"Es la debilidad del hombre lo que lo hace más sociable; son nuestras comunes miserias las que inclinan nuestros corazones a la humanidad; si no fuésemos hombres no le deberíamos nada. Todo apego es un signo de insuficiencia; si cada uno de nosotros no tuviese ninguna necesidad de los demás ni siquiera pensaría en unirse a ellos. Así, de nuestra misma deficiencia nace nuestra frágil dicha. Un ser verdaderamente feliz es un ser solitario: solo Dios goza de una felicidad absoluta; pero, ¿quién de nosotros tiene idea de cosa semejante? Si alguien imperfecto pudiera bastarse a sí mismo, ¿de qué gozaría según nosotros? Estaría solo, sería desdichado. Yo no concibo que quien no tiene necesidad de nada pueda amar algo; y yo no concibo que quien no ame nada pueda ser feliz".
(Jean-Jacques Rousseau, Emilio)
El egoísmo está considerado una cualidad mala para el hombre. Su estricto sentido de centrarse en uno mismo (ego: yo e -ísmo: practica de) en nuestra sociedad se considera nocivo y te educan para que te fundes en eso. Pero la teoría y la práctica a veces no se llevan del todo bien.
Por ejemplo, en la teoría un padre enseñará a su hijo que debe compartir con sus compañeros sus juguetes, pero luego, en la práctica, no dejará que coja su taza del desayuno porque "es la taza de papá".
Nos convierten en seres materiales, egocéntricos obnubilados obsesionados con un "yo, me mí, conmigo" que le viene muy bien al sistema imperante en el que estamos adheridos pegajosamente, como moscas en una enorme telaraña. "Cada uno con su taza y dios en la de todos", nos dicen subliminalmente; y así cada uno comprará su propia, exclusiva y personal taza de desayuno.
El mundo se llena de hipócritas que hablan de solidaridad y ensalzan el verbo compartir pero que luego no tienen más horizonte que su propia nariz. Nos volvemos mentirosos, y no solo con el resto del mundo, que evidentemente, sino especialmente con nosotros mismos, que es lo grave.
En realidad no somos egoístas, no somos egocéntricos, en realidad somos sistemistas, sistecéntricos, fieles no a nosotros mismos, como nos hacen creer, ni tampoco al resto como pretenden, falsamente, que aprendamos.
Solo somos siervos de un sistema, porque si realmente fuéramos egoístas, nos centráramos en la práctica de nosotros mismos, en nuestro "yo persona", no por ello dejaríamos de lado a los otros. Para ser persona hay que tratar al resto como a personas, ya que si no corres el riesgo de perder tu humanidad y todo lo que ello conlleva: una meta humana, que es tu naturaleza.
Pensemos pues la paradoja: Un sistema nos dice de no ser egoístas para convertirnos en sistemistas a su antojo pero si realmente te centras en cada ser humano como persona, es decir, tratas a los demás como iguales. lo haces por ti mismo, como un completo y auténtico egoísta.
Interesante.
27 sept 2014
20 sept 2014
¿Qué hacíamos cuando esperábamos?
18.55 de la tarde. Vaya, llego pronto, cinco minutos antes de lo
previsto. Hay más gente esperando, van llegando. Qué vergüenza llegar los
primeros... a ver, saquemos todos el móvil para no concentrarnos los unos en
los otros. Imagínate qué liada si no tuviéramos pantallas en las que
sumergirnos en estas situaciones incómodas, ¿qué haríamos cuando esperásemos?
¿mirarnos? ¿hablar? ¿pensar un poco?
¿Qué hacíamos cuando no teníamos teléfonos y nos tocaba esperar
por haber llegado los primeros?
A lo largo de mi paseo hasta la plaza me fijé en grandes grupos de
amigos, imagino que serían, sentados alrededor de una mesa hablando... bueno
no, callados, cada uno mirando hacia abajo, con un aparatito que les iluminaba
el rostro. Seguro que estarían quedando con alguien, o hablando de algo
importante, no vamos a ser injustos, seguro que había una buena razón, pero es
curiosa la paradoja: quedas con alguien para, se entiende, hablar de algo
interesante, o de cosas que te importan y, cuando al fin tienes delante a esa
persona, decides que corre más prisa quedar con otra para hablar de otras cosas
importantes. Entramos así en un circulo vicioso absurdo y que se me antoja
bastante incomprensible; quedar con alguien para, mientras estás con esa
alguien, quedar con otro alguien, y cuando al fin estás con esa persona volver
a quedar con la anterior para repetir lo mismo. Al final siempre se queda pero
nunca se hablan esas cosas importantes.
