4 oct 2015

Acuarella Dall' Abaco

A veces pienso que existimos porque somos luz, música y agua, que sin estas tres cosas no seríamos perceptibles en el mundo. 
Cada día nos dedicamos a pintar poquito a poco nuestra vida, con pinceladas más o menos largas, con más o menos intensidad de color y en superficies diferentes. Cada trazo nos va definiendo, como cada paso que damos hacia no se sabe dónde. Lo bello es hacer el cuadro, el proceso del mismo, con sus manchones y sus irrepetibles líneas.

Últimamente, al hablar de música y de componerla, me hablan de colores. De crear colores, de imaginarlos, de conseguir con ellos sonidos diferentes, armonías, melodías.
A veces me pasa que veo antes los colores que la música. La mayoría de las veces, de hecho. Casi siempre que me pongo a componer lo hago a través de una imagen; de repente la veo en mi cabeza y a partir de ella aparece la música. Es interesante porque muchas veces pienso que es como componer la banda sonora de un fotograma.

Sin embargo, hace unos días apareció la que debe de ser la excepción que confirma la regla. Bien es verdad que la música no es mía, sino de J.Mª F. Cl. Dall' Abaco, pero a través del Capricho 1 para cello solo apareció la imagen, y no al revés. Así que se me ocurrió pintar como mejor pude el "fonograma" que me inspiró la música de Dall' Abaco.

A veces pienso que existimos porque somos luz, música y agua, y que precisamente en cada trazo que hacemos, en cada paso que damos, se va reflejando nuestra luz, quizá alguna marca de agua y, por supuesto, nuestra música. 

7 jun 2015

El seguro caparazón o la regla de los don Quijotes

Mi padre siempre me dice que en la vida hay que evitar las hostias. Claro, porque duelen mucho.
Y pienso yo, lo que hay que hacer es no darse hostias a lo bobo.

A veces pienso en esa gente que te mira desde la mirilla de su caparazón, seguro, calentito, acogedor..., miran ese mundo de fuera, peligroso, lleno de dolor. Pienso en todos los golpes que se evitarán metidos ahí dentro. Sí, se los evitarán, pero también se evitarán el resto:
Todos los llantos que no eran de pena, el aire en la caída, el orgullo de volver a levantarse, los abrazos que te arropan la tristeza...

El caparazón es un seguro de vida que no te deja vivir.

Yo le respondía a mi padre: Papá, yo quiero ser como don Quijote, que iba por la vida gritando a los vientos los principios con los que defendía sus sentimientos.
Ya, me dice él con los ojos un poco húmedos, pero a don Quijote no le daban más palos porque no podían.

Le miro un rato y pienso que en realidad él es como yo y que también fue un don Quijote, pero ahora su labor es hacer de seguro caparazón. Ahora le toca arropar y advertir; pero por muchos libros que le quemaran a don Quijote él siguió pensando que podía cambiar el mundo, y se lanzó a intentarlo.

En fin, pienso, al final un poquito sí que lo cambió; al menos un buen porcentaje de la población mundial ha oído hablar de él.
Así que le contesto a mi padre:
Sí, papá, todo eso yo ya lo sé y tú también, pero en la vida yo quiero ir con el corazón por delante.



6 dic 2014

El gran amor

Teniendo en cuenta que no tenía en mi cuerpo ninguna sustancia extraña ni droga de ningún tipo me atrevo a contar y a hacer pública la extraña experiencia que me aconteció hace algunos días durante el acalorado estudio en la cabina, anterior a un examen de violín. Para los que lo entiendan, pero también para los que no.

No tenía sensación de nervios sino de excitación, nervios bueno, vamos a llamarlos. Hay una gran diferencia, mi estómago se retorcía un poco, mariposillas y esas extrañas metáforas que se dicen, pero no estaba agobiada sino contenta, con ganas de salir a demostrar lo que había trabajado. Las ganas es lo que marcan la diferencia.
Empecé con los pasajes más difíciles para calentar los dedos y luego toqué de arriba a abajo la obra para rodarla. Y de repente llegué a un punto en el que parecía que me había teletransportado a otra dimensión, como en aquel episodio matrix de los Simpsons.
Empecé a sentir como el propio sonido del violín se iba adhiriendo a mi cuello, a mi clavícula, a mi hombro, como pequeños brazos de armónicos que rebotaban en mi cuerpo contagiándolo de sonido. No era una sensación desagradable ni pegajosa sino de lo más placentera.
Seguí tocando y las vibraciones del violín empezaron a vibrar de la misma forma, a la misma velocidad, que las mías propias. Ya no me parecía un instrumento de madera sino un auténtico ser vivo; y ni siquiera un ser vivo que yo sostenía con mi abrazo sino que éramos un ser vivo, como un apéndice imprescindible de mí, un solo cuerpo que vibraba a tempo.
La misma sensación que cuando haces el amor con alguien, los cuerpos vibran de la misma manera, con la misma excitación, al compás, fundiéndose en uno solo, en un todo.

