro un rato y pienso que en realidad él es como yo y que también fue un don Quijote, pero ahora su labor es hacer de seguro caparazón. Ahora le toca arropar y advertir; pero por muchos libros que le quemaran a don Quijote él siguió pensando que podía cambiar el mundo, y se lanzó a intentarlo.
En fin, pienso, al final un poquito sí que lo cambió; al menos un buen porcentaje de la población mundial ha oído hablar de él.
Así que le contesto a mi padre:
Sí, papá, todo eso yo ya lo sé y tú también, pero en la vida yo quiero ir con el corazón por delante.
6 dic 2014
El gran amor
Teniendo en cuenta que no tenía en mi cuerpo ninguna sustancia extraña ni droga de ningún tipo me atrevo a contar y a hacer pública la extraña experiencia que me aconteció hace algunos días durante el acalorado estudio en la cabina, anterior a un examen de violín. Para los que lo entiendan, pero también para los que no.
No tenía sensación de nervios sino de excitación, nervios bueno, vamos a llamarlos. Hay una gran diferencia, mi estómago se retorcía un poco, mariposillas y esas extrañas metáforas que se dicen, pero no estaba agobiada sino contenta, con ganas de salir a demostrar lo que había trabajado. Las ganas es lo que marcan la diferencia.
Empecé con los pasajes más difíciles para calentar los dedos y luego toqué de arriba a abajo la obra para rodarla. Y de repente llegué a un punto en el que parecía que me había teletransportado a otra dimensión, como en aquel episodio matrix de los Simpsons.
Empecé a sentir como el propio sonido del violín se iba adhiriendo a mi cuello, a mi clavícula, a mi hombro, como pequeños brazos de armónicos que rebotaban en mi cuerpo contagiándolo de sonido. No era una sensación desagradable ni pegajosa sino de lo más placentera.
Seguí tocando y las vibraciones del violín empezaron a vibrar de la misma forma, a la misma velocidad, que las mías propias. Ya no me parecía un instrumento de madera sino un auténtico ser vivo; y ni siquiera un ser vivo que yo sostenía con mi abrazo sino que éramos un ser vivo, como un apéndice imprescindible de mí, un solo cuerpo que vibraba a tempo.
La misma sensación que cuando haces el amor con alguien, los cuerpos vibran de la misma manera, con la misma excitación, al compás, fundiéndose en uno solo, en un todo.
Fueron treinta segundos de clímax absoluto, de instante eterno e inolvidable, pero bastaron para darme cuenta de que merece la pena. De que todos los llantos, las frustraciones, las horas, el esfuerzo, de que todo, absolutamente todo, merece la pena por ese instante.
La música es como un gran amor. Desde fuera puede dar la sensación de que no vale la pena, de que te trata mal, no te deja tiempo para ti y no te trae más que disgustos, o al menos que estos pesan mucho más, pero desde dentro, se siente un instante, repetido quizá solo cuatro o cinco veces en la vida, en el que sabes que, esos treinta segundos lo compensan absolutamente todo.
No tenía sensación de nervios sino de excitación, nervios bueno, vamos a llamarlos. Hay una gran diferencia, mi estómago se retorcía un poco, mariposillas y esas extrañas metáforas que se dicen, pero no estaba agobiada sino contenta, con ganas de salir a demostrar lo que había trabajado. Las ganas es lo que marcan la diferencia.
Empecé con los pasajes más difíciles para calentar los dedos y luego toqué de arriba a abajo la obra para rodarla. Y de repente llegué a un punto en el que parecía que me había teletransportado a otra dimensión, como en aquel episodio matrix de los Simpsons.
Empecé a sentir como el propio sonido del violín se iba adhiriendo a mi cuello, a mi clavícula, a mi hombro, como pequeños brazos de armónicos que rebotaban en mi cuerpo contagiándolo de sonido. No era una sensación desagradable ni pegajosa sino de lo más placentera.
Seguí tocando y las vibraciones del violín empezaron a vibrar de la misma forma, a la misma velocidad, que las mías propias. Ya no me parecía un instrumento de madera sino un auténtico ser vivo; y ni siquiera un ser vivo que yo sostenía con mi abrazo sino que éramos un ser vivo, como un apéndice imprescindible de mí, un solo cuerpo que vibraba a tempo.