Dos personas llegan al tiempo a la plaza. Ni siquiera se molestan
en mirar alrededor. "Qué mal voy a quedar, por dios, como una boba mirando
a ver si ha llegado o no mi cita... mejor que me busque ella". El joven es
inglés y la chica española, ambos sumergidos en su móvil. Han quedado para un
intercambio bilingüe, una conversación, han quedado para hablar, y solo me doy
cuenta cuando, un cuarto de hora después de haber llegado, los dos a la vez, a
la plaza, al chico se le ocurre, por una casualidad de la vida, levantar la
mirada y percatarse de que justo en frente hay una chica que parece esperar a
alguien. Vaya, quince minutos de interesante charla perdidos.
Me doy cuenta de que nos pone muy nerviosos esperar y que lo único
que nos alivia de ese pesar y esa vergüenza de llegar unos minutos antes, es
sumirnos en la luz divina y venerada de nuestros smartphones. ¿Podemos recordar lo que hacíamos cuando esperábamos? ¿Nos poníamos igual de nerviosos sabiendo que estábamos solos, porque aún no había llegado nuestra cita, pero a la vez estando rodeados de gente?
El ser humano tiene miedo de estar solo pero no sabe vivir en sociedad.
A lo mejor en vez de sumergirnos en pantallas podríamos hacerlo en libretas, e incluso quizá resultáramos más interesantes.
4 sept 2014
Ser un genio
Hace unos días tuve el gusto de escuchar una clase de violín de Sergey Fatkulin en la que un amigo tocaba el rondó capriccioso de Saint Saëns. Entre otro buenos comentarios que hizo, el profesor nos hizo una pregunta: qué es ser virtuoso. Ambos contestamos parecido: velocidad de dedos, buena técnica, soltura, perfeccionamiento... Fatkulin se sorprendió notablemente con nuestras respuestas ya que para él, que se había pasado unos cuantos años perfeccionando su español, entendía que una persona virtuosa es aquella que posee una virtud, es decir, alguien que tiene algo especial que le caracteriza y hace único, y no se equivocaba. Un virtuoso es aquel que domina una técnica o arte extraordinariamente, y doy especial énfasis a la palabra "extraordinariamente".
Ser un genio, a eso se reduce. Y parece que todos queremos ser genios, poseer una virtud, porque eso es lo que va a hacernos únicos y nos va a diferenciar del resto. Por otro lado la meta de todo hombre, su objetivo último, y esto es sabido desde el inicio de los tiempos y las primeras filosofías, es la felicidad; así, se entiende que si deseamos ser un genio es porque creemos que de esta forma seremos más felices.
He visto tocar a niños de 13 años, de 11, obras que gente de 25, con máster, aún está perfeccionando. Son auténticos genios, sean felices o no, transmiten, son únicos, marcan la diferencia. Son el claro ejemplo de genio que buscábamos.
La pregunta que me hago, sin embargo no es la mil veces citada de si un genio puede ser feliz, sino si un genio es feliz por el mero hecho de ser genio. Creo que nos equivocamos al pensar que es la genialidad la que otorga la felicidad. La genialidad está, es innata, que se desarrolle o no ya es otra cosa. Parece que los genios viven en esa costumbre de ser genios y que quien no lo es pretende alcanzar su meta de ser feliz convirtiéndose, y mientras tanto vive en una infelicidad impuesta por su categoría de mediocre, sin embargo, ¿seríamos de verdad felices siendo genios? y los genios, ¿son felices? pero sobre todo, ¿son felices por ser genios?
Dejando de liar la madeja precipito mi conclusión: ni los genios tienen la obligación de ser felices, ni los que no lo son la de ser infelices. La genialidad va por un lado y la felicidad por otro.
Quizá convenga que haya mas felices que genios para que quizá entonces haya muchos genios felices.
Ser un genio, a eso se reduce. Y parece que todos queremos ser genios, poseer una virtud, porque eso es lo que va a hacernos únicos y nos va a diferenciar del resto. Por otro lado la meta de todo hombre, su objetivo último, y esto es sabido desde el inicio de los tiempos y las primeras filosofías, es la felicidad; así, se entiende que si deseamos ser un genio es porque creemos que de esta forma seremos más felices.