Fueron treinta segundos de clímax absoluto, de instante eterno e inolvidable, pero bastaron para darme cuenta de que merece la pena. De que todos los llantos, las frustraciones, las horas, el esfuerzo, de que todo, absolutamente todo, merece la pena por ese instante.

La música es como un gran amor. Desde fuera puede dar la sensación de que no vale la pena, de que te trata mal, no te deja tiempo para ti y no te trae más que disgustos, o al menos que estos pesan mucho más, pero desde dentro, se siente un instante, repetido quizá solo cuatro o cinco veces en la vida, en el que sabes que, esos treinta segundos lo compensan absolutamente todo.




21 nov 2014

Bravo

Es realmente difícil expresar lo que te hace sentir la música solo con palabras.
En realidad toda forma de arte es difícil de explicar solo con palabras, pero en concreto la música es un arte que te entra muy dentro, tan directo al alma que es perceptible con apenas un roce; y las caricias del alma son realmente inexplicables.
A pesar de todo me entran ganas de explicar lo que se siente aunque solo sea para dejar constancia de ello, y sabiendo que un 80% quedará fuera de todo intento descriptivo.

De pequeña me hablaban de tocar metido en tu burbuja; yo no lo entendía. Seguía saliendo al escenario cada vez más nerviosa y con temblor hasta las pestañas. Ya no solo, por supuesto, no creaba ninguna burbuja sino que me daba la sensación de que el sonido huía de mi cuerpo y del de mi violín por cada nota que tocaba. Pero el otro día por fin lo entendí. Entendí que crear una burbuja es agarrar el sonido, suavemente, sin forzarlo, cogerlo de la mano, besarlo, abrazarlo, seducirlo y al fin fundirte realmente con él. Una burbuja es un campo de fuerza que se crea a partir de esa fusión. Un campo de fuerza en el que te sientes invencible, en el que estás completamente segura y eres consciente de que solo existís el sonido y tú.
Hacer el amor con el sonido, eso es lo que se siente. Desde los preliminares hasta el clímax más absoluto. Estar ahí delante y sentir que poco a poco vas camino de un instante en el que te haces eterno. Y sientes eso, ya no existe nadie. Es entonces cuando empieza a surgir la burbuja, a crearse conforme vas vibrando.
Cada armónico suena en cada uno de los huesos de tu cuerpo, como si el instrumento fuera un apéndice, una parte más de ti. Llega un momento en el que el tiempo parece ir más despacio y eres consciente de la excitación de cada poro de tu piel. Un momento en el que no eres tú, sino que sois un todo.
A veces entran ganas de llorar, porque el cuerpo parece que no puede abarcar dos almas tan grandes, o, según se vea, una sola aumentada casi al doble su tamaño. No son nervios lo que se siente, no, es pura excitación, una excitación similar a la que se siente al amar a alguien. Como dice la canción de Extremoduro, "ama, ama, y ensancha el alma" yo diría "toca, toca, y ensancha el alma". Eso es música, el ensanchamiento del alma. Y todavía se extrañan algunos de que se dé la vida por ella.

Encontré esa sensación otra vez justo anoche, esta vez en un bar con poca luz y mucha gente; pero esta vez la burbuja no partía de un solo cuerpo ni tampoco solo de un alma. Esta vez la fuerza que se creaba partía de cuatro almas cada vez más grandes. Almas que resonaban la una en los armónicos de las otras cada vez que un sonido se desprendía de sus cuerdas. 
A veces cerraba los ojos y sentía cómo era flotar dentro de algo que la gente que nos miraba no podía comprender.

Cuando acabamos, con los ojos vidriosos, no hicieron falta palabras, sabíamos que esta vez el verbo quedaba relegado a un segundo plano. Solo nos sonreímos y sentimos como el campo de fuerza que había creado nuestro instante eterno se iba deshaciendo al compás de los acalorados aplausos.
Entonces fue cuando valieron la pena los llantos, los gritos, las discusiones, las frustraciones, pero también las risas, las miradas cómplices y el trabajo bien hecho.