La misma sensación que cuando haces el amor con alguien, los cuerpos vibran de la misma manera, con la misma excitación, al compás, fundiéndose en uno solo, en un todo.
Fueron treinta segundos de clímax absoluto, de instante eterno e inolvidable, pero bastaron para darme cuenta de que merece la pena. De que todos los llantos, las frustraciones, las horas, el esfuerzo, de que todo, absolutamente todo, merece la pena por ese instante.
La música es como un gran amor. Desde fuera puede dar la sensación de que no vale la pena, de que te trata mal, no te deja tiempo para ti y no te trae más que disgustos, o al menos que estos pesan mucho más, pero desde dentro, se siente un instante, repetido quizá solo cuatro o cinco veces en la vida, en el que sabes que, esos treinta segundos lo compensan absolutamente todo.
21 nov 2014
Bravo
Es realmente difícil expresar lo que te hace sentir la música solo con palabras.
En realidad toda forma de arte es difícil de explicar solo con palabras, pero en concreto la música es un arte que te entra muy dentro, tan directo al alma que es perceptible con apenas un roce; y las caricias del alma son realmente inexplicables.
A pesar de todo me entran ganas de explicar lo que se siente aunque solo sea para dejar constancia de ello, y sabiendo que un 80% quedará fuera de todo intento descriptivo.
De pequeña me hablaban de tocar metido en tu burbuja; yo no lo entendía. Seguía saliendo al escenario cada vez más nerviosa y con temblor hasta las pestañas. Ya no solo, por supuesto, no creaba ninguna burbuja sino que me daba la sensación de que el sonido huía de mi cuerpo y del de mi violín por cada nota que tocaba. Pero el otro día por fin lo entendí. Entendí que crear una burbuja es agarrar el sonido, suavemente, sin forzarlo, cogerlo de la mano, besarlo, abrazarlo, seducirlo y al fin fundirte realmente con él. Una burbuja es un campo de fuerza que se crea a partir de esa fusión. Un campo de fuerza en el que te sientes invencible, en el que estás completamente segura y eres consciente de que solo existís el sonido y tú.
Hacer el amor con el sonido, eso es lo que se siente. Desde los preliminares hasta el clímax más absoluto. Estar ahí delante y sentir que poco a poco vas camino de un instante en el que te haces eterno. Y sientes eso, ya no existe nadie. Es entonces cuando empieza a surgir la burbuja, a crearse conforme vas vibrando.
Cada armónico suena en cada uno de los huesos de tu cuerpo, como si el instrumento fuera un apéndice, una parte más de ti. Llega un momento en el que el tiempo parece ir más despacio y eres consciente de la excitación de cada poro de tu piel. Un momento en el que no eres tú, sino que sois un todo.
A veces entran ganas de llorar, porque el cuerpo parece que no puede abarcar dos almas tan grandes, o, según se vea, una sola aumentada casi al doble su tamaño. No son nervios lo que se siente, no, es pura excitación, una excitación similar a la que se siente al amar a alguien. Como dice la canción de Extremoduro, "ama, ama, y ensancha el alma" yo diría "toca, toca, y ensancha el alma". Eso es música, el ensanchamiento del alma. Y todavía se extrañan algunos de que se dé la vida por ella.
Encontré esa sensación otra vez justo anoche, esta vez en un bar con poca luz y mucha gente; pero esta vez la burbuja no partía de un solo cuerpo ni tampoco solo de un alma. Esta vez la fuerza que se creaba partía de cuatro almas cada vez más grandes. Almas que resonaban la una en los armónicos de las otras cada vez que un sonido se desprendía de sus cuerdas.
A veces cerraba los ojos y sentía cómo era flotar dentro de algo que la gente que nos miraba no podía comprender.
Cuando acabamos, con los ojos vidriosos, no hicieron falta palabras, sabíamos que esta vez el verbo quedaba relegado a un segundo plano. Solo nos sonreímos y sentimos como el campo de fuerza que había creado nuestro instante eterno se iba deshaciendo al compás de los acalorados aplausos.
Entonces fue cuando valieron la pena los llantos, los gritos, las discusiones, las frustraciones, pero también las risas, las miradas cómplices y el trabajo bien hecho.
Es ahora cuando vale la pena el amor, el arte y la música.
Ahora y siempre.
Cordialmente.
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