He visto tocar a niños de 13 años, de 11, obras que gente de 25, con máster, aún está perfeccionando. Son auténticos genios, sean felices o no, transmiten, son únicos, marcan la diferencia. Son el claro ejemplo de genio que buscábamos.
La pregunta que me hago, sin embargo no es la mil veces citada de si un genio puede ser feliz, sino si un genio es feliz por el mero hecho de ser genio. Creo que nos equivocamos al pensar que es la genialidad la que otorga la felicidad. La genialidad está, es innata, que se desarrolle o no ya es otra cosa. Parece que los genios viven en esa costumbre de ser genios y que quien no lo es pretende alcanzar su meta de ser feliz convirtiéndose, y mientras tanto vive en una infelicidad impuesta por su categoría de mediocre, sin embargo, ¿seríamos de verdad felices siendo genios? y los genios, ¿son felices? pero sobre todo, ¿son felices por ser genios?
Dejando de liar la madeja precipito mi conclusión: ni los genios tienen la obligación de ser felices, ni los que no lo son la de ser infelices. La genialidad va por un lado y la felicidad por otro.
Quizá convenga que haya mas felices que genios para que quizá entonces haya muchos genios felices.
14 jun 2014
Qué feliz es el dinero haciéndonos felices
La gente va a los centros comerciales a pasearse y yo sigo sin creérmelo. Ir a un edificio lleno de tiendas que está lejos de todo a pasearte, para no comprarte nada y sin necesidad de comprarte nada, solo por el hecho de pasear. Por dios, ¡mejor pasear por el campo por mucha alergia que tengas!
Ayer fui a un concierto didáctico sobre Bach, ¡sobre Bach! Sí, habéis leído bien. Pero había mucha menos gente que la que esta mañana he visto en el centro comercial.
Me preocupa que se vea más necesario llenarse el bolsillo que llenarse el espíritu, y es que es gracioso ver que cuando te preguntan si el dinero da la felicidad todos contestamos que no; contestamos que no pero no somos demasiado consecuentes. Si usamos un maldito centro comercial como lugar de recreo nos contradecimos completa y absolutamente en nuestra tan segura afirmación de que el dinero no nos hace felices. El concierto de ayer era completamente gratis, y, me permito decir, bastante más entretenido que una tienda de ropa, y aun así había asientos libres. Soy poco comprensiva, supongo, y me faltará empatía para comprender a quienes son felices mirando trapitos y son incapaces de serlo escuchando a Bach.
A lo mejor es lo que se nos inculca poquito a poco desde pequeños: "El dinero no da la felicidad, niños, pero os voy a comprar un juguetito cada vez que os comáis la verdura". E incluso más adelante: ¿Un billete de diez euros por cada examen de lengua que apruebes? Por favor, he sido testigo de situaciones tan surreales como estas y no puedo evitar asustarme. Me doy cuenta de que desde niños nos enseñan que estudiamos únicamente para, a posteriori, ganar dinero, pero siempre bajo la protección de la sentencia "el dinero no da la felicidad", que parece que nos despoja del sentimiento de culpa. Absurdo. Siempre nos han dicho que nuestro objetivo en la vida es ser felices, entonces el niño se preguntará: si estudiamos porque nos dan dinero y el dinero no da la felicidad, ¿para qué estudiamos?
El placer de leer por leer, de estudiar una egagrópila por mera curiosidad o de escuchar y aprender la música de Bach sin ningún fin utilitarista se nos antoja banal y absurdo porque nos han dicho que es así.
Nos hacen decir que el dinero no da la felicidad cuando en realidad deberíamos decidir por nosotros mismos qué es lo que nos hace felices sin necesidad de que nadie nos lo diga. Darnos cuenta de lo poco consecuentes que somos, pero darnos cuenta solos.
Cada vez hay más centros comerciales y menos conciertos, como cada vez hay más masa y menos personas.
Ayer fui a un concierto didáctico sobre Bach, ¡sobre Bach! Sí, habéis leído bien. Pero había mucha menos gente que la que esta mañana he visto en el centro comercial.