Es ahora cuando vale la pena el amor, el arte y la música.
Ahora y siempre.
Cordialmente. 


9 oct 2014

El entrañable señor de la cuesta

Algo bueno de no tener carné de conducir es poder contemplar el amanecer desde el autobús, el roce del aire fresco en la cara, que te despeja el sueño, pero no los sueños, mientras bajas la cuesta, o que el entrañable hombrecillo que todas las mañanas pasea a su perro viejito te salude con su voz matutina, ronca, pero siempre alegre a pesar de las tempranas horas.



Da igual qué le digas, le digas lo que le digas él siempre te va a contestar "Hasta luego, maja".
"Hola, buenos días" "Hasta luego, maja", "¿Qué tal? buenas tardes" "Hasta luego maja", "Adiós, adiós, que pierdo el bus..." "Hasta luego, maja". Analicemos el mensaje: "hasta luego", que no "adiós", lo que ya implica una despedida abierta y no una definitiva, sabe que volverás a pasar por allí y es consciente de ello. "Maja", que no "bonita" ni "guapa", no, el adjetivo está bien elegido para no comprometer a ninguno de los sujetos.
Bueno, al final seguro que no lo ha pensado tanto y en el fondo es un mensaje simple, sin mayor relevancia. Sin embargo lo importante es que saluda siempre y siempre se para cuando pasas y no saluda queriendo no perder el tiempo en ello.

En estos tiempos grises, cuando parece que el terror y el miedo en general, acuciado casi por el cercano halloween, ganan terreno, cuando solo se habla de cosas tristes y las noticias amargan, cuando solo comentamos cuán mal está el mundo, conviene fijarse en estas cosas:
En el bibliotecario que trapichea un poco, como si fuera algo ilegalísimo, y sin que no lo sepáis más que él y tú te renueve un buen libro que no has tenido aun tiempo de leer y se despida con un afable "¡Que lo disfrutes, preciosa!", o el camarero de la cafetería de la esquina que te dice cuando llegas: "Va a ser lo de siempre, ¿verdad? café y pincho de empanada", o el conserje que se hace el malo pero que bromea hasta darte una cabina a pesar de no tener el imprescindible permiso.
Conviene fijarse en las personas que hacen que se curven un poquito las comisuras entre tanta moda del ceño fruncido; la mamá que compra trufas y las esconde en la nevera, la amiga que te trae un bizcocho y mermelada casera a casa aunque solo se quede media hora o el amigo que prefiere dejarte su cómoda cama y dormir él en un sofá cochambroso.

Por favor, hay que ser amables, porque cuando la protagonista de este tiempo es la aterradora "niña de la curva" nos conviene fijarnos, aunque solo sea por salud, en el entrañable señor de la cuesta.

27 sept 2014

Egoísmo

"Es la debilidad del hombre lo que lo hace más sociable; son nuestras comunes miserias las que inclinan nuestros corazones a la humanidad; si no fuésemos hombres no le deberíamos nada. Todo apego es un signo de insuficiencia; si cada uno de nosotros no tuviese ninguna necesidad de los demás ni siquiera pensaría en unirse a ellos. Así, de nuestra misma deficiencia nace nuestra frágil dicha. Un ser verdaderamente feliz es un ser solitario: solo Dios goza de una felicidad absoluta; pero, ¿quién de nosotros tiene idea de cosa semejante? Si alguien imperfecto pudiera bastarse a sí mismo, ¿de qué gozaría según nosotros? Estaría solo, sería desdichado. Yo no concibo que quien no tiene necesidad de nada pueda amar algo; y yo no concibo que quien no ame nada pueda ser feliz".
(Jean-Jacques Rousseau, Emilio)



El egoísmo está considerado una cualidad mala para el hombre. Su estricto sentido de centrarse en uno mismo (ego: yo e -ísmo: practica de) en nuestra sociedad se considera nocivo y te educan para que te fundes en eso. Pero la teoría y la práctica a veces no se llevan del todo bien.
Por ejemplo, en la teoría un padre enseñará a su hijo que debe compartir con sus compañeros sus juguetes, pero luego, en la práctica, no dejará que coja su taza del desayuno porque "es la taza de papá".
Nos convierten en seres materiales, egocéntricos obnubilados obsesionados con un "yo, me mí, conmigo" que le viene muy bien al sistema imperante en el que estamos adheridos pegajosamente, como moscas en una enorme telaraña. "Cada uno con su taza y dios en la de todos", nos dicen subliminalmente; y así cada uno comprará su propia, exclusiva y personal taza de desayuno.