Me preocupa que se vea más necesario llenarse el bolsillo que llenarse el espíritu, y es que es gracioso ver que cuando te preguntan si el dinero da la felicidad todos contestamos que no; contestamos que no pero no somos demasiado consecuentes. Si usamos un maldito centro comercial como lugar de recreo nos contradecimos completa y absolutamente en nuestra tan segura afirmación de que el dinero no nos hace felices. El concierto de ayer era completamente gratis, y, me permito decir, bastante más entretenido que una tienda de ropa, y aun así había asientos libres. Soy poco comprensiva, supongo, y me faltará empatía para comprender a quienes son felices mirando trapitos y son incapaces de serlo escuchando a Bach.
A lo mejor es lo que se nos inculca poquito a poco desde pequeños: "El dinero no da la felicidad, niños, pero os voy a comprar un juguetito cada vez que os comáis la verdura". E incluso más adelante: ¿Un billete de diez euros por cada examen de lengua que apruebes? Por favor, he sido testigo de situaciones tan surreales como estas y no puedo evitar asustarme. Me doy cuenta de que desde niños nos enseñan que estudiamos únicamente para, a posteriori, ganar dinero, pero siempre bajo la protección de la sentencia "el dinero no da la felicidad", que parece que nos despoja del sentimiento de culpa. Absurdo. Siempre nos han dicho que nuestro objetivo en la vida es ser felices, entonces el niño se preguntará: si estudiamos porque nos dan dinero y el dinero no da la felicidad, ¿para qué estudiamos?
El placer de leer por leer, de estudiar una egagrópila por mera curiosidad o de escuchar y aprender la música de Bach sin ningún fin utilitarista se nos antoja banal y absurdo porque nos han dicho que es así.
Nos hacen decir que el dinero no da la felicidad cuando en realidad deberíamos decidir por nosotros mismos qué es lo que nos hace felices sin necesidad de que nadie nos lo diga. Darnos cuenta de lo poco consecuentes que somos, pero darnos cuenta solos.
Cada vez hay más centros comerciales y menos conciertos, como cada vez hay más masa y menos personas.
2 jun 2014
La sonrisa de la memoria
A veces cuando caminas por la calle piensas en algo que te lleva a otro pensamiento que a su vez se engarza a otro. Al final el primero no tiene nada que ver con el último pero si no hubiera sido por éste, el otro nunca habría aparecido. Qué curiosa la mente, la memoria, que une a la velocidad del pensamiento un recuerdo con otro, instantes vividos, e incluso, en ocasiones, los deforma a su antojo.
El otro día conté cincuenta personas, cincuenta, con el móvil de la mano desde la cafetería de la plaza hasta la universidad. Pasé en frente de una bombonería donde antes había otra en cuya puerta de cristal había escrito: prohibida la entrada a todo aquel que no sea dulce trufa. Me acordé del vergonzoso momento de sacarle una foto a una puerta de cristal mientras, desde dentro, la dependienta te mira con la boca torcida. No pude evitarlo y solté una carcajada. Justo en ese momento una chica levantó la vista de su teléfono y me dedicó una mirada extrañada e incluso un poco ofendida, quizá pensaba que me reía de ella. A mí casi ni me dio rabia, sino más bien lástima. Seguramente ella también sonreirá a su pantalla táctil cuando le escriban algo bonito o le manden una foto graciosa, pero no es lo mismo sonreirle a un teléfono que sonreír al aire; no luce tanto, supongo. Bueno, independientemente de eso, lo que me hizo gracia a mí fue su mirada sorprendida al verme a mí sonreír sin motivo aparente. Seguro que si ella viera esa frase le sacaría una foto para mandársela a alguien. Mmm, y yo, ¿la saqué en su momento para enviársela a alguien? capturar un momento de felicidad, de alegría en un dispositivo y poder transmitir ese momento a quien quieras. La verdad que cada vez que lo pienso me vuelve a sorprender. Luego lo pienso mejor y me parece banalizar esos momentos. ¿A quién quieres demostrar que estás feliz? ¡Contigo mismo te basta y te sobra!, pero no, hay ahí un empeño que me inquieta. Bueno, las demostraciones son importantes, sobre todo las de afecto, como te falten las demostraciones de afecto estás perdido, y mira que le cuesta a la gente. Le cuesta... "¡Cómo cuesta la cuesta!" decía mi madre cuando subíamos en bici la cuesta de casa. Buf, pero hace mucho de eso. ¡Qué ganas de montar en bici! oler el aire, escuchar un nuevo mundo de Dvorak mientras idealizas un poco el de verdad... mañana iré en bici. Bueno aunque igual hace viento... ¡pero me quejaré yo de viento! para viento el que había en Coruña aquel día que las olas rompieron la barandilla. ¡Qué buen fin de semana pasé! Buah, y la ola que empapó a Manu...
Solté otra carcajada y un señor muy bien vestido, seguramente recién salido de una reunión, levanta la vista de su "teléfono inteligente".
Mientras sumo mentalmente cincuenta y una personas a la lista sonrío pensando en la poca relación que tienen los bombones con las olas de Coruña. Bueno, igual no tan poca.
El otro día conté cincuenta personas, cincuenta, con el móvil de la mano desde la cafetería de la plaza hasta la universidad. Pasé en frente de una bombonería donde antes había otra en cuya puerta de cristal había escrito: prohibida la entrada a todo aquel que no sea dulce trufa. Me acordé del vergonzoso momento de sacarle una foto a una puerta de cristal mientras, desde dentro, la dependienta te mira con la boca torcida. No pude evitarlo y solté una carcajada. Justo en ese momento una chica levantó la vista de su teléfono y me dedicó una mirada extrañada e incluso un poco ofendida, quizá pensaba que me reía de ella. A mí casi ni me dio rabia, sino más bien lástima. Seguramente ella también sonreirá a su pantalla táctil cuando le escriban algo bonito o le manden una foto graciosa, pero no es lo mismo sonreirle a un teléfono que sonreír al aire; no luce tanto, supongo. Bueno, independientemente de eso, lo que me hizo gracia a mí fue su mirada sorprendida al verme a mí sonreír sin motivo aparente. Seguro que si ella viera esa frase le sacaría una foto para mandársela a alguien. Mmm, y yo, ¿la saqué en su momento para enviársela a alguien? capturar un momento de felicidad, de alegría en un dispositivo y poder transmitir ese momento a quien quieras. La verdad que cada vez que lo pienso me vuelve a sorprender. Luego lo pienso mejor y me parece banalizar esos momentos. ¿A quién quieres demostrar que estás feliz? ¡Contigo mismo te basta y te sobra!, pero no, hay ahí un empeño que me inquieta. Bueno, las demostraciones son importantes, sobre todo las de afecto, como te falten las demostraciones de afecto estás perdido, y mira que le cuesta a la gente. Le cuesta... "¡Cómo cuesta la cuesta!" decía mi madre cuando subíamos en bici la cuesta de casa. Buf, pero hace mucho de eso. ¡Qué ganas de montar en bici! oler el aire, escuchar un nuevo mundo de Dvorak mientras idealizas un poco el de verdad... mañana iré en bici. Bueno aunque igual hace viento... ¡pero me quejaré yo de viento! para viento el que había en Coruña aquel día que las olas rompieron la barandilla. ¡Qué buen fin de semana pasé! Buah, y la ola que empapó a Manu...
Solté otra carcajada y un señor muy bien vestido, seguramente recién salido de una reunión, levanta la vista de su "teléfono inteligente".
Mientras sumo mentalmente cincuenta y una personas a la lista sonrío pensando en la poca relación que tienen los bombones con las olas de Coruña. Bueno, igual no tan poca.
25 may 2014
Rostros de bus
Al entrar me recibe un silencio sepulcral. Todos están sentados excepto una mujer que se apoya en su paraguas y un hombre que se recuesta pesadamente en la ventana. Como si algo muy trascendente acabara de pasar, todas las miradas se vuelven hacia mí. "Cuánto tedio", pienso, y me siento haciendo malabares con el violín y la mochila mientras el autobús hace la curva. El resto de los presentes se deleita mirando el insustancial espectáculo matutino.
Realmente hay mucho silencio. En frente tengo a un señor con bigote que agarra una bolsa entre sus piernas. Le observo; me hacen gracia los señores con bigote, cuando se ponen nerviosos son incapaces de no moverlo.
Una señora mayor con un abrigo rojo se queda mirando al vacío. ¿En qué estará pensando? Creo que en sus nietos y en que le duele un juanete, porque retuerce el pie de manera extraña, pero su cara tiene una expresión tierna.