El mundo se llena de hipócritas que hablan de solidaridad y ensalzan el verbo compartir pero que luego no tienen más horizonte que su propia nariz. Nos volvemos mentirosos, y no solo con el resto del mundo, que evidentemente, sino especialmente con nosotros mismos, que es lo grave.
En realidad no somos egoístas, no somos egocéntricos, en realidad somos sistemistas, sistecéntricos, fieles no a nosotros mismos, como nos hacen creer, ni tampoco al resto como pretenden, falsamente, que aprendamos.
Solo somos siervos de un sistema, porque si realmente fuéramos egoístas, nos centráramos en la práctica de nosotros mismos, en nuestro "yo persona", no por ello dejaríamos de lado a los otros. Para ser persona hay que tratar al resto como a personas, ya que si no corres el riesgo de perder tu humanidad y todo lo que ello conlleva: una meta humana, que es tu naturaleza.

Pensemos pues la paradoja: Un sistema nos dice de no ser egoístas para convertirnos en sistemistas a su antojo pero si realmente te centras en cada ser humano como persona, es decir, tratas a los demás como iguales. lo haces por ti mismo, como un completo y auténtico egoísta.
Interesante.

20 sept 2014

¿Qué hacíamos cuando esperábamos?

18.55 de la tarde. Vaya, llego pronto, cinco minutos antes de lo previsto. Hay más gente esperando, van llegando. Qué vergüenza llegar los primeros... a ver, saquemos todos el móvil para no concentrarnos los unos en los otros. Imagínate qué liada si no tuviéramos pantallas en las que sumergirnos en estas situaciones incómodas, ¿qué haríamos cuando esperásemos? ¿mirarnos? ¿hablar? ¿pensar un poco?
¿Qué hacíamos cuando no teníamos teléfonos y nos tocaba esperar por haber llegado los primeros?





A lo largo de mi paseo hasta la plaza me fijé en grandes grupos de amigos, imagino que serían, sentados alrededor de una mesa hablando... bueno no, callados, cada uno mirando hacia abajo, con un aparatito que les iluminaba el rostro. Seguro que estarían quedando con alguien, o hablando de algo importante, no vamos a ser injustos, seguro que había una buena razón, pero es curiosa la paradoja: quedas con alguien para, se entiende, hablar de algo interesante, o de cosas que te importan y, cuando al fin tienes delante a esa persona, decides que corre más prisa quedar con otra para hablar de otras cosas importantes. Entramos así en un circulo vicioso absurdo y que se me antoja bastante incomprensible; quedar con alguien para, mientras estás con esa alguien, quedar con otro alguien, y cuando al fin estás con esa persona volver a quedar con la anterior para repetir lo mismo. Al final siempre se queda pero nunca se hablan esas cosas importantes.

Dos personas llegan al tiempo a la plaza. Ni siquiera se molestan en mirar alrededor. "Qué mal voy a quedar, por dios, como una boba mirando a ver si ha llegado o no mi cita... mejor que me busque ella". El joven es inglés y la chica española, ambos sumergidos en su móvil. Han quedado para un intercambio bilingüe, una conversación, han quedado para hablar, y solo me doy cuenta cuando, un cuarto de hora después de haber llegado, los dos a la vez, a la plaza, al chico se le ocurre, por una casualidad de la vida, levantar la mirada y percatarse de que justo en frente hay una chica que parece esperar a alguien. Vaya, quince minutos de interesante charla perdidos.

Me doy cuenta de que nos pone muy nerviosos esperar y que lo único que nos alivia de ese pesar y esa vergüenza de llegar unos minutos antes, es sumirnos en la luz divina y venerada de nuestros smartphones. ¿Podemos recordar lo que hacíamos cuando esperábamos? ¿Nos poníamos igual de nerviosos sabiendo que estábamos solos, porque aún no había llegado nuestra cita, pero a la vez estando rodeados de gente?

El ser humano tiene miedo de estar solo pero no sabe vivir en sociedad.
A lo mejor en vez de sumergirnos en pantallas podríamos hacerlo en libretas, e incluso quizá resultáramos más interesantes.