En frente de ella está una mujer sentada con las piernas apretadas y medio de puntillas. En un empeño por parecer menos madura se ha puesto unos leguins apretadísimos y unas botas con cadenas. Tiene un abrigo de leopardo y en su dedo anular luce un anillo tan desmesuradamente grande que me hace plantearme cómo escribirá con aquello puesto. Se mira las uñas, debe estar pensando que el color que ha elegido es demasiado cálido para el frío que hace esa mañana.
Una adolescente con una raya de ojos muy negra y gruesa, y con el pelo por la cara, mira por la ventana empañada mientras escucha música con unos cascos enormes. No sé si está un poco triste o quiere adoptar una pose de indiferencia arisca y seria para ocultar lo que verdaderamente siente.
Un señor con incipiente calva cruza las piernas y sostiene, entrecruzando también sus manos, un paraguas verde oscuro bastante feo.Parece que quiere tener el menor contacto posible con el asiento del bus, ni siquiera apoya la espalda. Me pregunto qué impertinente razón le habrá llevado a coger el transporte público que, según demuestra la altivez de sus cejas, tanto infravalora.
Al fondo hay un par de chicas con mochilas de colegio, bueno, quizá ya de instituto, que están muy interesadas en la conversación que les ofrecen sus respectivos teléfonos. A veces se les ilumina la cara, pero creo que más que por la emoción que pueda tener la charla, es por el brillo de la pantalla.
Una señora se mordisquea el labio mientras temblequea su pierna izquierda insistentemente. Llega tarde, seguro.
A su lado hay una mujer con unas gafas de sol enormes. Se cree que no se le ven los ojos, que analizan, con una pizca de desprecio, todos los movimientos de su compañera de asiento. Solo se explica que lleve gafas de sol para pasar desapercibida en su afición por examinar tan sin reparo a la gente, porque en realidad está lloviendo. Me sorprenden sus labios tan perfectamente perfilados. ¿Cuánto habrá tardado? Solo hay dos posibilidades: O ha tardado mucho, o no ha tardado nada por hacerlo todos los días. De una forma u otra su cara sigue sin decirme nada.
De repente se me ocurre volver la cabeza y me encuentro otros ojos que me observan. Enseguida aparto la mirada y, en mitad de ese silencio, que nunca imaginé que pudiera tener tanto protagonismo en el transporte público, me pregunto si esa otra persona que me miraba estaría analizando, como yo, los rostros del bus.
Una señora mayor con un abrigo rojo se queda mirando al vacío. ¿En qué estará pensando? Creo que en sus nietos y en que le duele un juanete, porque retuerce el pie de manera extraña, pero su cara tiene una expresión tierna.
En frente de ella está una mujer sentada con las piernas apretadas y medio de puntillas. En un empeño por parecer menos madura se ha puesto unos leguins apretadísimos y unas botas con cadenas. Tiene un abrigo de leopardo y en su dedo anular luce un anillo tan desmesuradamente grande que me hace plantearme cómo escribirá con aquello puesto. Se mira las uñas, debe estar pensando que el color que ha elegido es demasiado cálido para el frío que hace esa mañana.
Una adolescente con una raya de ojos muy negra y gruesa, y con el pelo por la cara, mira por la ventana empañada mientras escucha música con unos cascos enormes. No sé si está un poco triste o quiere adoptar una pose de indiferencia arisca y seria para ocultar lo que verdaderamente siente.
Un señor con incipiente calva cruza las piernas y sostiene, entrecruzando también sus manos, un paraguas verde oscuro bastante feo.Parece que quiere tener el menor contacto posible con el asiento del bus, ni siquiera apoya la espalda. Me pregunto qué impertinente razón le habrá llevado a coger el transporte público que, según demuestra la altivez de sus cejas, tanto infravalora.
Al fondo hay un par de chicas con mochilas de colegio, bueno, quizá ya de instituto, que están muy interesadas en la conversación que les ofrecen sus respectivos teléfonos. A veces se les ilumina la cara, pero creo que más que por la emoción que pueda tener la charla, es por el brillo de la pantalla.
Una señora se mordisquea el labio mientras temblequea su pierna izquierda insistentemente. Llega tarde, seguro.
A su lado hay una mujer con unas gafas de sol enormes. Se cree que no se le ven los ojos, que analizan, con una pizca de desprecio, todos los movimientos de su compañera de asiento. Solo se explica que lleve gafas de sol para pasar desapercibida en su afición por examinar tan sin reparo a la gente, porque en realidad está lloviendo. Me sorprenden sus labios tan perfectamente perfilados. ¿Cuánto habrá tardado? Solo hay dos posibilidades: O ha tardado mucho, o no ha tardado nada por hacerlo todos los días. De una forma u otra su cara sigue sin decirme nada.
De repente se me ocurre volver la cabeza y me encuentro otros ojos que me observan. Enseguida aparto la mirada y, en mitad de ese silencio, que nunca imaginé que pudiera tener tanto protagonismo en el transporte público, me pregunto si esa otra persona que me miraba estaría analizando, como yo, los rostros del bus.
13 may 2014
Dialogar sin palabras
Ya había oído maravillas del cuarteto, pero nunca imaginé que fuera para tanto.
Salieron al escenario con la naturalidad de quien se despierta cada mañana, y ya daba gusto verles tan confiados. Su tranquilidad aseguraba la calidad del concierto.
El cuarteto Disonancia de Mozart no hizo más que abrir boca; dialogaban sin palabras. Les bastaba la música que les había dejado el joven clásico y cuatro arcos barrocos para trasmitir todo lo que querían decir.
Llegaron las Metamorphosis nocturnas de Ligeti, y no fueron menos. Ante los ojos aparecía una mariposa recientita dando sus primeros aleteos tras la laboriosa tarea de bordarse en su crisálida. Y todo sobre unos intervalos de segundas mayores ascendentes que la iban esbozando en el aire del teatro. Mientras tocaban, cada uno de los componentes del cuarteto parecía estar expectante con quien tenía al lado. Se sorprendían en cada acorde que sonaba, como si aquello que, seguro, tantas veces habían ensayado lo tocaran por primera vez. Y ahí es donde estaba la magia. Tuve la suerte de colocarme lo suficientemente cerca como para oír el golpe de los dedos de la violín primero en la madera al pisar la cuerda, y me hacía sentir las notas más cerca de mí.
Con el cuarteto en do menor de Brahms, la última obra, no nos dejaron menos sorprendidos. Había amor entre nota y nota. Los instrumentos se saboreaban, unas veces dulcemente y otras con la pasión que solo aflora a través de la música. Respiraban a tempo y su latido iba exactamente al mismo ritmo, si no no me explico cómo se puede tocar así.
No hablaron hasta el momento de presentar el pequeño bis que traían preparado, una pequeña romanza de Enrique Granados, pero no les hizo falta porque nos dijeron todo lo que nos querían decir, y a nosotros nos dejaron sin palabras
Salieron al escenario con la naturalidad de quien se despierta cada mañana, y ya daba gusto verles tan confiados. Su tranquilidad aseguraba la calidad del concierto.
El cuarteto Disonancia de Mozart no hizo más que abrir boca; dialogaban sin palabras. Les bastaba la música que les había dejado el joven clásico y cuatro arcos barrocos para trasmitir todo lo que querían decir.
Llegaron las Metamorphosis nocturnas de Ligeti, y no fueron menos. Ante los ojos aparecía una mariposa recientita dando sus primeros aleteos tras la laboriosa tarea de bordarse en su crisálida. Y todo sobre unos intervalos de segundas mayores ascendentes que la iban esbozando en el aire del teatro. Mientras tocaban, cada uno de los componentes del cuarteto parecía estar expectante con quien tenía al lado. Se sorprendían en cada acorde que sonaba, como si aquello que, seguro, tantas veces habían ensayado lo tocaran por primera vez. Y ahí es donde estaba la magia. Tuve la suerte de colocarme lo suficientemente cerca como para oír el golpe de los dedos de la violín primero en la madera al pisar la cuerda, y me hacía sentir las notas más cerca de mí.
Con el cuarteto en do menor de Brahms, la última obra, no nos dejaron menos sorprendidos. Había amor entre nota y nota. Los instrumentos se saboreaban, unas veces dulcemente y otras con la pasión que solo aflora a través de la música. Respiraban a tempo y su latido iba exactamente al mismo ritmo, si no no me explico cómo se puede tocar así.
No hablaron hasta el momento de presentar el pequeño bis que traían preparado, una pequeña romanza de Enrique Granados, pero no les hizo falta porque nos dijeron todo lo que nos querían decir, y a nosotros nos dejaron sin palabras
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